sábado, 17 de enero de 2009

El Murmullo de la Sangre (IV)

1 voces se alzaron.

Aquellos corrillos, murmullos y cuchicheos, incesantes durante toda la jornada, fueron aún más intensos a la hora de salir. En un momento dado, todos se agruparon en un pequeño corro, e incluso Mateos le indicó que se acercara. Pero él rehusó la invitación y marchó directamente a la bocana del metro, de vuelta a casa. Rafael no estaba de humor para indagar en las conversaciones de los demás, sólo quería que aquel extraño día acabase cuanto antes. Ni siquiera vio que sus compañeros se miraban extrañados al verse marchar así. Ni tampoco se dio cuenta de que todos, incluso los que habitualmente le acompañaban hasta la bocana del metro, marcharon ese día en otra dirección.

Rafael iba absorto en sus propios pensamientos, ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. No podía dejar de pensar en las razones por las que María no habría ido a trabajar ese día. Ella era la única que a Rafael le caía bien, y aquel había sido una dura y triste jornada. Echaba de menos su alegría, su risa, su simpatía... la echaba mucho de menos. Sólo hacía un día que no la veía, pero Rafael ya sentía que le faltaba ella. Gran parte de su camino de vuelta a casa lo hizo entre estos pensamientos, pero al salir del metro, por alguna razón, reaccionó. No quería estar así. Lo que quisiera que fuera lo que hubiera ocurrido, seguro que se arreglaría, y él volvería a disfrutar de la compañía de su amiga en el trabajo. De modo que salió, recibió la luz del sol con fuerzas renovadas, y paró en la primera estafeta de prensa a comprar un periódico, dispuesto a distraer a esos malos pensamientos.

Y durante buena parte del día, no volvió a tener esas absurdas ideas. "Lo más probable es que haya tenido cualquier urgencia, y mañana mismo estará conmigo en la inmobliaria", trataba de convencerse a sí mismo, en la soledad de su minúsculo piso. El resto del día fue prácticamente normal. Tan monótono como siempre, tan aburrido como de costumbre, tan triste y gris como cualquier otro día. Ésa era su vida, era como él estaba acostumbrado a vivir: trabajar por la mañana y no hacer nada en absoluto por la tarde. Era Rafael un joven sin iniciativa, sin anhelos, sin deseos... nada tenía que perseguir, o, si algo tenía que perseguir, hacía ya tiempo que lo había dejado por imposible. Sus únicos hobbies eran escuchar música y provocar el cabreo de sus convecinos por la eterna disputa por el volumen de la música. No le gustaban las congregaciones sociales, era bastante solitario, y solía pasar por alto las pocas invitaciones que recibía a unirse a alguna fiesta o alguna salida nocturna.

De modo que, al igual que cualquier otra noche, Rafael se acostó temprano aquel día. Tanto pensar y tanto nerviosismo habían hecho mella en sus ánimos, y sólo quería descansar un poco. Pero aquella noche algo le impedía dormir. Estaba intranquilo, nervioso, preocupado. A pesar de llevar toda la tarde convenciéndose a sí mismo de que no había razón para alarmarse, en la oscuridad de la noche se quedó a solas con sus pensamientos más sinceros... y ya no podía engañarse a sí mismo: estaba francamente preocupado. Varias veces se levantó de la cama, buscando desde su ventana ver la luna reflejada en el mar. Era una visión que siempre le relajaba. Mas aquella noche la naturaleza conspiraba contra él, y apenas se asomaba a la ventana, veía cómo un negro girón de nubes se deslizaba descaradamente sobre la luna, celoso de que ojos anónimos la observaran. Dejó la ventana abierta, pensando que, tal vez, el aire frío de la noche le despejaría un poco. Rafael pensó en poner música para relajarse, pero era ya muy tarde, y no sería buena idea. Así que pasó el tiempo leyendo y releyendo el periódico que había comprado a la salida del metro, esquivando, como siempre, la página de contactos y las necrológicas. Hasta que se quedó dormido.

Fue el viento gélido que entraba por la ventana el que, por azares de la vida, o tal vez no, empezó a juguetear con el periódico, páginas adelante, páginas atrás. Poco a poco el aire se fue calmando, y el periódico quedó, al fin quieto, abierto por la página de las necrológicas.

1 voces se alzaron.:

Patty dijo...

Extraño. Yo siempre evito esas mismas páginas.

Espero ansiosa la quinta parte.