[Hay en este relato, mucho más de mí mismo que tan sólo unos momentos de inspiración, y también mucho más valioso. Como podréis deducir, no se trata de una improvisación como la mayoría de mis escritos, sino que he procurado -para variar- elaborarlo un poco más. Aunque comencé a escribirlo pensando en compartirlo con vosotros, más de una vez he dudado de ello. Por ello os pediré que, antes de nada, valoréis la magnitud de este relato, pues no es algo que pueda ni deba leerse en veinte segundos. Y, sólo si os encontráis con el tiempo, y sobretodo las ganas, de leerlo, lo hagáis. Espero que, a los que lo leáis, os guste; y a los que sabéis de cuánto hay de mí en estas líneas, sepáis comprenderme]Unos profundos ojos negros observaban la belleza de la escena desde el otro lado del cristal. Una mano, apoyada sobre el desgastado vidrio de la ventana, ansiaba poder sentir el peso de cada gota de la fría lluvia que caía con ira y violencia. Deseaba poder acariciar la niebla, gozar de su etérea suavidad, tal cual aquellos ojos gozaban de su
mística traslucidez. Mas no podía ser, sabía bien que no podría sentir la lluvia y la niebla desde ese lado de la ventana, y sus largos dedos recorrían inconscientemente la fría superficie del cristal. Buscaban, tal vez, sentir lo único que del exterior podían sentir. Buscaban, tal vez, las leves vibraciones del vidrio, al suicidarse, la gotas de lluvia, arrojándose contra él. Cuánta vida, cuánta belleza en cada gota de agua, condenadas a un trágico final por una fuerza infinita e invisible. Los labios de aquel rostro se movieron vagamente, sin apenas llegar a separarse. "Hermosamente triste", simularon decir. Pero no salió de ellos ni el más leve sonido, temerosos de quebrar el embrujo de aquel mágico silencio, al que el repiqueteo del cristal parecía, más que interrumpir, acompañar. Realmente deseaba estar allí afuera, entre la lluvia y la niebla. Pero, a pesar de la oscuridad
reinante, aún no había caído la noche en el exterior, y el clima era en aquel lugar especialmente caprichoso y traicionero. Si las nubes levantaban el asedio con el que al astro rey atormentaban, mejor sería que él no estuviera ahí fuera. Cruel condena, separado del deseo por apenas la fragilidad de un vidrio... y la inexorable autoridad del tiempo. Y contentarse con observar desde el otro lado del cristal, sin saber si su deseo seguirá aún allí cuando el tiempo se haya al fin marchado. En los días como aquel, maldecía su infausta existencia, maldecía aquello en lo que se había convertido, y maldecía, sobre todas las cosas, todo cuanto había vivido, todo cuanto le había llevado a ser lo que ahora era. "Muriendo mi propia vida, intentando vivir mi propia muerte", solía decir... cuánta razón, aún sin él saberlo, había en aquellas palabras.
Recostado sobre aquel viejo y destartalado diván negro, continuaba observando el paisaje exterior a través de la ventana, saboreando cada detalle, cada matiz de la amplia gama de grises que todo lo inundaba. Contempló con detenimiento el único árbol que aún crecía sano en aquel jardín invadido por las malas hierbas. Él mismo lo había plantado allí, muchísimos años atrás, como un pequeño símbolo a la vida. Por debajo de sus raíces, una caja de madera torpe y apresuradamente elaborada contenía los restos mortales de su hermana menor, cruelmente asesinada cuando era aún una niña. Él sabía que sus restos estaban allí, aunque las numerosas parcelas, alrededor del árbol, en las que la tierra había sido evidentemente removida hacía poco, desvelaban que, en tantas otras ocasiones, había tratado de encontrarlos, infructuosamente. "Mereció una sepultura más digna", pensó. Cerró los ojos, y recordó, una vez más, aquella fatídica mañana de sábado en la que todo ocurrió.
