viernes, 30 de enero de 2009

Al alba

4 voces se alzaron.

Apenas había comenzado a amanecer, pero él ya llevaba allí de pie un largo rato. Tal vez, ni siquiera había dejado de estarlo. Caminaba lentamente, como si tuviera sumo cuidado con lo que sus pies pisaban, como si tuviera miedo de herir lo que había debajo. Sus negros zapatos no se ensuciaban con el mal cuidado cesped, ni con el polvo de la tierra de los pequeños caminos que surgían aquí y allá. Parecía estar disfrutando del murmurar de las hojas de los árboles, al cantar a coro con el viento; el mismo viento que hacía ondear su largo cabello negro al compás de sus espasmódicos movimientos; el mismo viento que... aquella temprana mañana no soplaba en absoluto. Ni la más leve corriente recorría el camposanto, aunque los cabellos de aquella figura ondeaban tal cual soplara con considerable fuerza. Parecía un hombre joven, de poco más de veinte años. Vestía completamente de negro: unos zapatos de piel que parecían no haberse estrenado siquiera, un pantalón largo de pana, una camisa de manga corta con los puños vueltos, y unos largos guantes que, aunque dejaban al aire los largos dedos del chico, le cubrían hasta por debajo del codo. En su conjunto, todo él parecía una mera sombra de nada en absoluto, pues el sol estaba aún demasiado bajo.

Caminaba con una pose y una elegancia sobrenaturales, cuidando cada movimiento como si fuera el último. Su lento caminar entre retorcidos cipreses y aquellas marmóleas prisiones semienterradas era inquebrantable. No muy lejos de allí, aún a aquella temprana hora, una familia daba sagrada sepultura a uno de los suyos, rota de dolor. Pero ni siquiera las lágrimas y el continuo goteo de gente llegando perturbaba la calma de aquel joven. Cada vez que pasaba junto a una lápida, la recorría finamente con las yemas de sus dedos, mas nunca se apoyaba en ellas, ni las miraba fijamente. O bien no sentía la menos curiosidad por saber a quién pertenecían los restos allí enterrados, o bien conocía aquel cementerio mejor que la palma de su propia mano. Lo suficiente como para conocer al dueño de cada lápida sin siquiera mirarlas, tan sólo, quizás, por cuánto había tenido que caminar hasta llegar a ellas. Ni siquiera su mirada, indicaba el camino a seguir por sus pies, pues parecía caminar completamente absorto en sus propios pensamientos, con la mirada perdida en algún punto confuso del suelo.

En su lento caminar, se acercó, tal vez demasiado, a aquel grupo de gente que daba entierro a un familiar. En un principio, ninguno de los presentes se percató de su presencia, de modo que la negra figura se apartó del camino que seguía para apoyarse en el tronco de un ciprés, y observar, ahora sí con detenimiento y atención, aquella escena. No había demasiada gente, apenas lo que él supuso que sería la familia más cercana, reunida en torno a un pequeño ataud blanco. Un niño... Vio lágrimas, muchas lágrimas, y el llanto desconsolado de una madre que había perdido a su pequeño. Abrazos, algunos más por compromiso que por verdadero ánimo de darlos. Y, en medio de aquella atmósfera, una niña que parecía no saber muy bien qué hacía allí. Al joven le pareció extraño ver a aquella niña tan tranquila, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, y centró su atención en ella. Y ella debío de sentirse observada en aquel instante, pues inmediatamente miró hacia el lugar donde estaba él apoyado. Como si hubiera visto algo fuera de lo común en aquel ciprés, se quedó plantada donde estaba, mirando fijamente en dirección a la oscura figura del joven. Él se sorprendió... se suponía que ella no podía sentir su presencia en aquel lugar. Una mujer de avanzada edad se fijó en la niña, y miró hacia donde ella miraba, mas ninguna importancia le dio a un simple ciprés, y volvió a reunirse con los suyos.

La niña tenía el pelo oscuro, y vestía totalmente de negro, seguramente obligada por sus padres. No debía de tener más de trece o catorce años. Lentamente, como si se viese atraída inexorablemente hacia allí, la pequeña se acercó al ciprés donde él estaba apoyado. Pero él se había concentrado en ella hasta tal punto, que ni siquiera se percató de que se estaba acercando directamente hacia él. Tan sólo el sonido de una voz infantil le despertó bruscamente de su concentración. Visiblemente sorprendido, miró hacia el origen de la voz, y vio a la ñiña, a apenas unos pocos pasos de él.

-¿Le conocías? -le preguntó ella. Sin duda alguna, le había visto, y se había extrañado al advertir su presencia allí de pie, observando el entierro desde la distancia.
-Lo haré. No le conocía, pero lo haré.

El joven, aunque no comprendía bien por qué aquella niña podía verle y oírle, no denotó temor o duda alguna al hablar. La niña no comprendió bien sus palabras, pero tampoco le dio especial importancia.

-Si no le conocías, ¿qué haces aquí?
-Éso, en todo caso, debería preguntarlo yo. Yo existo aquí, éste es mi hogar. -el pelo del joven había dejado de ondear súbitamente, y ahora él miraba fijamente hacia el horizonte. La luz del sol pronto se alzaría sobre los muros del camposanto.
-Querrás decir que vives aquí, ¿no? -la pequeña no estaba segura de haber comprendido aquel "existo", pero tampoco a éso le dio mucha importancia, y siguió hablando-. Nadie vive aquí, aquí sólo tienen su hogar los muertos.

La figura de negro se incorporó levemente del tronco del ciprés, y extendió el brazo en un ademán de acariciar el rostro de la niña. Mas se detuvo a apenas unos milímetros de su cara, hizo el gesto de acariciarla sin apenas rozar su piel, y volvió a apoyarse contra el retorcido árbol. Por el gesto de ella, dedujo que, a pesar de que no la había tocado, la niña había sentido igualmente la caricia. El chico sonrió.

-Sólo los muertos encuentran aquí su hogar... -hizo un largo silencio, y luego prosiguió- sí, supongo que éso es cierto.

Súbitamente, una voz interrumpió aquel encuentro. Era la mujer que había mirado hacia allí poco antes, hacia la aún penumbra bajo el ciprés. Llamando a la niña por su nombre -Carla-, se acercó hasta ellos.

-¿Qué haces aquí plantada? ¿Con quién hablas? Tenemos que irnos.

La niña se volvió para ver quién la llamaba, y recibió en respuesta el destello del sol en los ojos, que se erigía ya por encima de los muros del cementerio. Se cubrió la cara con una mano, y al ver a su abuela, la llamó para que se acercara. Quería presentarle a su nuevo "amigo". Mas, cuando se volvió de nuevo hacia él, sólo pudo ver un tronco vacío, vagamente iluminado por un haz de loz matinal. Buscó alrededor del tronco y en los alrededores de la zona, pero no consiguió ver lo que buscaba. Aquella figura se había esfumado.

4 voces se alzaron.:

martes, 27 de enero de 2009

¿Preguntas?

2 voces se alzaron.

