Apenas había comenzado a amanecer, pero él ya llevaba allí de pie un largo rato. Tal vez, ni siquiera había dejado de estarlo. Caminaba lentamente, como si tuviera sumo cuidado con lo que sus pies pisaban, como si tuviera miedo de herir lo que había debajo. Sus negros zapatos no se ensuciaban con el mal cuidado cesped, ni con el polvo de la tierra de los pequeños caminos que surgían aquí y allá. Parecía estar disfrutando del murmurar de las hojas de los árboles, al cantar a coro con el viento; el mismo viento que hacía ondear su largo cabello negro al compás de sus espasmódicos movimientos; el mismo viento que... aquella temprana mañana no soplaba en absoluto. Ni la más leve corriente recorría el camposanto, aunque los cabellos de aquella figura ondeaban tal cual soplara con considerable fuerza. Parecía un hombre joven, de poco más de veinte años. Vestía completamente de negro: unos zapatos de piel que parecían no haberse estrenado siquiera, un pantalón largo de pana, una camisa de manga corta con los puños vueltos, y unos largos guantes que, aunque dejaban al aire los largos dedos del chico, le cubrían hasta por debajo del codo. En su conjunto, todo él parecía una mera sombra de nada en absoluto, pues el sol estaba aún demasiado bajo.
Caminaba con una pose y una elegancia sobrenaturales, cuidando cada movimiento como si fuera el último. Su lento caminar entre retorcidos cipreses y aquellas marmóleas prisiones semienterradas era inquebrantable. No muy lejos de allí, aún a aquella temprana hora, una familia daba sagrada sepultura a uno de los suyos, rota de dolor. Pero ni siquiera las lágrimas y el continuo goteo de gente llegando perturbaba la calma de aquel joven. Cada vez que pasaba junto a una lápida, la recorría finamente con las yemas de sus dedos, mas nunca se apoyaba en ellas, ni las miraba fijamente. O bien no sentía la menos curiosidad por saber a quién pertenecían los restos allí enterrados, o bien conocía aquel cementerio mejor que la palma de su propia mano. Lo suficiente como para conocer al dueño de cada lápida sin siquiera mirarlas, tan sólo, quizás, por cuánto había tenido que caminar hasta llegar a ellas. Ni siquiera su mirada, indicaba el camino a seguir por sus pies, pues parecía caminar completamente absorto en sus propios pensamientos, con la mirada perdida en algún punto confuso del suelo.
En su lento caminar, se acercó, tal vez demasiado, a aquel grupo de gente que daba entierro a un familiar. En un principio, ninguno de los presentes se percató de su presencia, de modo que la negra figura se apartó del camino que seguía para apoyarse en el tronco de un ciprés, y observar, ahora sí con detenimiento y atención, aquella escena. No había demasiada gente, apenas lo que él supuso que sería la familia más cercana, reunida en torno a un pequeño ataud blanco. Un niño... Vio lágrimas, muchas lágrimas, y el llanto desconsolado de una madre que había perdido a su pequeño. Abrazos, algunos más por compromiso que por verdadero ánimo de darlos. Y, en medio de aquella atmósfera, una niña que parecía no saber muy bien qué hacía allí. Al joven le pareció extraño ver a aquella niña tan tranquila, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, y centró su atención en ella. Y ella debío de sentirse observada en aquel instante, pues inmediatamente miró hacia el lugar donde estaba él apoyado. Como si hubiera visto algo fuera de lo común en aquel ciprés, se quedó plantada donde estaba, mirando fijamente en dirección a la oscura figura del joven. Él se sorprendió... se suponía que ella no podía sentir su presencia en aquel lugar. Una mujer de avanzada edad se fijó en la niña, y miró hacia donde ella miraba, mas ninguna importancia le dio a un simple ciprés, y volvió a reunirse con los suyos.
La niña tenía el pelo oscuro, y vestía totalmente de negro, seguramente obligada por sus padres. No debía de tener más de trece o catorce años. Lentamente, como si se viese atraída inexorablemente hacia allí, la pequeña se acercó al ciprés donde él estaba apoyado. Pero él se había concentrado en ella hasta tal punto, que ni siquiera se percató de que se estaba acercando directamente hacia él. Tan sólo el sonido de una voz infantil le despertó bruscamente de su concentración. Visiblemente sorprendido, miró hacia el origen de la voz, y vio a la ñiña, a apenas unos pocos pasos de él.
-¿Le conocías? -le preguntó ella. Sin duda alguna, le había visto, y se había extrañado al advertir su presencia allí de pie, observando el entierro desde la distancia.
-Lo haré. No le conocía, pero lo haré.
El joven, aunque no comprendía bien por qué aquella niña podía verle y oírle, no denotó temor o duda alguna al hablar. La niña no comprendió bien sus palabras, pero tampoco le dio especial importancia.
-Si no le conocías, ¿qué haces aquí?
-Éso, en todo caso, debería preguntarlo yo. Yo existo aquí, éste es mi hogar. -el pelo del joven había dejado de ondear súbitamente, y ahora él miraba fijamente hacia el horizonte. La luz del sol pronto se alzaría sobre los muros del camposanto.
-Querrás decir que vives aquí, ¿no? -la pequeña no estaba segura de haber comprendido aquel "existo", pero tampoco a éso le dio mucha importancia, y siguió hablando-. Nadie vive aquí, aquí sólo tienen su hogar los muertos.
La figura de negro se incorporó levemente del tronco del ciprés, y extendió el brazo en un ademán de acariciar el rostro de la niña. Mas se detuvo a apenas unos milímetros de su cara, hizo el gesto de acariciarla sin apenas rozar su piel, y volvió a apoyarse contra el retorcido árbol. Por el gesto de ella, dedujo que, a pesar de que no la había tocado, la niña había sentido igualmente la caricia. El chico sonrió.
-Sólo los muertos encuentran aquí su hogar... -hizo un largo silencio, y luego prosiguió- sí, supongo que éso es cierto.
Súbitamente, una voz interrumpió aquel encuentro. Era la mujer que había mirado hacia allí poco antes, hacia la aún penumbra bajo el ciprés. Llamando a la niña por su nombre -Carla-, se acercó hasta ellos.
-¿Qué haces aquí plantada? ¿Con quién hablas? Tenemos que irnos.
La niña se volvió para ver quién la llamaba, y recibió en respuesta el destello del sol en los ojos, que se erigía ya por encima de los muros del cementerio. Se cubrió la cara con una mano, y al ver a su abuela, la llamó para que se acercara. Quería presentarle a su nuevo "amigo". Mas, cuando se volvió de nuevo hacia él, sólo pudo ver un tronco vacío, vagamente iluminado por un haz de loz matinal. Buscó alrededor del tronco y en los alrededores de la zona, pero no consiguió ver lo que buscaba. Aquella figura se había esfumado.
Confesión
Hace 6 años



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