'Ella era aún una niña de apenas doce años de edad. Había sido siempre una chica muy alegre y divertida, y solía hacer enfadar a los mayores con facilidad, con un descarado desdén por las normas. No destacaba precisamente por su inteligencia, y ni siquiera era una niña espabilada. Pero, aún a su corta edad, tenía un indiscutible talento para la música y la pintura. Adoraba pintar, y siempre trataba de replicar cualquier dibujo que viera y le gustara. A menudo pasaba horas delante del ordenador, buscando únicamente algún dibujo interesante que pudiera imitar. Pero su verdadera pasión era la música. Le encantaba tocar la flauta en la escuela, y además era insuperable entre sus compañeros de clase, y además ya apuntaba maneras con un pequeño violín que le había regalado su hermano por su último cumpleaños. Aquella mañana, puesto que era sábado y no tenía que ir a la escuela, decidió aprovechar para practicar un poco con el violín. Como cada sábado, su madre y el mayor de sus hermanos habían salido temprano para hacer unas compras, llevándose con ellos al pequeño Sergio, que contaba entonces siete años. Su otro hermano, también mayor que ella, había hecho de su dormitorio un pequeño santuario, del que jamás se le veía salir, y en el que sólo a su hermana, a quien quería más que a su propia vida, le permitía entrar. De manera que, en cierto modo, padre e hija se quedaban a solas. Pero algo era diferente en el ambiente aquella mañana. El padre de la pequeña, si bien nunca había sido un ejemplo de alegría o buen ánimo, estaba resultando especialmente arisco y desagradable, y no hacía más que protestar por el ruido que, en su opinión, era lo que la niña hacía con el instrumento. Pero ella no cesaba. Ensimismada en su aprendizaje, y encerrada en su cuarto, ni siquiera escuchaba las continuas quejas y groserías de su padre desde la otra habitación. Hasta que, harto, irrumpió violentamente en el dormitorio de ella. La niña se asustó sobremanera al ver aparecer a su padre tan enfurecido con ella, pues no comprendía los motivos; y él tampoco supo comprender que, concentrada en su música y con la puerta cerrada, difícilmente podría ella haberle escuchado. Entró
gritándole constantemente que se callara, le arrebató el violón con brusquedad y agresividad, y la golpeó. Confusa y asustada, la pequeña comenzó a chillar y a llorar. Y cuanto más chillaba y lloraba ella, más la golpeaba él,
gritándole una y otra vez que se callara. La cogió fuertemente por la cara, haciéndole daño en la boca, y luego la sujetó contra su propio cuerpo e intentó taparle la boca con la mano. Pero la niña, ya histérica y aterrorizada, forcejeaba con su padre intentando liberarse de su incomprensible agresividad. De modo que el varón cogió un colorido cojín que descansaba sobre la cama de su hija,
impecablemente hecha, y lo utilizó para taparle la boca con todas sus fuerzas, sin que ella se zafara de él. Sólo cuando la pequeña dejó de forcejear y chillar, pensando su padre que ya se habría relajado, o se habría dado cuenta de que no podía pelear contra él, la soltó. Entonces, como si de un simple muñeco inanimado se tratase, el
cuerpecito indefenso de la niña se desplomó contra el suelo, inerte, sin una gota ya de vida. Él, alertado por los angustiosos gritos de su amada hermana, había salido corriendo de la imperturbable soledad de su dormitorio para ver qué ocurría, y llegó a la puerta de la habitación justo a tiempo para ver caer el cuerpo sin vida de su hermana, y a su padre allí, con el vistoso cojín aún en la mano... El horror paralizó todo su cuerpo.'
Con esa misma sensación, con todo su cuerpo paralizado por el dolor de aquel recuerdo, recobró la noción de la realidad en la que existía. Abrió lentamente los ojos, buscando nuevamente aquel retorcido árbol, allá en el exterior. Aquel árbol con el que quiso crear la vida, allá donde su padre había ocultado una muerte. Sin embargo, en lugar de ese árbol, solamente vio un rostro, que le observaba fijamente desde el cristal. No se sobresaltó en absoluto, pues, en el fondo, ya lo esperaba. Mientras él rememoraba el triste episodio de la muerte de su hermana, en el exterior el sol se había rendido al asedio de las nubes, y había abdicado en favor de la luna, que lucía ahora esplendorosa en un cielo estrellado y libre de nubes, si bien la persistente niebla aún la ocultaba. El frío se había apoderado de todo allí afuera, y la diferencia de temperatura con el interior de la vieja casa había teñido de vapor de agua el vidrio. Era él mismo, o su propia visión reflejada en la ventana, la que le observaba desde el cristal. Tenía el rostro alargado, acentuado por la negra perilla que copaba su barbilla, y era de tez clara, probablemente debido a que su fina piel hacía ya tiempo que no sentía la luz y el calor del sol. Tenía el cabello negro y liso, y visiblemente descuidado. Entre pequeños enredos y algo de suciedad, le caía revoltoso, apenas unos centímetros, sobre los hombros, mientras que, en la parte posterior, el cabello le caía, más largo y fuerte, sobre la espalda. Apenas debía de sobrepasar la veintena de años, mas las vagamente definidas ojeras que se dibujaban bajo sus ojos le daban aspecto de tener más edad. Eran esos ojos de un profundo color negro, y brillaban cuales dos centellas en el cielo nocturno. Aunque de un modo a duras penas perceptible incluso para el más observador, uno de sus ojos era algo más pequeño que el otro, y esa ínfima asimetría facial, que él mismo sí era capaz de observar, le recordaba que él mismo, también había sido humano una vez. Su nariz, sin ser menuda, no era tampoco grande, y no presentaba ninguna forma que pudiera hacerla, ni tan siquiera, distintiva. Y sus labios, pálidos y cortados, rara vez dejaban escapar sonido alguno.