No se es menos sabio por hacer más preguntas, o al menos éso creo yo. Es más, sabe menos el que, por creer saberlo todo, no pregunta, que el que, consciente de los lindes de su ignorancia, pregunta. ¿Y a qué viene todo ésto? A nada y a mucho en realidad. A quienes, interesados en algo, no intentan informarse por no parecer incultos; o, más en concreto, a quienes, por miedo a decir algo que pueda hacernos daño, no nos pregunta cómo estamos o cómo nos hemos sentido después de alguna mala noticia en la familia (o allegados, que en algunos casos, como el mío, no tienen por qué coincidir). No es malo preocuparse por no hacer daño a alguien que nos importa, por lo que podamos hacer o decir. Pero tampoco es malo darse cuenta de que, a menudo, esa pregunta es lo que nos hace sentirnos un poco mejor. A veces, alguien va con mucho tiento, y antes de decir nada pregunta: "¿Te puedo preguntar una cosa?" Hmpf, como si uno de antemano supiera lo que le van a preguntar... o como si uno fuera alguien para decidir lo que los demás pueden o no pueden decir :P (aunque en ésto último siempre hay quien se cree que puede hacerlo >.<)

Anoche (bueno, más bien esta mañana, según se mire) alguien me ha dicho: "Oye... ¿te molesta si te pregunto una cosa?" El primer pensamiento fue "ya me has preguntado una cosa, ¿no deberías haber preguntado si me molesta que me preguntes dos?" (dejadlo, paranoias mías de cuando tengo la mente despierta), pero mi respuesta fue: "Tan libre eres para preguntarme como pueda serlo yo para no responderte". Es curioso, porque se fue sin preguntar, cuando a lo que yo me refiero es, a que no pregunte si puede preguntar, ¡simplemente pregunta! Si la pregunta me molesta, ya seré yo el encargado de zanjar el asunto con un silencio, ¿no? En fin...

[Ésto de haber perdido la inspiración es un rollo, pido disculpas por este plomazo de entrada]

2 voces se alzaron.:

domingo, 25 de enero de 2009

Alma de escritora

2 voces se alzaron.

La noche caía ya sobre las cabezas de las pocas personas que caminaban por las calles del pequeño pueblo. No era aún muy tarde, mas el invierno había llegado con gran fuerza y el ambiente era gélido y hostil. No había en las calles más que aquellos que, por razones de trabajo, hubieran de estar allí, bajo el intenso frío y la creciente oscuridad. En el único parque decende que había en el pueblo, ya no quedaban niños jugando. Apenas un par de parejas de jóvenes enamorados daban un lento paseo a la luz de las farolas, pues la luna les negaba aquella noche su bendición. Un hombre de avanzada edad daba rienda suelta a su nostalgia en la soledad de su banco. Debajo de éste, deslizada de entre las maderas del banco, una lágrima moría asfixiada por la tierra. Tal vez demasiado duro para el frío; tal vez demasiado duro para el viento; tal vez demasiado duro incluso para la enfermedad; ¿pero quién puede ser más duro que la soledad?

A unos metros de allí, cobijado bajo un árbol más anciano que el más anciano de entre todos los habitantes de aquel pueblo, una joven de unos veintitantos años se revolvía entre una jauría de folios que, cansados de esperar a la inspiración de la chica, jugaban ahora alegremente con el viento. Inútiles eran los esfuerzos de ella por retenerlos a todos, pues cuando ya creía tenerlos todos, bien una nueva ráfaga de viento hacía estéril su trabajo, bien un descuido al intentar coger algo con lo que escribir, liberaba a los folios de la autoridad de la escritora. Finalmente, desistió de alcanzar unos pocos folios a los que el viento había llevado demasiado lejos en su particular baile. Algunos de los prófugos contenían textos escritos anteriormente, pero a la joven ya no le importaba. De todos modos, había escrito en ellos algo más que el fruto de su inspiración. Habían escapado los folios con una porción de su vida misma, con algo, demasiado profundo para ser editado y publicado; algo, demasiado personal como para enseñarlo a los ojos del mundo. Algo, que formaba parte de su propia esencia, de su propia alma.

"Mejor así. Ya no me tendré que preocupar de guardar éso donde vaya a coger polvo", pensó. Los siguió con la mirada, hasta que se perdieron en la oscuridad, y luego volvió a concentrarse en los folios que sí había conseguido atrapar, la mayoría de ellos en blanco. Echó un rápido vistazo al contenido de los pocos en los que había conseguido escribir algo, y entre ellos vio un folio que aún pertenecía a los mismos escritos que se habían fugado, volando. Estuvo tentada de lanzarlo al aire y verlo marchar de allí para nunca volverlo a ver, como los demás. Pero algo en su interior se lo impidió. Incluso a ella misma le pareció absurda esa imposibilidad de arrojarlo al designio de los vientos, "¿qué importa ahora? ¡Sin los demás no tiene ningún valor, tíralo!", se decía a sí misma. Pero había algo en aquel folio que no la dejaba hacerlo, una fuerza que la paralizaba cada vez que intentaba deshacerse de él. Realmente no sabía qué hacer. La joven no creía en las señales ni en el destino, ni en nada de éso, pero aquella vez una sombra de duda atravesó su mente. No comprendía por qué era incapaz de arrojar aquel último fragmento de sus escritos, si, al fin y al cabo, ningún valor tenía ya sin los demás folios. Lentamente, lo dejó sobre el cesped, y sin aún haberlo soltado, se convenció a sí misma de que lo mejor era centrarse en lo que estaba escribiendo en ese momento. Ya habría tiempo al día siguiente, para tirar o conservar aquel fragmento que, por alguna extraña razón, no había sido capaz de tirar. Juró por su musa y su inspiración que, a pesar del viento y el frío, no se movería de allí hasta conseguir escribir algo decente para el grupo editorial. Levantó la mano del folio, y se dispuso a tratar de escribir algo.

La joven no se había dado cuenta, pero, poco después de reemprender su labor y tratar de escribir, aquel folio con ese "algo" especial, ya no estaba junto a ella. Aburrido de estar allí sin hacer nada, hacía ya tiempo que había marchado a bailar con el viento.

...

Las campanas de la cercana iglesia rompieron el silencio de la ya bien entrada noche. Una, dos, tres... El anciano cogió su bastón, que desde hacía horas descansaba junto a él, en un banco cualquiera del parque. Cuatro, cinco, seis... el elaborado bastón estaba ya situado frente al anciano, dispuesto a aguantar la fuerza que éste tendría que hacer para levantarse de su asiento. Siete, ocho, nueve... el viejo solitario abrió los ojos, que había cerrado hacía ya no sabía cuánto tiempo, para evitar que más lágrimas murieran asfixiadas por la tierra. Lentamente, alzó la mirada y se dispuso a levantarse, no sin un considerable esfuerzo y gracias a su bastón. Diez... once... el anciano observó. Frente a él, una decena de folios interpretaba una lúgubre danza alrededor de un árbol, más anciano que el más anciano de entro todos los habitantes de aquel pueblo. Apoyado contra el tronco del árbol, sentado y con las piernas estiradas, yacía el cuerpo inmóvil de una joven. Extrañado, se acercó a ella y le intentó llamar la atención, mas no obtuvo respuesta alguna. Ni una palabra, ni un gesto, ni una mueca. El anciano agitó el bastón delante de ella, por ver si se había quedado dormida. Nuevamente, no hubo respuesta de la joven. Preocupado, el anciano trató de agacharse junto a ella para comprobar si al menos respiraba. Al no sentir su respiración, ni el palpitar de su corazón, el rostro del anciano cambió su expresión. Los folios, que durante quién sabe cuánto tiempo habían bailado junto a ella, comprendieron el semblante serio del anciano y huyeron despavoridos, o tal vez corrían a buscar a aquel compañero que, furtivamente, había escapado de su compañía... aquel último fragmento, del alma de una escritora.