Lentamente, como si meditara con detenimiento cada gesto antes de efectuarlo, apartó la mirada del cristal y se levantó del desgastado diván, dejando que sus pies descalzos tocasen el frío suelo de madera. Caminó despacio, fijándose cuidadosamente en el desastre en el que había convertido el salón. Presidían el centro de la habitación, una inmensa alfombra, a la que el polvo y la oscuridad había robado hasta la última gota de su pasado esplendor, y, sobre ella, un magnífico clavicordio aguardaba, perfectamente conservado en contraposición con la alfombra, que las manos que antes lo acariciaban volvieran a hacerlo. Apoyado encima del instrumento, descansaba el artículo más valioso de la sala, o, al menos, el que mayor valor poseía para el joven. Dentro de un sencillo y elegante estuche, un pequeño violín añoraba los días en que aquellas menudas y hábiles manos bendecían su sonido con la magia que habita en el corazón de cada niña. Aquel ser se detuvo completamente cuando sus ojos se posaron en aquel estuche, absolutamente perdido en ninguna parte concreta de su pensamiento. Sin que él lo percibiese, una pequeña forma oscura, una hermosa gata negra, irrumpió en la sala desde uno de los corredores. Parecía nerviosa, como si huyera de algo. Corrió hacia el centro de la sala y, de un salto, se colocó sobre el clavicordio arrancándole una desgarradora nota que sacó al hombre, si es que aquello tenía aún algo de hombre, de su absurda ensoñación. "
Isis". Aunque apenas había sido poco más que un susurro, el sepulcral silencio que inundaba el salón intensificó su grave voz. Él mismo se percató de que su llamada, más había parecido un reproche hacia el animal, de modo que, mirando al atento
félido, agachó la cabeza en signo de disculpa. Permaneció varios segundos en esa postura, como si realmente esperase que la minina aceptase sus disculpas. Y ésta debió de entender, pues rauda s apeó del clavicordio, emitió un breve maullido, y prosiguió su camino, momento en el que el joven
irguió su cabeza de nuevo. El vínculo existente entre el vampiro y el felino iba mucho más allá de lo que la mayoría de los mortales podría comprender. En algunas culturas ancestrales, como la egipcia, los gatos eran los guardianes del
inframundo, y, obviamente, allí era a donde él pertenecía. Sabía muy bien que la actitud nerviosa de
Isis era el preámbulo de una nueva visita, una noche más. Una súbita corriente de aire frío, surgida de las profundidades de los corredores, recorrió cada rincón de la amplia habitación, dispersando aún más los ya de por sí revueltos papeles que se encontraban esparcidos por toda la sala, y bruscamente acabó con la vida de docenas de danzarinas llamas que, alegremente, cada una en su vela, interpretaban una caótica e improvisada danza. Ninguna utilidad tenían en realidad para el vampiro, pues era su visión en la oscuridad más aguda que lo que cualquier criatura mortal podría ver incluso a plena luz; pero la tenue luz de las velas convertía aquel lugar en poco menos que acogedor. La inmortal criatura cerró los ojos para sentir, hasta casi palpar, la ahora total oscuridad. Más, aun a oscuras y con los ojos cerrados, vio con claridad a una figura blanquecina entrando en la sala por la misma puerta por la que había aparecido antes la gata. Desde la distancia resultaba difícil decir qué era exactamente aquella presencia, pues su forma y su figura, perfectamente definidas en unos instantes, era poco más que un pálido torbellino blanquecino en otros. Cuando más perfecta era su forma, tenía la apariencia de una niña, de tez increíblemente pálida. A duras penas llegaba a medir un metro y medio de estatura, si bien el aura de luz que irradiaba la hacía parecer, a veces más alta, a veces más baja. Parecía llevar un camisón blanco, ajado y desastroso, con pequeñas manchas, aquí y allá, de lo que parecía ser sangre seca. Lo único que en aquella escalofriante aparición no era de perlada palidez, era el cabello de la niña, tan negro, liso y cuidado, que sólo el fantasmagórico resplandor que toda ella emitía, permitía distinguirlo de la simple y cruda oscuridad. Sin abrir los ojos, la vio caminar por encima de los repartidos papeles. Parecía no pisar siquiera el suelo bajo sus descalzos