2 voces se alzaron.:

miércoles, 21 de enero de 2009

Piensa con los pies

3 voces se alzaron.

Curioso ver cómo, a lo largo de nuestras vidas, en las decisiones que de verdad nos importan siempre solemos equivocarnos. Curioso ver cómo, en las decisiones que de verdad nos importan nunca percibimos nuestros errores; sólo vemos su consecuencia futura, cuando rectificar dejó de ser una opción. ¿Cuántas veces hemos sentido impulsos de hacer las cosas a nuestro aire, sin pensar demasiado? Pero luego cambiamos, hacemos caso a ese estúpido consejo mal regalado con el que suelen torturarnos durante toda la adolescencia: "Piensa antes de actuar". Reparamos en todo, lo planteamos todo bien, y al final actuamos negando absolutamente nuestros instintos. Y luego pasa lo que pasa: ¿cuántas veces recordamos esos impulsos, con el sentimiento de culpa de haberlo descartado antes de tiempo? Y es que, las cosas que de verdad nos importan en la vida, no guardan su importancia en nuestra mente, sino en nuestro corazón, y resulta absurdo tratar de resolver con el pensamiento lo que debe resolverse con el sentimiento. La vida es un largo camino a ciegas; y quienes vivimos en la oscuridad sabemos que es tanto más fácil tropezar, cuanto más precaución tomamos en dónde ponemos los pies. Así que camina, que es el único modo de vivir, de vivir de verdad. Y si en algún momento, una herida en el corazón te obliga a pensar en lugar de sentir...

PIENSA CON LOS PIES.

La vida es todo cuanto nos acontece desde que nacemos hasta que morimos; la muerte es tan sólo un instante, y es a la vez toda una eternidad. Pues, si tienes toda una eternidad para pensar, y sólo una vida por vivir... ¡¿Qué diablos haces ahí pensando en mis desvaríos?! Sal ahí afuera, ¡¡Y VIVE!!

3 voces se alzaron.:

sábado, 17 de enero de 2009

El Murmullo de la Sangre (IV)

1 voces se alzaron.

Aquellos corrillos, murmullos y cuchicheos, incesantes durante toda la jornada, fueron aún más intensos a la hora de salir. En un momento dado, todos se agruparon en un pequeño corro, e incluso Mateos le indicó que se acercara. Pero él rehusó la invitación y marchó directamente a la bocana del metro, de vuelta a casa. Rafael no estaba de humor para indagar en las conversaciones de los demás, sólo quería que aquel extraño día acabase cuanto antes. Ni siquiera vio que sus compañeros se miraban extrañados al verse marchar así. Ni tampoco se dio cuenta de que todos, incluso los que habitualmente le acompañaban hasta la bocana del metro, marcharon ese día en otra dirección.

Rafael iba absorto en sus propios pensamientos, ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. No podía dejar de pensar en las razones por las que María no habría ido a trabajar ese día. Ella era la única que a Rafael le caía bien, y aquel había sido una dura y triste jornada. Echaba de menos su alegría, su risa, su simpatía... la echaba mucho de menos. Sólo hacía un día que no la veía, pero Rafael ya sentía que le faltaba ella. Gran parte de su camino de vuelta a casa lo hizo entre estos pensamientos, pero al salir del metro, por alguna razón, reaccionó. No quería estar así. Lo que quisiera que fuera lo que hubiera ocurrido, seguro que se arreglaría, y él volvería a disfrutar de la compañía de su amiga en el trabajo. De modo que salió, recibió la luz del sol con fuerzas renovadas, y paró en la primera estafeta de prensa a comprar un periódico, dispuesto a distraer a esos malos pensamientos.

Y durante buena parte del día, no volvió a tener esas absurdas ideas. "Lo más probable es que haya tenido cualquier urgencia, y mañana mismo estará conmigo en la inmobliaria", trataba de convencerse a sí mismo, en la soledad de su minúsculo piso. El resto del día fue prácticamente normal. Tan monótono como siempre, tan aburrido como de costumbre, tan triste y gris como cualquier otro día. Ésa era su vida, era como él estaba acostumbrado a vivir: trabajar por la mañana y no hacer nada en absoluto por la tarde. Era Rafael un joven sin iniciativa, sin anhelos, sin deseos... nada tenía que perseguir, o, si algo tenía que perseguir, hacía ya tiempo que lo había dejado por imposible. Sus únicos hobbies eran escuchar música y provocar el cabreo de sus convecinos por la eterna disputa por el volumen de la música. No le gustaban las congregaciones sociales, era bastante solitario, y solía pasar por alto las pocas invitaciones que recibía a unirse a alguna fiesta o alguna salida nocturna.

De modo que, al igual que cualquier otra noche, Rafael se acostó temprano aquel día. Tanto pensar y tanto nerviosismo habían hecho mella en sus ánimos, y sólo quería descansar un poco. Pero aquella noche algo le impedía dormir. Estaba intranquilo, nervioso, preocupado. A pesar de llevar toda la tarde convenciéndose a sí mismo de que no había razón para alarmarse, en la oscuridad de la noche se quedó a solas con sus pensamientos más sinceros... y ya no podía engañarse a sí mismo: estaba francamente preocupado. Varias veces se levantó de la cama, buscando desde su ventana ver la luna reflejada en el mar. Era una visión que siempre le relajaba. Mas aquella noche la naturaleza conspiraba contra él, y apenas se asomaba a la ventana, veía cómo un negro girón de nubes se deslizaba descaradamente sobre la luna, celoso de que ojos anónimos la observaran. Dejó la ventana abierta, pensando que, tal vez, el aire frío de la noche le despejaría un poco. Rafael pensó en poner música para relajarse, pero era ya muy tarde, y no sería buena idea. Así que pasó el tiempo leyendo y releyendo el periódico que había comprado a la salida del metro, esquivando, como siempre, la página de contactos y las necrológicas. Hasta que se quedó dormido.

Fue el viento gélido que entraba por la ventana el que, por azares de la vida, o tal vez no, empezó a juguetear con el periódico, páginas adelante, páginas atrás. Poco a poco el aire se fue calmando, y el periódico quedó, al fin quieto, abierto por la página de las necrológicas.

1 voces se alzaron.:

Bla bla bla bla bla blablabla

2 voces se alzaron.

Escucho un leve murmullo más allá de la muralla que, hace tiempo, alguien erigió a mi alrededor. A lo mejor mañana cambio de parecer, pero justamente hoy, no estoy tan seguro de haber sido yo el que la edificó frente a mí. A decir verdad, hoy ni siquiera estoy seguro de que esa muralla sirva de algo, pues hoy las heridas vienen desde dentro, pero ésa es otra historia. Hoy me aterra lo que hay a este lado de la oscuridad, así que me refugio en el otro lado... y sólo oigo murmullos. Ignorancia, gente que habla por hablar, sin conocimiento de causa, palabras necias y oídos sordos, pues es común de quien mucho habla y nada sabe, el no saber tampoco escuchar. Chorradas y más chorradas. ¿Por qué quien no ve en la oscuridad habla de lo que "ha visto" al otro lado, y se atreve a opinar sobre ello? ¿Por qué quienes aún no han aprendido a escuchar el murmullo del silencio, del mar, del viento, de la noche, de la lluvia... habla como si lo hubiera visto y oído todo en este mundo? No hay más sabio del que es consciente de su propia ignorancia, y yo ya estoy harto de escuchar las habladurías de pseudo-entendidos. Hoy ya no me afectarán. Hoy no. Lo dice el título de la entrada, lo dice el título de la canción, y lo digo yo.

Sólo oigo:
BLA BLA BLA BLA BLA BLABLABLA

2 voces se alzaron.:

viernes, 16 de enero de 2009

Contranatura

3 voces se alzaron.

Dicen, o al menos yo lo he escuchado muchas veces, que la oscuridad no existe, que sólo es la ausencia de luz; lo mismo que dicen del silencio, que sólo es la ausencia de sonido, o incluso del color negro, que sólo es la ausencia de color. Y, si lo pensamos bien, tienen razón, pues en la naturaleza que nosotros vemos día a día estamos acostumbrados a la luz y el sonido, y a la diversidad de colores. Incluso en la más oscura noche, vemos algo de luz, y multitud de matices entre la oscuridad; incluso en el silencio más sepulcral, es posible escuchar leves ruídos si prestamos atención (los murmullos del silencio, entre otras cosas). Han llegado a decirme incluso, que el Mal no existe, que sólo es la ausencia de Bien. Y, bueno... en esta sociedad en la que la mentira, el engaño, la traición (especialmente de quienes llamamos "amigos"), y un largo etcétera de actos, cuanto menos, deleznables, parecen no tener importancia -o, al menos, están ampliamente aceptados en nuestra sociedad, salvo por unos pocos a los que sistemáticamente nos rechazan-, parece que así es.

Pero, ¿es la oscuridad, simplemente, la ausencia de luz? ¿Es el silencio la ausencia de sonido? Que alguien me diga un solo lugar donde la luz y el sonido estén presentes sin que nada ni nadie la ponga allí. En la naturaleza que vemos día a día hay luz, sí... pero traída desde el sol. Pensad en el espacio, donde realmente encontramos a la naturaleza más allá de que algo o alguien traiiga la luz o el sonido. Sólo hay oscuridad. Sólo hay silencio. Sólo hay frío. Sólo hay negrura. No, no es que la oscuridad no exista, ni que sólo sea la ausencia de luz; la luz no existe, no es más que la ausencia de la oscuridad. No es el silencio el que no existe; el sonido, no es más que la ausencia de silencio. ¿Existe el frío, o sólo es la ausencia de calor? No, el calor es simplemente la ausencia de frío.

Pero, si miramos en la naturaleza (y aquí sí que podemos mirar en cualquier aspecto de la naturaleza, pues en nada se distinguen unos de otros), ¿dónde está ese bien? Todas las especies animales matan para sobrevivir. Muchas matan a sus propias crías cuando les auguran una vida de agonía. Matar o morir. Luchas entre machos dominantes, luchas por cortejar a una hembra, luchas por todo; todo se soluciona con violencia. Desigualdad en el mundo, provocada por el clima. Desastres naturales que azotan donde más daño puede hacer. La naturaleza es la madre de todas las injusticias... ¿y no existe el mal, sólo es la ausencia de bien? Yo en la naturaleza veo mal por todas partes, y no veo el bien por ningún lado.

Ahora bien, ¿por qué sólo eres malo cuando haces cosas malas? ¿Por qué no hace falta hacer grandes obras para que alguien se refiera a ti como "un buen chico"? Pues porque, para ser "bueno", es suficiente con no hacer cosas malas. Puedes ser la persona más egoísta sobre la faz de la tierra (si primero me superas a mí), pero si no haces cosas realmente malas -o las que haces no salen a la luz-, automáticamente te colocan en el cajón de las "buenas personas". Dicho de otro modo:

EL BIEN NO EXISTE, SÓLO ES LA AUSENCIA DE MAL.

A los pocos que hemos elegido el silencio, la oscuridad y el frío en nuestros corazones, y a los que deliberadamente hayan elegido el Mal como forma de vida... enhorabuena, le pese a quien le pese, el mundo es nuestro.

3 voces se alzaron.:

domingo, 11 de enero de 2009

Miedo

4 voces se alzaron.

La noche especialmente oscura, pues las nubes ocultaban la luz de la luna, a ojos de os hombres, vampiros, espíritus y demás habitantes de la noche. Fina lluvia caía sobre los coches, bancos y árboles, y sobre los escasos transeúntes que aún a aquellas horas circulaban por las aceras. Comparada con la intensa tormenta caída durante el día, el suave canto de las gotas de lluvia al chocar eran una dulce melodía para los oídos de los noctámbulos. Era sábado noche, tiempo para ir de copas por el centro de la ciudad, y tiempo para las parejas jóvenes para buscar un lugar íntimo, apartado del gentío. En aquel lugar, una de esas parejas vagaba por las calles, cobijados bajo un paraguas ridículamente pequeño, en busca de un local que habían abierto recientemente, y que no alcanzaban a encontrar. Alguien los observaba...


Iban de un lado hacia otro, buscando a cualquiera a quien pudieran preguntar por el local. Pero hacía frío y era difícil encontrar a alguien. Los pocos que aún estaban en la calle, o no sabían indicarles el camino, o estaban demasiado bebidos como para hacerlo. Mas, en su vagar, se cruzaron con dos extraños personajes, que parecían saber exactamente dónde estaban, y desde luego no habían bebido. Iban los dos cogidos de la mano, con paso lento y tranquilo, sin decir ni una sola palabra. Él era alto, y de tez ligeramente pálida. Tenía el pelo largo y bastante enmarañado, negro. Llevaba una camisa negra de manga corta, con una calavera blanca dibujada en el pecho; unos guantes largos, negros y con hebillas le cubrían casi la totalidad de los brazos, pero no las manos, que llevaba al aire. En una de las muñecas llevaba una pulsera que más parecía una cadena de espinas. De cintura para abajo, llevaba un kilt que por poco arrastraba por el suelo encharcado, de polipiel negra, y unas botas de aspecto militar. Ella era un poco más baja que él, de tez cetrina. Tenía el pelo largo y negro como él, pero mucho más liso y cuidado, y resplandecía a causa de la lluvia. A pesar de que la noche era verdaderamente fría, sólo llevaba un vestido negro de corte antiguo, con una larga falda de gasa negra, y las mangas -separadas del torso del vestido- degradadas en punta. Se cubría los hombros con una fina capa de tela de araña negra, que le daba aún más elegancia. Ella era realmente hermosa, y el negro de la noche, el vestido y los labios pintados resaltaba aún más su profunda mirada turquesa.

Aquella extraña pareja, que bien podría haber sido sacada de una macabra parodia de "La bella y la bestia", se cruzó con los dos jóvenes extraviados sin decir ni una palabra. Él pasó de largo como si ni siquiera se hubiera percatado de su presencia; ella clavó su mirada en los ojos del joven, y ambos se mantuvieron las miradas hasta que ella pasó de largo. Ni el joven extraviado ni su acompañante reaccionaron, y ni siquiera intentaron preguntarles sobre el local que andaban buscando. Tan sólo el joven se giró al verles pasar de largo, buscando la mirada de aquella chica. No la encontró, pues ella ya se había dado la vuelta. En la camisa de aquel chico, por la parte de atrás, vio la imagen de un ángel caído con una guadaña, y un mensaje:

"Podrías ser el próximo. CARPE DIEM"

Pasaron los minutos, y los jóvenes sólo habían conseguido perderse más y tener más frío. Al doblar una esquina, que ya habían doblado por lo menos media docena de veces, se encontraron de nuevo con la extraña pareja, que venía, allá a lo lejos, de frente hacia ellos. Sin dudarlo siquiera, ni importarle salir del escaso cobijo que el paraguas le proporcionaba, la joven cogió a su acompañante del brazo, y le arrastró hasta la acera de enfrente. Definitivamente, no le gustaban en absoluto aquellos dos personajes. Sin embargo, el joven se había quedado mirando a la hermosa vampiresa. Ella se dio cuenta, y le dedicó una profunda mirada y una leve sonrisa. Era realmente preciosa y seductora... y ella lo sabía.