piecitos, sino deslizarse suavemente sobre él, aunque, cuando su figura era bien definida, la veía claramente dar pequeños pasos. Avanzó silenciosamente hasta un rincón, donde un gran cuadro, aún sobre el caballete en el que presumiblemente había sido pintado, escondía sus vergüenzas con una sucia sábana blanca. La niña retiró la tela con delicadeza, y permaneció unos instantes observando el lienzo. Se veía a sí misma, llorando amargamente, con un arco en una mano y un violín en la otra. Su rostro reflejaba verdadero terror. Tras ella, una figura de mayor tamaño, vagamente humana, parecía estar constituida por pura oscuridad. Uno de los desproporcionados brazos de la criatura abrazaba a la pequeña por la cintura; el otro, terminado en una horrible garra negra, más grande que todo el cuerpo de la niña, trataba en vano de espantar a una miríada de pequeños y molestos demonios que intentaban hacer daño y asustar a la pequeña.
Se apartó la niña de aquel lienzo, y empezó a recorrer cada palmo de la habitación. Había esparcidos por todas partes docenas de folios con diverso contenido. Había pequeños relatos, y también alguna obra larga, que el joven había escrito hacía tiempo; había multitud de dibujos que su hermana había elaborado cuando aún estaba con vida, algunos de los cuales eran pequeñas obras de arte sobre el papel; y había también un sinfín de partituras, algunas de las cuales incluso habían nacido como fruto del amor entre el vampiro y el clavicordio, gestadas por horas y horas de anodina eternidad. La espectral figura de la infanta caminaba de lado a lado de la habitación, se agachaba junto a uno de aquellos papeles y, cuando parecía que iba a cogerlo y revisar su contenido, permanecía quieta unos segundos, se incorporaba de nuevo, dejando allí la hoja, y
reemprendía sus idas y venidas en busca de alguna otra partitura. Finalmente, tras no pocos viajes de aquí para allá, recogió de una de las esquinas de la alfombra una de las hojas y, lentamente, se dirigió hacia el centro de la sala presidido por el clavicordio. El joven señor de la noche abrió entonces los ojos, y dirigió su mirada hacia allí... mas nada podía ver, eternamente condenados a permanecer allí inmóviles. Buscó en el rincón de la sala, aquel gran lienzo, ahora desnudo e indefenso ante inquisitivas miradas. Pero sus ojos toparon con aquella mugrienta sábana cubriendo el óleo cual fiel custodio, a pesar de que él mismo había visto cómo aquella lívida figura etérea retiraba la sábana y la dejaba caer en el suelo. Suavemente, como una nota apenas perceptible que, lentamente, ganaba en tono e intensidad, una dulce y armoniosa melodía iba inundando progresivamente toda la estancia. Se trataba del sonido de un violín, y el oscuro ser se giró hacia el clavicordio tan pronto sus sensibles oídos percibieron la música. Allí, sobre el aparatoso instrumento, descansaba, como siempre, el estuche del pequeño violín que había pertenecido a su hermana cuando aún vivía. Sólo un profundo temor a quebrar aquel frágil velo de magia, le ayudó, una luna más, a superar la tentación de abrirlo y comprobar si, tal como sospechaba, el violín aún gozaba del cobijo y la
confortabilidad del interior. "¿Estás ahí?" Quiso haber susurrado, pero de nuevo el silencio y las reverberaciones de aquel lugar amplificaron su voz. Se concentró tanto como pudo en el silencio
reinante, haciendo oídos sordos incluso a la melodía del violín, en búsqueda de una respuesta afirmativa. Mas, en los segundos que permaneció así, ninguna respuesta obtuvo. Instantes después, un susurro, casi imperceptible incluso para sus agudizados sentidos, e incluso a pesar del silencio y de la acústica del salón, le respondió con una preciosa y dulce voz femenina. "Sí, hermano".