Aún hubieron de encontrarse ambas parejas una vez más, apenas unos minutos más tarde. Esta vez no se cruzaron de frente, sino que los jóvenes extraviados se los encontraron al salir de una bocacalle. La hermosa joven se dio cuenta, y volvió a dedicar la misma sonrisa y la misma mirada al chico, pero esta vez, además, le saludó con la mano que le quedaba libre. El joven, con un paraguas en una mano y a su chica colgada del otro brazo, no pudo hacer más que saludarla con un leve gesto de cabeza. No obstante, fue suficiente para que su acompañante se diera cuenta, y le pidió salir de allí y volver a casa. Estaba asustada, no le gustaba aquel lugar, no le gustaba aquella pareja y, sobre todo, no le gustaba aquella chica misteriosa. Estaba empezando a ponerse muy nerviosa, así que, tras unos minutos de discusión, el joven accedió a llevarla de vuelta a casa.

Iban ya camino del parking para salir de allí, cuando alguien les increpó desde detrás suya. Era un hombre alto, con un largo abrigo verde y la capucha puesta. El joven le miró extrañado, pues habría jurado que, dos pasos atrás, aquel extraño no estaba allí. Y ahora estaba, apoyado tranquilamente sobre la pared como si llevara allí un buen rato. "Lo que buscan está dos manzanas más abajo. Girad a la izquierda, y allí a mano izquierda queda un recoveco. Está mal iluminado, no os lo salteis u os volveréis a perder". El joven se quedó sin saber que decir, pero ella, que lo único que quería era salir de allí, estuvo rápida a preguntar, "¿cómo sabes a dónde vamos?" El extraño se incorporó de la pared y, dirigiéndose hacia una bocacalle oscura, contestó. "La noche esconde muchos secretos que la mente humana no puede comprender. Id con cuidado". Y se perdió en la oscuridad.

Los jovenes se miraron extrañados. ¿Quién era aquel hombre, y cómo había averiguado a dónde querían ir? Daba igual. Si iban a encontrar el camino sin perderse, a la joven no le importaba volver a intentarlo. Así que se dieron la vuelta, camino de las indicaciones que el hombre les había dado... y allí estaba ella, a menos de un metro de la pareja. Los jóvenes retrocedieron sobresaltados, pero se sobrepusieron enseguida. Allí de frente, quieta delante de él, el joven se maravilló con la majestuosa presencia de la chica, y en su vestido negro se apreciaban ahora infinidad de pequeños detalles bordados, que lo hacían incluso más bello. Esta vez, la mística mujer dirigió sólo una fugaz mirada al joven, para fijar después sus inquietantes ojos azules en los de su fémina acompañante. "Yo os guiaré", dijo.

Ya había elegido a su presa.

4 voces se alzaron.:

sábado, 10 de enero de 2009

El baile

4 voces se alzaron.

Desde los jardines de la fastuosa mansión, engalanados para el acontecimiento a pesar del intenso frío de la noche, ya se dejaba sentir el buen ambiente de la fiesta que tenía lugar en su interior. Aquel joven había recibido la invitación, días antes, para un baile de máscaras en aquel lugar. Así que ahhí estaba él, vestido con sus mejores galas, y con una elegante -si bien no demasiado discreta- máscara de estilo veneciano, de pie frente a la puerta. Iba solo, pues su acompañante era nada menos que la hija de los anfitriones y, obviamente, ya se encontraba dentro. Sin él esperarlo en absoluto, la puerta frente a él se abrió, y de detrás de ella apareció el mayordomo, que cortésmente le invitó a pasar y le retiró la chaqueta. El joven no recordaba haber visto a aquel hombre antes, y por un instante se le escapó una sonrisa al imaginar que, aquel personaje vestido de pingüino, probablemente necesitaría de una escalera para alcanzar los percheros. Pero, en lugar de éso, el bajito mayordomo colocó la chaqueta en una percha con sumo cuidado, y la colgó en su lugar con ayuda de una vara metálica. "Tampoco me sorprende, aquí es todo muy aburrido", pensó el chico. "Aunque me habría gustado verlo".

La sorpresa se la llevó cuando el mayordomo le condujo al salón, donde se celebraba el baile. Allí estaban reunidos gran parte de los amigos y conocidos de la familia, más los que habrían de ir llegando. Había médicos, abogados, arquitectos, escritores, deportistas, empresarios de toda clase y condición... demasiada gente que podría fácilmente mirarle por encima del hombro. Sin embargo, el ambiente parecía bueno, lo que cualquiera de los presentes habría definido como "una velada agradable". Había gente yendo de aquí para allá, saludando a diestro y siniestro y comenzando conversaciones que luego dejaban a medias para irse a saludar a otra persona. Había grandes grupos, supuestamente amigos, manteniendo animadas charlas. Había pequeños grupitos, más discretos, hablando de sus propias cosas. Y había gente murmurando y mascullando prejuicios entre dientes, contra personas que, en casi todos los casos, estaban presentes en la misma sala. "Prefiero una de miedo y unas palomitas", se dijo a sí mismo el joven. Desde la puerta del inmenso salón, pudo distinguir entre el gentío a su acompañante, distraída con unos invitados que, a juzgar por los gestos de la joven, resultaban un tanto molestos. Ya se disponía a acercarse a ella, esquivando copas de licor y cava, cuando se percató de algo: ¿Y las máscaras? ¡Ninguno de los presentes llevaba máscara, era una fiesta de esmoquin, sin más! Abochornado, se quitó apresuradamente la máscara veneciana, ahora mal disimulada tras la espalda, con la esperanza de que nadie la hubiera visto.

Cuando la chica le vio al fin acercarse, educadamente se despidió de sus invitados -no sin sacarle la lengua a uno de ellos una vez se dieron la vuelta- y se encaminó hacia él. Las manos de la joven rápidamente buscaron las del recién llegado, mas sólo encontraron una; la otra seguía detrás de la espalda. En un deliberado gesto por romper las distancias, le rodeó con los brazos, aprovechando para acercarse a él todo lo posible sin llamar demasiado la atención, y le arrebató la máscara escondida. El rostro del joven enrojeció al instante, pero ella no le dio importancia. Sin dudarlo, deslizó la mmáscara dentro del bolsillo del primer camarero con el que se cruzó, con una destreza propia del más taimado carterista. La máscara sobresalía notoriamente del bolsillo, pero al menos nadie sabría de quién era. El chico a punto estuvo de decir algo, pero ella se lo impidió poniéndole el dedo en los labios en señal de silencio. Una extraña sensación recorrió todo su cuerpo en aquel momento, y rápida retiró la mano y cerró los ojos. Aún no habían presentado al joven en sociedad como su novio, y ese tipo de conductas acarameladas en una fiesta tan elitista como aquella, podría resultar, cuanto menos, indecoroso.