No pudo aquella criatura de la noche evitar que una leve sonrisa se dibujara en su rostro. Murmuró unas palabras incomprensibles, y se encaminó, con su paso siempre lento y elegante, hacia una inmensa mesa de cedro que había en un lateral. Sobre ella, cubierta con otra sábana casi más polvorienta que la que escondía el óleo, parecía haber una caja de considerable tamaño. Retiró la tela con un rápido gesto, levantando una polvareda y haciendo caer la sábana, hecha un ovillo como si le hubiera asustado la brusquedad del vampiro, varios metros detrás de él. Frente a él, tan pronto se dispersó la polvareda que había levantado, apareció el fruto de todos sus esfuerzos de las últimas noches. La razón de que ya no escribiera más de aquellos maravillosamente tristes relatos, el motivo por el que hacía varias noches que el clavicordio suspiraba por unas manos que acariciasen sus teclas, el causante de la horrible sensación de vacío que mermaba las fuerzas del vampiro, pues no se alimentaba desde hacía ya varios ciclos lunares, estaba allí. Un
impecablemente elaborado ataúd blanco, con magistrales relieves y adornos en oro, esperaba apenas unos últimos retoques para estar finalmente acabado. El joven llevaba noches enteras trabajando en él, preparando con el mayor de los esmeros aquel presente para su fallecida hermana, aquel reflejo de la digna sepultura que jamás recibió y que ahora le estaba preparando, con sumo cuidado, su hermano que tanto la quiso. Ahora no le faltaba más que terminar de colocar el acolchado interior, tan blanco y pulcro como el propio ataúd, y atornillar la tapa. Se volvió fugazmente hacia la ventana, hacia aquel viejo y retorcido árbol junto al que se encontraban los restos mortales de su hermana. Por un instante, la dulce melodía del violín cesó, aunque el vampiro no lo percibió. Estaba demasiado ocupado culpándose a sí mismo por no haber encontrado aún su cadáver. Cerró los ojos intentando reprimir una inexistente lágrima, y allí, con los ojos nuevamente cerrados, pudo ver de nuevo a aquella aparición, ahora junto a él, a apenas un paso. "No te preocupes", le dijo de nuevo aquel hermoso susurro infantil, antes de callar para reemprender su melodía.
Intentó el hombre, o lo que quedaba de hombre en aquel cuerpo inmortal, vaciar su mente de esos pensamientos y centrarse en su labor, y en poco tiempo ya se encontraba totalmente volcado en preparar los últimos detalles del ataúd para su hermana. Aquella misma noche debía de estar todo terminado, para sí poder centrarse después en encontrar aquella tosca caja de madera enterrada. Al igual que cada noche, elaboraba cada pieza él mismo, en la más absoluta oscuridad; y, al igual que cada noche, las melodías provenientes de aquel pequeño violín eran toda su compañía. De vez en cuando, cuando encontraba algún problema en sus quehaceres y necesitaba pensar en una solución, cerraba los ojos. Y entonces podía ver claramente cómo el espíritu intranquilo de su hermana rasgaba dulces notas de un traslúcido violín. Entonces el espectro siempre le preguntaba "¿Te gusta, hermano?", y él siempre le respondía con una sonrisa. Más, aquella noche, su trabajo estaba prácticamente acabado, y cuando quiso darse cuenta lo había terminado por completo, antes de que se le pudiera presentar problema alguno. Sin vacilar un instante, recogió la sábana del suelo y cubrió de nuevo el ataúd para que no cogiera polvo, y raudo se dirigió hacia aquel patio infestado de malas hierbas. Tan pronto cerró la puerta y echó una rápida mirada al anciano árbol, todo su ánimo y determinación se esfumaron. Tantas veces había buscado la improvisada tumba de su hermana, y tantas veces había fallado, que en ocasiones dudaba incluso de que pudiera llegar a encontrarla algún día. Buscó en el cielo alguna señal que le indicara cuánto tiempo restaba para que el sol recuperase su trono, allá arriba en el cielo. Y, aunque aún faltaban varias horas para el amanecer, maldijo una vez más su existencia vampírica, consciente de que, de no serlo, podría seguir buscando pasado el alba. Con la mirada perdida en algún punto indeterminado de la bóveda celeste, volvió a perder la noción de la realidad, en un nuevo recuerdo.