"En la invitación decías que sería un baile de máscaras", le increpó el chico al oído. Ella, aparentemente ajena a lo que le estaban diciendo, comenzó a mirar a su alrededor, buscando algo, o tal vez a alguien. Sus ojos no tardaron en tropezar con un señor, bajito, grueso y de aspecto afable, que iba de un lado a otro de la sala, saludando efusivamente a todo el mundo y tratándolos como viejos conocidos. Lo cierto es que a la mayoría de ellos no los había visto en su vida. Discretamente, la hija de los anfitriones le señaló al viejo con un leve gesto de cabeza, y sonrió. Cuando se volvió para mirar de frente a su acompañante, sus miradas se cruzaron. La mirada embelesada y sincera de él, y la mirada pícara de ella, cientos de veces ensayada en la soledad de su dormitorio; traviesa, sensual, casi lasciva... "Un baile de máscaras... ¿y no lo es?" le contestó la hermosa joven, dedicándole una amplia sonrisa. Él apartó la mirada, sabía que no podía soportar esa mirada por mucho tiempo, y no pudo evitar sonreír... la sonrisilla estúpida del que sabe que ha mordido el anzuelo. Efectivamente, nadie allí era quien decía ser. Sorprendido, a la par que encantado, por el ingenio de la chica, sólo acertó a decir una palabra. "Touché".

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Identidad

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Soy la contradicción. Soy la soledad que te acompaña si te sientes solo, y la compañía que te abandona cuando te sientes acompañado. Soy la soledad de la que huyes, y la compañía que te ayuda en tu huída. Soy el corazón ensombrecido que intenta arrojar unos haces de su luz en tu camino; el corazón escarchado que intenta darte un poco de su calor; el corazón olvidado que jamás te olvidará; el corazón desencantado que intenta transmitirte unas gotas de magia; el corazón condenado que trata de llevarte a la libertad, lejos de su reino de soledad. Soy un corazón encadenado, y soy las cadenas de cristal que lo aprisionan... fáciles de quebrar, mas a un precio demasiado alto. Soy la voz que te incita a quebrar las cadenas, y soy el silencio que te indica que tras las cadenas no hay nada ni nadie. No soy nada ni nadie, soy sólo un mal sueño que hoy está frente a ti, y mañana bien podría no estar. Todo habrá acabado al amanecer... todo volverá a comenzaral anochecer.

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El truco más difícil

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Llegó el momento, si bien sólo para algunos, lo cual convierte este paso, ya habitual en mí, en extraño y complicado, A decir verdad, no sé muy bien cómo afrontarlo. Algunos (probablemente debería decir algunas, pues de los que me "conocen" -digamos que saben de mi existencia- desde hace tiempo, sólo Nuria y Yumi me siguen aún) ya estais acostumbrados a que aparezca y desaparezca sin más. Un buen día surjo de la nada y me cuelo en la vida de gente hacia la que siento cierta empatía injustificada (vaya forma más poética de decir que me cuelo en la vida de quien me da la gana... por algo soy un... "algo", más emocional que corpóreo -éso tampoco espero que lo entendáis, hoy estoy un poco profundo-), o tal vez no tan injustificada, pues también esa empatía tendrá su razón de ser, aunque a veces ni yo mismo la vea; y otro buen día todo se acaba. Nunca estuve a vuestro lado, nunca supisteis de mí, nunca aparecí en vuestras vidas, y todo ha sido un mal sueño. Ya estoy acostumbrado a esta vida de fantasma. Y es que el príncipe de la soledad puede llevaros hasta la frontera de su reino, puede ayudaros a dejar atrás a la soledad; pero no puede ir más allá, pues si os acompañara allende sus fronteras, llevaría en corazón cargado de soledad en vuestro caminar. Sería dejar una profunda marca oscura en unos corazones que atravesaron la soledad para ver de nuevo la luz, no lo puedo permitir. El por qué de mis apariciones y desapariciones, tal vez nunca nadie lo pueda comprender, aunque no negaré que estos días ha habido quien me ha hecho, cuanto menos, plantearme la duda. ¿Tal vez...? No lo sé, no quiero adelantar nada.

No quiero decir con ésto que el blog vaya a desaparecer, ni yo tampoco, ni dejaré de visitar a los pocos a los que visito. Simplemente, a partir de este preciso momento el msn que muchos conocéis queda muerto y deshabitado. Muchos de los que me han agregado por su cuenta y riesgo ni siquiera leen ésto, o lo hacen encubiertos, cosa que me da igual. Para hablar a espaldas de uno no hace falta conocimiento alguno, si me pierden el rastro seguirán hablando igual, aunque no sepan ni lo que dicen (no hay mucha diferencia con la actualidad, ¿no?) Así que a los pocos -pocas, en este caso- que tienen mi verdadera dirección de msn, no os afectará para nada (Princesa Usagi, gracias por borrar mi msn del blog, ya sabes -y con esta entrada más- que para mí es importante); a los que están, quizás, en camino, a los que empiezo a conocer y al menos saben de mi existencia, el tiempo dirá; y al resto... no me apetece mancillar el blog con el espectro más soez del vocabulario español ;)

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viernes, 9 de enero de 2009

"Genialidades" de un amigo

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Genialidades, sí, como las genialidades de los antiguos filósofos, pues de éso va un poco la cosa. Quizás alguien se lo haya planteado ya, aunque sólo sea por haber visto películas como la trilogía "Matrix" o "Abre los ojos" (las cuatro he visto yo y ninguna de ellas me gustó, y ahora llego y saco el tema...) La humanidad necesita algo en que creer, algo que de sentido a sus vidas más que el verdadero sentido de la vida -el cual no voy a destripar aquí, es mucho más sencillo de lo que la gente suele imaginar-. Para éso se inventaron (permítanme la expresión los religiosos, no voy a negar que esta entrada va con segundas intenciones) a Dios, todo bondad y perfección. Tan perfecto no sería, pues para crear al hombre a su imagen y semejanza, o bien Dios es una mala bestia como el ser humano, o bien hizo un trabajo bastante chapucero... pero éso es otra historia. Tanta coba le dieron al engaño de Dios, que terminaron por creérselo ellos mismos, tan fervientemente que vieron, y día tras día ven, manifestaciones divinas donde no las hay. Porque, ¿dónde están la eterna bondad y la perfección en el mundo? Ahí me incluyo yo, pues, vale, algunos dirán que siempre intento ayudar, aunque a veces haga verdaderas locuras en el intento (no aproveches para sacar el temita, Nuria, que te veo venir); pero yo no me considero bueno, sino egoísta... algún día lo explicaré.

Descartes planteó en su día la teoría del "Genio Maligno", un ser supremo que podría exisir (¿y por qué no, no "existe" Dios también?), que nos tuviera eternamente engañados. Tal vez, todo lo que vemos, todo lo que oímos, todo lo que creemos saber, no sea más que una estúpida ilusión que tal genio maligno nos hace ver. No es que lo crea, pero cabe más pensar la existencia de un genio maligno en un mundo corroído por la maldad, el engaño, la mentira y el dolor, que la posibilidad de que este infierno terrenal lo crease un ser perfecto y bondadoso, ¿no?

Pues si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, pero el invento se le convirtió en la madre de todas las chapuzas, el genio maligno creó a su propia bestia, a su imagen y semejanza. Una criatura nacida a su imagen y semejanza, pero no una chapuza, sino una obra de arte. Un ser cruel, vil y mentiroso, donde todo lo que vemos, todo lo que oímos, y todo lo que creemos saber, son mentiras. Y lo más importante: un engendro, hijo del Mal, que acabaría por consumir al hijo de Dios, al hijo del Bien. A esa bestia, todos la hemos conocido alguna vez, y muchos, por desgracia, están aún muy lejos de conocer su naturaleza malvada. El Genio Maligno puso por nombre, a su magistral creación... AMISTAD.

Por éso, si lo deseas, puedes otorgarme los "Privilegios" de un confidente; si así lo quieres, puedes otorgarme el "Orgullo" de un consejero; si te gusta, y si soy digno de ello, puedes otorgarme los "Honores" de un bienhechor; pero nunca, nunca, me otorgues las "Genialidades" de un amigo.

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miércoles, 7 de enero de 2009

El Murmullo de la Sangre (III)

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No era una sensación agradable, ni mucho menos. Rafael esperaba que no fuera más que otra rareza de aquel ya de por sí inusual día, pero aún así, no podía evitar caminar con brusquedad y con el paso -y el corazón- acelerado. Atrás quedaban los habituales modales del joven, y la cortesía para con los demás. Ahora se abría paso a empujones y codazos entre la gente, con una inexplicable prisa por llegar a ninguna parte, pues tenía tiempo de sobra para llegar al trabajo, y no el suficiente para ir a ninguna otra parte antes de entrar a trabajar.

Cuando llegó a la inmobiliaria, aún no había llegado ninguno de sus compañeros, de modo que tuvo que esperar a que fueran llegando. El primero en llegar fue Mateos, el único que conseguía vender pisos en unos tiempos que no estaban siendo precisamente buenos para el negocio. Tiempo atrás, Rafael y Mateos habían sido buenos amigos, pero ahora Mateos estaba bien valorado y posicionado dentro de la empresa, y la envidia de Rafael había deteriorado bastante su relación. Poco después llegaron Carla y Ainhoa. Entraron a trabajar juntas en la inmobiliaria poco después que Rafael, y eran amigas inseparables. Rafael se llevaba bastante bien con Ainhoa, de carácter abierto y confiado. Pero a Carla, que había tenido una mala experiencia con un chico y desde entonces no daba tregua a los hombres, no la podía soportar. Tan pronto llegaron las chicas, fueron con Mateos y estuvieron hablando sobre algo. Rafael no estaba en el corrillo, pero veía caras de tristeza y preocupación entre sus compañeros. ¿Qué pasaba? El joven estuvo tentado de acoplarse en la conversación, pero la presencia de Carla y Mateos era disuasión suficiente para él.

No le dio mayor importancia, y cuando al fin su jefe se presentó en la inmobiliaria, él hizo su jornada habitual. Sin embargo, no podía evitar sentir que había algo extraño en el ambiente aquella mañana. Había faltado ella. No era como si se hubiera ausentado del trabajo cualquier otro compañero, se trataba de María. María era una compañera ejemplar, un modelo a seguir en la inmobiliaria. No era una vendedora de éxito como Mateos, ni tenía unos conocimientos excepcionales como Esteban, el jefe de todo aquello. Pero tenía algo que la hacía diferente, la hacía especial. Nunca antes había faltado al trabajo, era siempre la más puntual y la más profesional en todo cuanto abordaba, y la eterna sonrisa que dibujaba su resplandeciente rostro hacía que los demás compañeros vieran en ella, más que a una compañera, a una buena amiga.

A Rafael le extrañó mucho que María no acudiera a su puesto de trabajo aquel día, sin duda tenía que haber sucedido algo fuera de lo común para ello. Y el perpetuo murmullo y cuchicheo que se escuchaba en el local, el joven supuso que no serían más que habladurías y conjeturas al respecto. Era innegable que él mismo también sentía curiosidad, cuando no preocupación, por saber qué habría podido pasar; pero Rafael era una persona muy seria y consecuente con cuanto hacía y decía, pese a su aún corta edad, y no se prestaba a esas congregaciones de gente absurda haciendo conjeturas basadas en la más profunda ignorancia. De modo que siguió a lo suyo.

Algún día sería consciente de la envergadura de su error...

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Ser o no ser

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¿Quiénes somos? Vemos nuestro reflejo en el agua, en el espejo, en los cristales... y nos empeñamos en decir que ésos somos nosotros, sin más. Y en cierto modo, así es. Mas, en los reflejos, como en todo en la vida si nos detenemos a pensar, las cosas no se ven exactamente como nosotros las veríamos o sentiríamos. Nuestro reflejo no nos muestra tal y como nos vemos, nos muestra tal y como nos ven los demás. Pero... ¿quiénes somos en realidad? ¿Qué es más real, nuestra figura, que se refleja en el agua, o el reflejo que el agua nos devuelve? ¿Eres como crees ser, o tan sólo como los demás te ven? Tras un largo paseo nocturno de los que algunos ya conocéis en mí, uno recapacita. Donde yo veo a alguien que busca la soledad, por cuanto daño la compañía le ha hecho (y más concretamente ciertos sentimientos que afloran cuando la compañía se convierte en hábito), otros ven a alguien frío, distante, enemigo del mundo, de la sociedad y de las muestras físicas de cariño {no negaré lo de las muestras físicas de cariño}. ¿Soy, pues, un lobo solitario, o un fragmento de hielo, a duras penas dotado de inteligencia para dudar?

¿Somos lo que somos... o somos lo que parecemos?

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martes, 6 de enero de 2009

Buscar, y buscar, y no saber lo que busco...

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Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud.
Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.

Hace ya tiempo que dejé de creer en las casualidades, en la inocencia y en la bondad desinteresada. Son ya varias las ocasiones en que he sentido, de algún modo, que encontraba a alguien especial en un momento especial. No especial en el sentido que alguna podría estar deseando, Yumi, no te precipites ;) pero sí especial de alguna manera. A veces me da por pensar que, cuando sea esa persona especial la que me encuentre a mí y no al revés, algo cambiará en mi interior... pero éso es otra historia. Y es que la vida es un círculo vicioso en la que, el que menos necesita, es el que más capacitado está para encontrar, y el que más necesita no puede encontrar nada. Ésa es parte de mi planteamiento, del porqué elegí la senda de la soledad. Basta con ser consciente y buscar una vida solitaria y oscura, para "toparse" con gente que realmente no quiere esa vida.

Quien en algo me conoce, sabe que suelo sentir algún tipo de afinidad con quienes se sienten o se han sentido sol@s, y defraudad@s por lo que, en su día, llamaron "amig@s". Al contrario que yo, no eligieron la soledad como forma de vida, sino que simplemente las circunstancias han llevado a esa situación, y no puedo negar que algo se remueve en mi interior por ello. Hoy alguien (un ignorante, para no variar), me preguntó si era lástima lo que me motivaba a querer conocer a esas personas. Y no, no es lástima, pero esa pregunta me ha hecho cuestionarme a mí mismo: ¿qué es? Quizás, y sólo quizás, aunque mi cabeza eligiera hace ya tiempo el camino de la soledad, el corazón no deja de buscar, entre penumbras, alguien con quien tener algo que compartir. Nunca estamos solos, y éso, para quien busca la soledad, es... ¿bueno? No lo sé. Tal vez, sólo sea que, al igual que yo puedo entender los sentimientos de esas personas, espero que esas personas puedan comprender los míos. Porque comprensión, lo que es verdadera comprensión y no compasivas palabras por quedar bien, es algo que aprendí a dar sin haberla recibido jamás. Tal vez sea, que en mi intento por conocer a esas personas, nunca mostré interés en conocerme a mí mismo.