'Fue poco después del triste acontecimiento, poco después de que el núcleo familiar, si es que aquella familia había tenido alguna vez un núcleo sólido, empezara a desmoronarse. Era una noche especialmente fría, y él había decidido pasarla paseando plácidamente por el pequeño bosque, a las afueras de la ciudad. Tanto a él como a su hermana les encantaba la naturaleza, y a menudo habían ido allí a pasar la tarde. Mas, ahora que ella ya no estaba, él prefería las noches para desplazarse hasta allí, y rememorar aquellos momentos que pasó con su querida hermana en aquel lugar. Así podía asegurarse de que nadie le molestaría. Sin embargo, aquella noche no estaba completamente a solas en medio de la vegetación. Algo, o alguien, le estaba observando. Acostumbrado como estaba el joven, a la más absoluta soledad, podía percibir en el ambiente, que no estaba sólo, de modo que agudizó tanto como pudo la vista y el oído... y la desubrió. Era una mujer joven, más joven que él, la que desde la oscuridad y la vegetación más densa, llevaba ya largo rato acechándole. Era de mediana estatura, con un largo cabello pelirrojo que a la luz de la luna parecía cobrizo, y su semblante era realmente hermoso. Tan sorprendida estaba ella de haber sido descubierta, como él de haberla descubierto, de modo que la joven quiso acercarse a él y entablar una amistosa conversación, para relajarse después del pequeño susto. En ningún momento pensó el varón, que lo que ella estaba haciendo era parecer afable para que él bajase la guardia... Lo siguiente que podía recordar, era que, cuando despertó, la luna vestía distinta, como si hubieran pasado varias noches desde la última vez que contempló una luna. Seguía aún en el bosque, y ella seguía a su lado. Pasaron toda la noche charlando; ella, lamentándose y disculpándose por lo que le había hecho, y explicándole su verdadera naturaleza, su existencia vampírica; él, intentando asimilar todo lo que ella le contaba sin llegar a desmayarse. Por alguna extraña razón, a pesar de que la joven le había utilizado para saciar su sed, no había sido capaz de acabar con su vida, y ahora él también compartía su misma maldición. Ella le enseñó, de uno u otro modo, cómo podía sobrevivir como vampiro, pero lo cierto es que ella no era mucho más experimentada que él. Probablemente, esa fue la razón por la que no había sido capaz de acabar con él: aún quedaba una porción de humanidad en ella, que le impedía convertirse en una vil asesina. Rápidamente, surgió entre ellos algo más que una incomprensible amistad. Surgió un romance.'
El vampiro despertó súbitamente de sus memorias. De nada valía ahora recordar aquello, y menos allí afuera, al aire libre. Ella no había conseguido adaptarse a su nueva forma de vida, pues, al contrario que él, al que ya no le importaban en absoluto los despojos de loq eu una vez fue su familia, ella pretendía llevar una vida, o más bien una existencia, lo más humana posible. No soportó la presión a la que se veía sometida casi incesantemente, y, una noche en la que paseaba sola por entre los árboles, sencillamente decidió dejarse sorprender por el alba. De modo que nada le quedaba ya al joven, de todo aquello. Tan sólo unos breves recuerdos, y una eterna maldición. Observó la criatura de la noche, que, mientras rememoraba su conversión en vampiro y su romance con aquella hermosa vampiresa, había perdido buena parte de su valioso tiempo aquella noche. Enfadado consigo mismo, arremetió bruscamente contra el viejo árbol, que se mantenía a duras penas erguido frente a él. Con un movimiento indescriptiblemente veloz, recorrió los metros que le separaban del sólido vegetal, y le golpeó con la palma de la mano abierta, con una fuerza extraordinaria. Para su asombro, aquel viejo tronco cedió hasta casi troncharse, y finalmente cayó hacia atrás levantando gran