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viernes, 2 de enero de 2009

La muerte es una mala compañera de juegos

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Llevaban días preparándolo todo, y al fin había llegado el momento. 16 de noviembre de un año que jamás olvidarían. Con un poco de decoración y de ambientación, y el buen hacer de Ainhoa para esos menesteres, habían convertido la casa de campo, deshabitada desde la muerte de su padre, en un lugar lúgubre y siniestro, ideal para contar historias de miedo, practicar la ouija y pasar un buen rato entre amigos. No era la primera vez que el grupo de amigos hacía éso, pero sí era la primera vez que tenían a su disposición la casa de campo de Ainhoa y su hermano Carlos, y querían hacerlo bien. Querían pasar una velada inolvidable.

Cuando llegó la hora indicada y los amigos empezaron a llegar, Carlos se los llevó hacia la planta de arriba, que por estar más vacía, resultaba incluso más inquietante. La noche avanzaba, y las historias de miedo dieron paso a la ouija. Aunque habían quedado a las 11 de la noche, tan bien lo estaban pasando que sin darse cuenta eran ya cerca de las 4 de la madrugada del día siguiente. Habían conseguido contactar con alguien del más allá, a menos que uno de los amigos estuviera gastando una broma pesada a los demás, y la velada se estaba poniendo interesante.

De repente, uno de los chicos empezó a comportarse de un modo extraño. Ainhoa ahogó un grito antes incluso de que los demás se percataran de las acciones de Carlos. Había tensado cada músculo de la cara y el cuello, mientras abría la boca agónicamente como si tratara en vano gritar. Nadie sabía qué hacer o decir, e incluso hubo quien pensó que era una broma de Carlos. Pero Ainhoa estaba paralizada. ¿Es que nadie más veía lo mismo que ella? Carlos intentaba atrapar una porción de aire frente a él, una y otra vez; en ocasiones parecía querer rasgar el aire y apartarlo de sí... pero lo que su hermana veía, lo que Carlos intentaba agarrar y alejar de sí, eran unos poderosos brazos que, de la nada, habían surgido en medio de la habitación para agarrar al chico por el cuello. Estaba paralizada y sin habla, sólo podía mirar horrorizada aquella espectral aparición mientras su hermano trataba por todos los medios liberarse de ella. Pero, ¿por qué nadie hacía nada? ¿Es que nadie iba a intentar ayudarle, es que nadie veía más que los irracionales ademanes de Carlos?

Sin saber exactamente cómo, el joven consiguió zafarse de esas manos que ni siquiera podía palpar, tal vez fueran ellas mismas las que le habían soltado. Presa del pánico, Carlos echó a correr en una dirección aleatoria, sin más intención que salir cuanto antes de aquel infierno. En su desesperada huída, tropezó con su inmóvil hermana, con tan mala suerte, si acaso aquello había sido fruto del azar, que se percipitó al vacío por la ventana adyacente. Esta vez sí, los tres amigos reaccionaron y trataron de cogerle antes de que cayera, pero nada pudieron hacer. Sin embargo, Ainhoa seguía allí paralizada, parecía no haberse dado cuenta siquiera de lo que pasaba a su alrededor. Tan solo miraba fijamente a un punto vacío en la habitación... allí donde ahora se erigía, orgullosa, la espectral figura de su padre muerto años atrás. Sus amigos la gritaban y zarandeaban, tratando de despertarla de aquel estado de shock. Nada podían hacer. Una campanada. Dos campanadas. Luego tres, y seguidamente cuatro. Por unos interminables segundos más, Ainhoa permaneció allí inmóvil. Luego, aquella fantasmagórica visión se desvaneció, y la joven cayó inconsciente al suelo.

4:01 del 17 de noviembre. Cuarto aniversario de la muerte de su padre.

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jueves, 1 de enero de 2009

Por desgracia, sólo una historia más

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Esperanza era una mujer joven y alegre, felizmente casada con el que fue su primer y único amor, Ángel. Formaban una pareja maravillosa, o al menos éso decían quienes les conocían bien. No tenían problemas familiares ni económicos ni de ningún otro tipo, vivían sencillamente una vida tranquila y desahogada, mas sin excesivos lujos. Además, pronto compartirían una nueva ilusión: iban a ser padres.

Aquel día, justo acababan de llegar a casa después de conocer que su bebé sería una preciosa niña. Se llamaría Felicidad, pues es lo que su madre sentía en su interior: una indescriptible felicidad. Pero Ángel quería un niño. A Ángel no le gustaría tener una hija, sólo quería un hijo varón, y desde su punto de vista, su mujer lo había estropeado todo. Él la culpaba a ella por no estar embarazada de un varón. Ángel la grita, Ángel la humilla, Ángel la golpea... pero no era la primera vez. Esperanza mantenía en secreto tantos años de malos tratos, simplemente desaparecía una temporada de la vida social, inventándose cada vez que padecía de una extraña afección. Sus amigas, si alguien había en la ciudad a quien pudiera llamar "amiga", jamás lo sabrían... y Ángel sabía que nadie lo sabría.

Esperanza grita. Esperanza llora. Esperanza intenta en vano defenderse de su agresor. Esperanza sufre. Pero Esperanza no sufre por el dolor físico de los golpes de su marido: Esperanza llora por el pedacito de vida que lleva dentro. Ya no hay felicidad para Esperanza. Ya no queda esperanza para Felicidad.

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Cerrado por defunción

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Éste es el cartel que colocan a cada año que se va, en el mismo instante en que suena la última campanada (la primera para quienes no creen en éso de las 12 uvas -yo, sin más, siempre tomo 13, capricho personal :P). Año nuevo, vida nueva, y todo lo que aconteció en el 2008 pertenece ya a la historia. Lo siento, mujer maltratada, pues tu injusta condena continúa día tras día en este 2009, tal como sucedió en aquel 2008 que algunos pretenden dejar demasiado atrás. Pero hemos cambiado de año, y ya no importa tu situación, ni la ayuda que necesitas; han convertido tu caso en un número, un estúpido número que el año que viene utilizarán para compararlo con otros números y darnos a entender que España va bien.

Este año han muerto a manos de sus parejas o exparejas 114 mujeres (¡sí, 114, no 72 como nos dice el gobierno!), y detrás de cada una de ellas se esconde una tragedia, una vida cargada de injusticias y de sufrimiento, y la sombra de miles de mujeres que bien podrían acabar engrosando la lista de víctimas de la violencia machista. Pero no os preocupéis, al gobierno y a la sociedad, esas 114 vidas humanas les importan un carajo, les importa ése número, ése 114 reconvertido en sólo 72 para no disparar las alarmas. Así el año que viene por esta fechas nos dirán que en el 2009 murieron 69 mujeres a manos de sus parejas, que son menos que el año anterior... ¡Qué bien, son menos! ¿¡Y esas 69 vidas, que con toda seguridad serán el resultado de maquillar un número de 3 cifras, volverán a convertirse en un simple número, una mera estadística falseada!?

Y he puesto sólo un ejemplo, pues con todas las tragedias que nos azotan hacen lo mismo. Igual que he hablado de muertes por violencia machista podría haber hablado de agresiones sexuales, de racismo, de ajustes de cuentas, o de casi cualquier otra cosa. El año 2008 no se cierra con tal o cual cifra, sino con una sarta de mentiras, y con una sociedad que esconde e ignora todo aquello que no le gusta. Cada cual que haga lo que quiera, todo el mundo es libre de vivir su propia realidad alternativa, donde la vida y la muerte no importan y las tragedias son algo que "a nosotros no nos puede pasar". Yo prefiero seguir viviendo en el mundo real, que no es tan bonito ni tan idílico, pero al menos no tengo que finjir ser como los demás >.<

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