cantidad de tierra tras de sí. El vampiro ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, y rápidamente se dio de bruces contra la madera del árbol caído. Aquel era un movimiento que el joven había empleado muchas veces en sus cacerías, pues solía utilizarlo cada vez que la sed, la cercanía de las primeras luces del alba, o la mera imprudencia, le situaban a la vista de su presa. A muchos hombres había derribado así, sin que tuvieran tiempo de saber apenas qué había ocurrido, mas no imaginó el vampiro que pudiera derribar un árbol. Lo cierto era, que en aquel lugar la tierra era extraordinariamente dura, y las raíces del árbol apenas habían sido capaces de internarse en ella. Lentamente, si bien no dolorido, se incorporó la criatura de su aparatosa caída, y observó el resultado de lo que su instante de rabia había provocado. El no muy profundo agujero que las raíces del árbol habían dejado en la tierra, era para él una buena oportunidad para buscar el cuerpo de su hermana, justo debajo de donde había estado el árbol. "Debí haber hecho ésto hace mucho tiempo", pensó, repentinamente consciente de que, décadas atrás, había plantado lo que entonces sólo era un arbusto, no junto a la tumba de su cosanguínea, sino justamente sobre ella. Con la, hasta entonces desconocida sensación de que aquella noche sí que podía encontrar aquel cadáver, se dirigió velozmente a buscar la pala, que descansaba apoyada contra la pared, al lado de la puerta de la vivienda, y se dispuso a cavar. Le preocupaba que el amanecer le sorprendiera aún en el jardín, pero sabía que, de llegar el momento de refugiarse en el interior, no sería capaz de reprimir su deseo de encontrar el cuerpo de su hermana. No ahora que lo sentía tan cerca.
No tuvo que excavar durante mucho tiempo, hasta que la pala chocó contra algo más duro que la tierra. Sintió emoción, una emoción cuya existencia había ya olvidado hacía mucho tiempo, y casi pudo sentir cómo su corazón palpitaba de nuevo, aceleradamente, aunque sabía que éso era del todo imposible. No pudo evitar que el nerviosismo acabara con todo rastro de la elegancia con la que normalmente se movía, y totalmente fuera de sí, desenterró la totalidad de la caja de madera. Aún sin abrirla, sabía que lo había encontrado. En el ambiente, una melodía animada se iba haciendo cada vez más patente. Era el espíritu de su hermana, que, desde el interior de la habitación, había percibido la alegría de su hermano, y ahora interpretaba con su fantasmagórico violín, un
allegretto. El joven vampiro sonrió. Aquella melodía resultaba preciosa, pero conocía perfectamente cada partitura, cada nota de las que caóticamente se encontraban dispersas por todo el salón. Sabía bien que, entre ellas, no había ningún
allegretto; su hermana estaba improvisando. Se apresuró a sacar de allí la caja, y se dirigió hacia el interior de la vieja casa para destapar su contenido junto al inquieto, mas ahora alegre, espíritu de su hermana. A pesar de cuantas cosas extrañas había visto y vivido, empezando por su propia existencia vampírica y las nocturnas visitas de las que la gata Isis era siempre primera anfitriona, nada podía haberle preparado para aquel momento. Después de tantos años, se había hecho a la idea de que los restos mortales de su hermana serían poco más que un montón de huesos difícilmente identificables. Pero, al abrir la tapa de la caja de madera, lo que encontró fue muy distinto. El cuerpo de su hermana había permanecido durante todos aquellos años, tal cual había sido enterrado. Ni una sola mancha, ni un solo indicio de descomposición, ni una sola señal de que el tiempo hubiera tenido soberanía alguna entre aquellas seis maderas mal claveteadas. El asombrado vampiro la observó, y acarició el rostro del cadáver. Más parecía una pequeña bella durmiente, que un cuerpo sin vida.
El joven se asomó a la ventana, buscando una nueva señal que le indicara cuánto tiempo faltaba para la salida del sol. Aún tenía más de una hora de oscuridad. Descubrió de nuevo el precioso ataúd que él había elaborado para ella, esta vez con cuidado para no levantar polvo, y retiró las herramientas y trozos de material que, con las prisas, había dejado antes junto a su obra de artesanía. Con suma delicadeza, recogió el menudo cuerpo de la niña de la tosca caja, y con el mismo cuidado lo depositó en la finamente tallada caja blanca. Con precisión y elegancia en sus movimientos, una medida precisión y elegancia que incluso hacía parecer pesados sus andares habituales, se dirigió hacia el clavicordio. Por un instante dudó de lo que iba a hacer, pues temía interrumpir al ánima de su hermana en su
allegretto, que le resultaba realmente cautivador. Jamás en su vida, ni tampoco después de ésta, había escuchado una melodía similar. Con precaución, sin estar totalmente seguro de poder hacerlo, cogió el sencillo y elegante estuche del violín. Se detuvo unos instantes, tal vez temiendo y esperando que la música cesara en aquella habitación. Mas no sucedió tal cosa, y tras unos segundos de incertidumbre, prosiguió conforme a lo que tenía planeado. Llevaba sujeto el estuche, como si la menor vibración en el andar pudiera dañarlo, tal era su diligencia, y lentamente lo metió en el ataúd, junto al cuerpo impecable de su hermana, apoyado sobre su abdomen. Quiso abrirlo, para comprobar, esta vez sí, que el violín estaba realmente donde él creía que estaba. Pero, cuando ya había abierto los dos cierres de la funda, se detuvo. Estaba a tan sólo un gesto de desvelar lo que tantas y tantas veces se había estado preguntando, y lentamente... volvió a dejar los cierres como estaban. "No quebraré esa magia", se susurró a sí mismo. Acto seguido, se adentró en la vivienda por uno de los corredores, perdiéndose en la oscuridad. Súbitamente, Isis apareció detrás de él. Sin que hubiera una explicación racional para ello, la etérea figura de la pequeña ya no le asustaba. Sólo la pequeña minina fue testigo de lo que el vampiro hizo en las demás habitaciones de la casa, pero cuando volvieron al salón por donde habían salido, él llevaba una pequeña flor blanca en la mano. Imposible era saber, cuánto tiempo llevaba allí la flor, o de dónde la había sacado, pero parecía recién cortada de un frondoso jardín. Era un jazmín, la flor preferida de su hermana, y el joven se la puso en el pelo con delicadeza, contrastando con el negro cabello de ella, y haciendo un hermoso conjunto con el vestido, color perla, con el que había sido enterrada, y que permanecía también intacto e impoluto. Se despidió del occiso de su hermana con un beso en la frente, y cerró la tapa.
...
Faltaba ya poco tiempo para el amanecer, pero al joven vampiro parecía no importarle en absoluto. Tal y como él mismo había presentido, no sería capaz de esperar todo un día más, para completar aquello por lo que había existido, aquellas últimas noches. Aunque el trayecto había sido largo, y no había podido desplazarse con la celeridad deseada con un ataúd a cuestas, al fin había llegado. Un último recuerdo asomó a su mente, al volver, con su hermana, a aquel claro en el bosque, donde solían parar a merendar. Pero no había tiempo para recuerdos, no si quería cumplir su cometido y volver a tiempo a la segura oscuridad de la vivienda. Cavó rápidamente un hoyo en la tierra, más blanda y fértil que la del jardín. Mas, aunque el tiempo apremiaba, se tomó el tiempo preciso en el pequeño y solitario funeral, en honor a su amada hermana, tantísimos años después. Eran todos sus gestos, todos sus susurros, perfectamente medidos y cuidados; la ocasión lo merecía: estaba dando a su hermana, esa digna sepultura que mereció, esa digna sepultura que jamás recibió. Con la última palada después de haberla enterrado, y tras disimular la tumba con forraje, se sintió visiblemente aliviado. Allí parado, a los pies de la tumba que descansaba, un par de metros bajo tierra, cerró los ojos una vez más. No vió a nadie, no sintió ninguna presencia allí, más que él mismo. No obstante, tras unos segundos, un imperceptible susurro, veladamente difuminado con el leve silbar del viento, llegó hasta sus oídos. "Gracias, hermano".
El vampiro abrió los ojos, satisfecho. Miró al cielo, esperando esa eterna señal que le indicara si le quedaba tiempo suficiente como para volver a la vivienda. La luna, aunque ya baja, aún le concedería tiempo para éso y para más. Dio el joven la espalda al lugar donde había inhumado el cadáver de su hermana, y, sin moverse de allí, sonrió al cielo. "No, esta vez no". Se sentó allí mismo, junto al cuerpo de la persona a la que, sin duda alguna, más había querido en todo su existir. Se hizo un ovillo, aun sin dejar de mirar al cielo... y se dejó sorprender por las primeras luces del alba.
6 voces se alzaron.: