sábado, 28 de febrero de 2009

Vampirismo invertido

3 voces se alzaron.

Cual fantasma, cual espectro más antinatural que sobrenatural, cual sueño que se desvanece para no volver jamás, mas dejando tras de sí un rastro que, a veces, no nos abandona jamás. Surgir de entre las tinieblas, o tal vez ser parte de ellas, su maestro y mentor, y su discípulo y lacayo. Una aparición... un acechante oscuro y siniestro que observa siempre cada movimiento a su alrededor, en busca de un objetivo. Mas, en lugar de atacar desde las sombras, escudándose en la oscuridad que le crió, y que él crió, lucha por abrirse un hueco en la mente de los mortales. Busca su confianza, busca su amistad, o ese estúpido sentimiento al que los mortales llaman amistad. ¿Y para qué? Podría sorber hasta la última gota de ese delicioso fluido que les da la vida, pero no, no actúa así. Un vampiro de esta especie no roba la vida a sus víctimas; roba... la muerte. No absorbe cada gota que les da vida, sino cada sentimiento, cada pensamiento, cada emoción, que poco a poco los mata. Se puede arrebatar la vida, mas... ¿cómo se le puede arrebatar la muerte a un ser mortal? ¿Y qué hacen los inmortales con la muerte que roban? Tal vez, se alimentan de pena y dolor, pues pena y dolor es lo que recibieron en vida; tal vez, simplemente roben a los mortales aquello que ellos mismos jamás podrían poseer... la bendita, tal cual maldita, mortalidad. Y después... nada. Nunca han existido, jamás aparecieron en sus vidad, en ningún momento se ha sabido de ellos, o si algo se ha sabido, todo se perdió. Sólo una sensación de vacío inunda unos pulmones y un corazón, antes consumidos por el dolor.

No más dolor, no existe.
No más confianza, no existe.
No más sufrimiento, no existe.
No mas amistad, no existe.
No más pena, no existe.
No más comprensión, no existe.
No más lástima, no existe.
No más vampiros... ¿no más vampiros?

...

"Sólo te dolerá un momento. Mañana todo habrá acabado. Cuando despiertes... todo habrá terminado."

3 voces se alzaron.:

sábado, 21 de febrero de 2009

Reflexión en 12"

4 voces se alzaron.

El conocimiento es poder; el poder corrompe al ser humano; el conocimiento, pues, corrompe al ser humano.

Ignora y sé feliz.

Si no son 12 segundos, lo siento :P


4 voces se alzaron.:

viernes, 13 de febrero de 2009

Reinos de Soledad

4 voces se alzaron.

Ante todo, gracias a todos los que habéis leído mi anterior relato, y gracias también por vuestros comentarios. Aunque a algunos ya os he contestado algo, lo hago ahora de forma general, si me permitís.

Yumi (siempre la primera en leer y casi siempre la última en dar tu opinión ^,,^), sabes más de lo que crees o dices saber. No obstante, si no he desvelado antes qué hay de mí en ese relato, no lo voy a hacer ahora. El cuadro ha evolucionado mucho desde la última vez que me visitaste, parece ser, pues no me he inventado nada en ésto (bueno, éso si no tenemos en cuenta que el autor del cuadro también soy yo xDD) Me alegra que te guste, y que comprendas ciertas cosas. Sobre que las cosas estén vivas... ¿no es ésa la esencia de hacer magia sólo con palabras? De magia no sé mucho, pero de hacer cosas inimaginables estoy curtido, ¿no? ;)

Nuria (Melodía), lo que me dijeras o no, me da igual. Sabes que no te puedo guardar rencor ni negarte el perdón, pues éso son "privilegios" que sólo merece cierto individuo. Puedes hablar de lo que quieras. Si los libros que obligan a leer en el instituto fueran mis obras, crecería la tasa de analfabetismo, whahahahaha.

Princesa Usagi, en primer lugar, ya bastante me lo pensé antes de compartirlo como para encima dudar después. Que se dijera algo que, tal vez, pudiera hacerme daño, era un riesgo que ya había asumido al publicar ésto ^,,^ Aunque lo cierto es que sólo pensé en mí. Si me hubiera dado cuenta de que podría hacerte recordar cosas que no querías recordar, no lo habría publicado. Sabía que este relato te iba a tocar muy de cerca, pero ni siquiera pensé en ello, lo siento U,,U . Sobre lo que haya por descubrir en mí... según Yumi, es más fácil descubrirlo en mis relatos que esperar a que yo suelte algo en mis conversaciones :P

Dream (no te cortes, que el contador de comentarios soporta los números de dos cifras, jajaja) Sabes que si me dejas describir mis relatos, siempre digo "chapuceros"... ¿te vale que escriba más cosas chapuceras como ésta, y me das la Matrícula de Honor? ;) Pues estás de suerte, por lo que diré cuando os haya contestado a todos xD

Naia, me gustas más cuando no intentas ser tan objetiva ^,,^ Gracias por pasarte por aquí (confieso que tenía mis dudas). Si contamos que el 13 obre 10 no vale, y que tus notas siempre están infladísimas, me corresponde un 5'52 ^^ . Si a éso lo llamas ser dura, cuando me muera quiero que mi parcelita en el Averno la diseñes tú, whahahahaha. No sé si Anne Rice pecó de vagancia, pero yo sí y mucho, así que, si hay influencia, por supuesto que será vaga. Gracias por la comparativa, pero prefiero pensar que lo que escribo es cosa mía.

Patty, ¡¡eché de menos tu comentario!! ^,,^ Como ya te he dicho en La Guadaña, prefiero dejar en el aire lo que hay de mí en este relato (a fin de cuentas, saberlo sería conocerme demasiado, y parte del encanto que le encuentras a ésto es que pertenece a un completo desconocido, ¿no? hehehe) Dices que mis personajes están vivos... dos vampiros y un espíritu... ¿cuál está más vivo de todos? hahaha (y no vale decir que Isis!) Descuida, que seguiré escribiendo.

Y a éso iba el verdadero sentido de esta entrada (qué me gusta haceros leer para llegar a la cuestión, whahahahaha). Es posible que, a partir de ahora, este blog se vea un poquito descuidado, aunque intentaré que no sea así. No es una desaparición (creedme, si fuera una desaparición os habría salido un mensaje de error al intentar llegar al blog, sin avisar siquiera), sino un proyecto. La inmensa mayoría de mis escritos, el 99%, son improvisaciones que nunca me tomo en serio (El Murmullo de la Sangre entra dentro de ese 99%, aunque haya terminado con más de 500 páginas), y lo único que me gustó mínimamente fue aquella sucesión de cuentos encadenados que la mayoría de vosotros no conoció -"A la luz de las hadas", "Noches de invierno", "Inexistencia" y "El último crepúsculo" (ése del que Yumi jamás me perdonará lo que hice xDD)-. Ahora quiero hacer algo de verdad, tomarme algo en serio, algo que, tal vez, sí que merezca estar algún día en alguna librería (cosa que dudo). Pero, como quizás alguno ya sepa, es muy difícil, por no decir imposible, que nadie acceda a editarme algo que ya ha sido publicado por otro medio, físico o informático. Llegado el momento, si acaso quisiera optar a que me lo editen, tendría que borrar casi todo el blog, todas las entradas que tengan que ver con este nuevo proyecto. Por éso, en vez de compartirlo con vosotros aquí, lo haré en un nuevo blog, ÉSTE. Así, llegado el momento, me bastará con hacer invisible el blog una vez que quiera enviarlo a alguna editora (algunos sabéis lo invisibles que pueden llegar a ser mis blogs, por la sencilla razón de que éste no será el segundo blog activo en este momento, ¡sino el tercero! xDD). No tendré que borrar nada, no se perderá nada, y vosotros podréis acceder igualmente al blog si conocéis la URL exacta ^^. Así que (a partir de que actualice allá), os espero a quienes queráis en ese nuevo blog (en el que no habrá entradas tan absurdas como ésta, os lo prometo)

4 voces se alzaron.:

sábado, 7 de febrero de 2009

El murmullo del silencio

9 voces se alzaron.
[Hay en este relato, mucho más de mí mismo que tan sólo unos momentos de inspiración, y también mucho más valioso. Como podréis deducir, no se trata de una improvisación como la mayoría de mis escritos, sino que he procurado -para variar- elaborarlo un poco más. Aunque comencé a escribirlo pensando en compartirlo con vosotros, más de una vez he dudado de ello. Por ello os pediré que, antes de nada, valoréis la magnitud de este relato, pues no es algo que pueda ni deba leerse en veinte segundos. Y, sólo si os encontráis con el tiempo, y sobretodo las ganas, de leerlo, lo hagáis. Espero que, a los que lo leáis, os guste; y a los que sabéis de cuánto hay de mí en estas líneas, sepáis comprenderme]

Unos profundos ojos negros observaban la belleza de la escena desde el otro lado del cristal. Una mano, apoyada sobre el desgastado vidrio de la ventana, ansiaba poder sentir el peso de cada gota de la fría lluvia que caía con ira y violencia. Deseaba poder acariciar la niebla, gozar de su etérea suavidad, tal cual aquellos ojos gozaban de su mística traslucidez. Mas no podía ser, sabía bien que no podría sentir la lluvia y la niebla desde ese lado de la ventana, y sus largos dedos recorrían inconscientemente la fría superficie del cristal. Buscaban, tal vez, sentir lo único que del exterior podían sentir. Buscaban, tal vez, las leves vibraciones del vidrio, al suicidarse, la gotas de lluvia, arrojándose contra él. Cuánta vida, cuánta belleza en cada gota de agua, condenadas a un trágico final por una fuerza infinita e invisible. Los labios de aquel rostro se movieron vagamente, sin apenas llegar a separarse. "Hermosamente triste", simularon decir. Pero no salió de ellos ni el más leve sonido, temerosos de quebrar el embrujo de aquel mágico silencio, al que el repiqueteo del cristal parecía, más que interrumpir, acompañar. Realmente deseaba estar allí afuera, entre la lluvia y la niebla. Pero, a pesar de la oscuridad reinante, aún no había caído la noche en el exterior, y el clima era en aquel lugar especialmente caprichoso y traicionero. Si las nubes levantaban el asedio con el que al astro rey atormentaban, mejor sería que él no estuviera ahí fuera. Cruel condena, separado del deseo por apenas la fragilidad de un vidrio... y la inexorable autoridad del tiempo. Y contentarse con observar desde el otro lado del cristal, sin saber si su deseo seguirá aún allí cuando el tiempo se haya al fin marchado. En los días como aquel, maldecía su infausta existencia, maldecía aquello en lo que se había convertido, y maldecía, sobre todas las cosas, todo cuanto había vivido, todo cuanto le había llevado a ser lo que ahora era. "Muriendo mi propia vida, intentando vivir mi propia muerte", solía decir... cuánta razón, aún sin él saberlo, había en aquellas palabras.

Recostado sobre aquel viejo y destartalado diván negro, continuaba observando el paisaje exterior a través de la ventana, saboreando cada detalle, cada matiz de la amplia gama de grises que todo lo inundaba. Contempló con detenimiento el único árbol que aún crecía sano en aquel jardín invadido por las malas hierbas. Él mismo lo había plantado allí, muchísimos años atrás, como un pequeño símbolo a la vida. Por debajo de sus raíces, una caja de madera torpe y apresuradamente elaborada contenía los restos mortales de su hermana menor, cruelmente asesinada cuando era aún una niña. Él sabía que sus restos estaban allí, aunque las numerosas parcelas, alrededor del árbol, en las que la tierra había sido evidentemente removida hacía poco, desvelaban que, en tantas otras ocasiones, había tratado de encontrarlos, infructuosamente. "Mereció una sepultura más digna", pensó. Cerró los ojos, y recordó, una vez más, aquella fatídica mañana de sábado en la que todo ocurrió.

'Ella era aún una niña de apenas doce años de edad. Había sido siempre una chica muy alegre y divertida, y solía hacer enfadar a los mayores con facilidad, con un descarado desdén por las normas. No destacaba precisamente por su inteligencia, y ni siquiera era una niña espabilada. Pero, aún a su corta edad, tenía un indiscutible talento para la música y la pintura. Adoraba pintar, y siempre trataba de replicar cualquier dibujo que viera y le gustara. A menudo pasaba horas delante del ordenador, buscando únicamente algún dibujo interesante que pudiera imitar. Pero su verdadera pasión era la música. Le encantaba tocar la flauta en la escuela, y además era insuperable entre sus compañeros de clase, y además ya apuntaba maneras con un pequeño violín que le había regalado su hermano por su último cumpleaños. Aquella mañana, puesto que era sábado y no tenía que ir a la escuela, decidió aprovechar para practicar un poco con el violín. Como cada sábado, su madre y el mayor de sus hermanos habían salido temprano para hacer unas compras, llevándose con ellos al pequeño Sergio, que contaba entonces siete años. Su otro hermano, también mayor que ella, había hecho de su dormitorio un pequeño santuario, del que jamás se le veía salir, y en el que sólo a su hermana, a quien quería más que a su propia vida, le permitía entrar. De manera que, en cierto modo, padre e hija se quedaban a solas. Pero algo era diferente en el ambiente aquella mañana. El padre de la pequeña, si bien nunca había sido un ejemplo de alegría o buen ánimo, estaba resultando especialmente arisco y desagradable, y no hacía más que protestar por el ruido que, en su opinión, era lo que la niña hacía con el instrumento. Pero ella no cesaba. Ensimismada en su aprendizaje, y encerrada en su cuarto, ni siquiera escuchaba las continuas quejas y groserías de su padre desde la otra habitación. Hasta que, harto, irrumpió violentamente en el dormitorio de ella. La niña se asustó sobremanera al ver aparecer a su padre tan enfurecido con ella, pues no comprendía los motivos; y él tampoco supo comprender que, concentrada en su música y con la puerta cerrada, difícilmente podría ella haberle escuchado. Entró gritándole constantemente que se callara, le arrebató el violón con brusquedad y agresividad, y la golpeó. Confusa y asustada, la pequeña comenzó a chillar y a llorar. Y cuanto más chillaba y lloraba ella, más la golpeaba él, gritándole una y otra vez que se callara. La cogió fuertemente por la cara, haciéndole daño en la boca, y luego la sujetó contra su propio cuerpo e intentó taparle la boca con la mano. Pero la niña, ya histérica y aterrorizada, forcejeaba con su padre intentando liberarse de su incomprensible agresividad. De modo que el varón cogió un colorido cojín que descansaba sobre la cama de su hija, impecablemente hecha, y lo utilizó para taparle la boca con todas sus fuerzas, sin que ella se zafara de él. Sólo cuando la pequeña dejó de forcejear y chillar, pensando su padre que ya se habría relajado, o se habría dado cuenta de que no podía pelear contra él, la soltó. Entonces, como si de un simple muñeco inanimado se tratase, el cuerpecito indefenso de la niña se desplomó contra el suelo, inerte, sin una gota ya de vida. Él, alertado por los angustiosos gritos de su amada hermana, había salido corriendo de la imperturbable soledad de su dormitorio para ver qué ocurría, y llegó a la puerta de la habitación justo a tiempo para ver caer el cuerpo sin vida de su hermana, y a su padre allí, con el vistoso cojín aún en la mano... El horror paralizó todo su cuerpo.'

Con esa misma sensación, con todo su cuerpo paralizado por el dolor de aquel recuerdo, recobró la noción de la realidad en la que existía. Abrió lentamente los ojos, buscando nuevamente aquel retorcido árbol, allá en el exterior. Aquel árbol con el que quiso crear la vida, allá donde su padre había ocultado una muerte. Sin embargo, en lugar de ese árbol, solamente vio un rostro, que le observaba fijamente desde el cristal. No se sobresaltó en absoluto, pues, en el fondo, ya lo esperaba. Mientras él rememoraba el triste episodio de la muerte de su hermana, en el exterior el sol se había rendido al asedio de las nubes, y había abdicado en favor de la luna, que lucía ahora esplendorosa en un cielo estrellado y libre de nubes, si bien la persistente niebla aún la ocultaba. El frío se había apoderado de todo allí afuera, y la diferencia de temperatura con el interior de la vieja casa había teñido de vapor de agua el vidrio. Era él mismo, o su propia visión reflejada en la ventana, la que le observaba desde el cristal. Tenía el rostro alargado, acentuado por la negra perilla que copaba su barbilla, y era de tez clara, probablemente debido a que su fina piel hacía ya tiempo que no sentía la luz y el calor del sol. Tenía el cabello negro y liso, y visiblemente descuidado. Entre pequeños enredos y algo de suciedad, le caía revoltoso, apenas unos centímetros, sobre los hombros, mientras que, en la parte posterior, el cabello le caía, más largo y fuerte, sobre la espalda. Apenas debía de sobrepasar la veintena de años, mas las vagamente definidas ojeras que se dibujaban bajo sus ojos le daban aspecto de tener más edad. Eran esos ojos de un profundo color negro, y brillaban cuales dos centellas en el cielo nocturno. Aunque de un modo a duras penas perceptible incluso para el más observador, uno de sus ojos era algo más pequeño que el otro, y esa ínfima asimetría facial, que él mismo sí era capaz de observar, le recordaba que él mismo, también había sido humano una vez. Su nariz, sin ser menuda, no era tampoco grande, y no presentaba ninguna forma que pudiera hacerla, ni tan siquiera, distintiva. Y sus labios, pálidos y cortados, rara vez dejaban escapar sonido alguno.

Lentamente, como si meditara con detenimiento cada gesto antes de efectuarlo, apartó la mirada del cristal y se levantó del desgastado diván, dejando que sus pies descalzos tocasen el frío suelo de madera. Caminó despacio, fijándose cuidadosamente en el desastre en el que había convertido el salón. Presidían el centro de la habitación, una inmensa alfombra, a la que el polvo y la oscuridad había robado hasta la última gota de su pasado esplendor, y, sobre ella, un magnífico clavicordio aguardaba, perfectamente conservado en contraposición con la alfombra, que las manos que antes lo acariciaban volvieran a hacerlo. Apoyado encima del instrumento, descansaba el artículo más valioso de la sala, o, al menos, el que mayor valor poseía para el joven. Dentro de un sencillo y elegante estuche, un pequeño violín añoraba los días en que aquellas menudas y hábiles manos bendecían su sonido con la magia que habita en el corazón de cada niña. Aquel ser se detuvo completamente cuando sus ojos se posaron en aquel estuche, absolutamente perdido en ninguna parte concreta de su pensamiento. Sin que él lo percibiese, una pequeña forma oscura, una hermosa gata negra, irrumpió en la sala desde uno de los corredores. Parecía nerviosa, como si huyera de algo. Corrió hacia el centro de la sala y, de un salto, se colocó sobre el clavicordio arrancándole una desgarradora nota que sacó al hombre, si es que aquello tenía aún algo de hombre, de su absurda ensoñación. "Isis". Aunque apenas había sido poco más que un susurro, el sepulcral silencio que inundaba el salón intensificó su grave voz. Él mismo se percató de que su llamada, más había parecido un reproche hacia el animal, de modo que, mirando al atento félido, agachó la cabeza en signo de disculpa. Permaneció varios segundos en esa postura, como si realmente esperase que la minina aceptase sus disculpas. Y ésta debió de entender, pues rauda s apeó del clavicordio, emitió un breve maullido, y prosiguió su camino, momento en el que el joven irguió su cabeza de nuevo. El vínculo existente entre el vampiro y el felino iba mucho más allá de lo que la mayoría de los mortales podría comprender. En algunas culturas ancestrales, como la egipcia, los gatos eran los guardianes del inframundo, y, obviamente, allí era a donde él pertenecía. Sabía muy bien que la actitud nerviosa de Isis era el preámbulo de una nueva visita, una noche más. Una súbita corriente de aire frío, surgida de las profundidades de los corredores, recorrió cada rincón de la amplia habitación, dispersando aún más los ya de por sí revueltos papeles que se encontraban esparcidos por toda la sala, y bruscamente acabó con la vida de docenas de danzarinas llamas que, alegremente, cada una en su vela, interpretaban una caótica e improvisada danza. Ninguna utilidad tenían en realidad para el vampiro, pues era su visión en la oscuridad más aguda que lo que cualquier criatura mortal podría ver incluso a plena luz; pero la tenue luz de las velas convertía aquel lugar en poco menos que acogedor. La inmortal criatura cerró los ojos para sentir, hasta casi palpar, la ahora total oscuridad. Más, aun a oscuras y con los ojos cerrados, vio con claridad a una figura blanquecina entrando en la sala por la misma puerta por la que había aparecido antes la gata. Desde la distancia resultaba difícil decir qué era exactamente aquella presencia, pues su forma y su figura, perfectamente definidas en unos instantes, era poco más que un pálido torbellino blanquecino en otros. Cuando más perfecta era su forma, tenía la apariencia de una niña, de tez increíblemente pálida. A duras penas llegaba a medir un metro y medio de estatura, si bien el aura de luz que irradiaba la hacía parecer, a veces más alta, a veces más baja. Parecía llevar un camisón blanco, ajado y desastroso, con pequeñas manchas, aquí y allá, de lo que parecía ser sangre seca. Lo único que en aquella escalofriante aparición no era de perlada palidez, era el cabello de la niña, tan negro, liso y cuidado, que sólo el fantasmagórico resplandor que toda ella emitía, permitía distinguirlo de la simple y cruda oscuridad. Sin abrir los ojos, la vio caminar por encima de los repartidos papeles. Parecía no pisar siquiera el suelo bajo sus descalzos piecitos, sino deslizarse suavemente sobre él, aunque, cuando su figura era bien definida, la veía claramente dar pequeños pasos. Avanzó silenciosamente hasta un rincón, donde un gran cuadro, aún sobre el caballete en el que presumiblemente había sido pintado, escondía sus vergüenzas con una sucia sábana blanca. La niña retiró la tela con delicadeza, y permaneció unos instantes observando el lienzo. Se veía a sí misma, llorando amargamente, con un arco en una mano y un violín en la otra. Su rostro reflejaba verdadero terror. Tras ella, una figura de mayor tamaño, vagamente humana, parecía estar constituida por pura oscuridad. Uno de los desproporcionados brazos de la criatura abrazaba a la pequeña por la cintura; el otro, terminado en una horrible garra negra, más grande que todo el cuerpo de la niña, trataba en vano de espantar a una miríada de pequeños y molestos demonios que intentaban hacer daño y asustar a la pequeña.

Se apartó la niña de aquel lienzo, y empezó a recorrer cada palmo de la habitación. Había esparcidos por todas partes docenas de folios con diverso contenido. Había pequeños relatos, y también alguna obra larga, que el joven había escrito hacía tiempo; había multitud de dibujos que su hermana había elaborado cuando aún estaba con vida, algunos de los cuales eran pequeñas obras de arte sobre el papel; y había también un sinfín de partituras, algunas de las cuales incluso habían nacido como fruto del amor entre el vampiro y el clavicordio, gestadas por horas y horas de anodina eternidad. La espectral figura de la infanta caminaba de lado a lado de la habitación, se agachaba junto a uno de aquellos papeles y, cuando parecía que iba a cogerlo y revisar su contenido, permanecía quieta unos segundos, se incorporaba de nuevo, dejando allí la hoja, y reemprendía sus idas y venidas en busca de alguna otra partitura. Finalmente, tras no pocos viajes de aquí para allá, recogió de una de las esquinas de la alfombra una de las hojas y, lentamente, se dirigió hacia el centro de la sala presidido por el clavicordio. El joven señor de la noche abrió entonces los ojos, y dirigió su mirada hacia allí... mas nada podía ver, eternamente condenados a permanecer allí inmóviles. Buscó en el rincón de la sala, aquel gran lienzo, ahora desnudo e indefenso ante inquisitivas miradas. Pero sus ojos toparon con aquella mugrienta sábana cubriendo el óleo cual fiel custodio, a pesar de que él mismo había visto cómo aquella lívida figura etérea retiraba la sábana y la dejaba caer en el suelo. Suavemente, como una nota apenas perceptible que, lentamente, ganaba en tono e intensidad, una dulce y armoniosa melodía iba inundando progresivamente toda la estancia. Se trataba del sonido de un violín, y el oscuro ser se giró hacia el clavicordio tan pronto sus sensibles oídos percibieron la música. Allí, sobre el aparatoso instrumento, descansaba, como siempre, el estuche del pequeño violín que había pertenecido a su hermana cuando aún vivía. Sólo un profundo temor a quebrar aquel frágil velo de magia, le ayudó, una luna más, a superar la tentación de abrirlo y comprobar si, tal como sospechaba, el violín aún gozaba del cobijo y la confortabilidad del interior. "¿Estás ahí?" Quiso haber susurrado, pero de nuevo el silencio y las reverberaciones de aquel lugar amplificaron su voz. Se concentró tanto como pudo en el silencio reinante, haciendo oídos sordos incluso a la melodía del violín, en búsqueda de una respuesta afirmativa. Mas, en los segundos que permaneció así, ninguna respuesta obtuvo. Instantes después, un susurro, casi imperceptible incluso para sus agudizados sentidos, e incluso a pesar del silencio y de la acústica del salón, le respondió con una preciosa y dulce voz femenina. "Sí, hermano".

No pudo aquella criatura de la noche evitar que una leve sonrisa se dibujara en su rostro. Murmuró unas palabras incomprensibles, y se encaminó, con su paso siempre lento y elegante, hacia una inmensa mesa de cedro que había en un lateral. Sobre ella, cubierta con otra sábana casi más polvorienta que la que escondía el óleo, parecía haber una caja de considerable tamaño. Retiró la tela con un rápido gesto, levantando una polvareda y haciendo caer la sábana, hecha un ovillo como si le hubiera asustado la brusquedad del vampiro, varios metros detrás de él. Frente a él, tan pronto se dispersó la polvareda que había levantado, apareció el fruto de todos sus esfuerzos de las últimas noches. La razón de que ya no escribiera más de aquellos maravillosamente tristes relatos, el motivo por el que hacía varias noches que el clavicordio suspiraba por unas manos que acariciasen sus teclas, el causante de la horrible sensación de vacío que mermaba las fuerzas del vampiro, pues no se alimentaba desde hacía ya varios ciclos lunares, estaba allí. Un impecablemente elaborado ataúd blanco, con magistrales relieves y adornos en oro, esperaba apenas unos últimos retoques para estar finalmente acabado. El joven llevaba noches enteras trabajando en él, preparando con el mayor de los esmeros aquel presente para su fallecida hermana, aquel reflejo de la digna sepultura que jamás recibió y que ahora le estaba preparando, con sumo cuidado, su hermano que tanto la quiso. Ahora no le faltaba más que terminar de colocar el acolchado interior, tan blanco y pulcro como el propio ataúd, y atornillar la tapa. Se volvió fugazmente hacia la ventana, hacia aquel viejo y retorcido árbol junto al que se encontraban los restos mortales de su hermana. Por un instante, la dulce melodía del violín cesó, aunque el vampiro no lo percibió. Estaba demasiado ocupado culpándose a sí mismo por no haber encontrado aún su cadáver. Cerró los ojos intentando reprimir una inexistente lágrima, y allí, con los ojos nuevamente cerrados, pudo ver de nuevo a aquella aparición, ahora junto a él, a apenas un paso. "No te preocupes", le dijo de nuevo aquel hermoso susurro infantil, antes de callar para reemprender su melodía.

Intentó el hombre, o lo que quedaba de hombre en aquel cuerpo inmortal, vaciar su mente de esos pensamientos y centrarse en su labor, y en poco tiempo ya se encontraba totalmente volcado en preparar los últimos detalles del ataúd para su hermana. Aquella misma noche debía de estar todo terminado, para sí poder centrarse después en encontrar aquella tosca caja de madera enterrada. Al igual que cada noche, elaboraba cada pieza él mismo, en la más absoluta oscuridad; y, al igual que cada noche, las melodías provenientes de aquel pequeño violín eran toda su compañía. De vez en cuando, cuando encontraba algún problema en sus quehaceres y necesitaba pensar en una solución, cerraba los ojos. Y entonces podía ver claramente cómo el espíritu intranquilo de su hermana rasgaba dulces notas de un traslúcido violín. Entonces el espectro siempre le preguntaba "¿Te gusta, hermano?", y él siempre le respondía con una sonrisa. Más, aquella noche, su trabajo estaba prácticamente acabado, y cuando quiso darse cuenta lo había terminado por completo, antes de que se le pudiera presentar problema alguno. Sin vacilar un instante, recogió la sábana del suelo y cubrió de nuevo el ataúd para que no cogiera polvo, y raudo se dirigió hacia aquel patio infestado de malas hierbas. Tan pronto cerró la puerta y echó una rápida mirada al anciano árbol, todo su ánimo y determinación se esfumaron. Tantas veces había buscado la improvisada tumba de su hermana, y tantas veces había fallado, que en ocasiones dudaba incluso de que pudiera llegar a encontrarla algún día. Buscó en el cielo alguna señal que le indicara cuánto tiempo restaba para que el sol recuperase su trono, allá arriba en el cielo. Y, aunque aún faltaban varias horas para el amanecer, maldijo una vez más su existencia vampírica, consciente de que, de no serlo, podría seguir buscando pasado el alba. Con la mirada perdida en algún punto indeterminado de la bóveda celeste, volvió a perder la noción de la realidad, en un nuevo recuerdo.

'Fue poco después del triste acontecimiento, poco después de que el núcleo familiar, si es que aquella familia había tenido alguna vez un núcleo sólido, empezara a desmoronarse. Era una noche especialmente fría, y él había decidido pasarla paseando plácidamente por el pequeño bosque, a las afueras de la ciudad. Tanto a él como a su hermana les encantaba la naturaleza, y a menudo habían ido allí a pasar la tarde. Mas, ahora que ella ya no estaba, él prefería las noches para desplazarse hasta allí, y rememorar aquellos momentos que pasó con su querida hermana en aquel lugar. Así podía asegurarse de que nadie le molestaría. Sin embargo, aquella noche no estaba completamente a solas en medio de la vegetación. Algo, o alguien, le estaba observando. Acostumbrado como estaba el joven, a la más absoluta soledad, podía percibir en el ambiente, que no estaba sólo, de modo que agudizó tanto como pudo la vista y el oído... y la desubrió. Era una mujer joven, más joven que él, la que desde la oscuridad y la vegetación más densa, llevaba ya largo rato acechándole. Era de mediana estatura, con un largo cabello pelirrojo que a la luz de la luna parecía cobrizo, y su semblante era realmente hermoso. Tan sorprendida estaba ella de haber sido descubierta, como él de haberla descubierto, de modo que la joven quiso acercarse a él y entablar una amistosa conversación, para relajarse después del pequeño susto. En ningún momento pensó el varón, que lo que ella estaba haciendo era parecer afable para que él bajase la guardia... Lo siguiente que podía recordar, era que, cuando despertó, la luna vestía distinta, como si hubieran pasado varias noches desde la última vez que contempló una luna. Seguía aún en el bosque, y ella seguía a su lado. Pasaron toda la noche charlando; ella, lamentándose y disculpándose por lo que le había hecho, y explicándole su verdadera naturaleza, su existencia vampírica; él, intentando asimilar todo lo que ella le contaba sin llegar a desmayarse. Por alguna extraña razón, a pesar de que la joven le había utilizado para saciar su sed, no había sido capaz de acabar con su vida, y ahora él también compartía su misma maldición. Ella le enseñó, de uno u otro modo, cómo podía sobrevivir como vampiro, pero lo cierto es que ella no era mucho más experimentada que él. Probablemente, esa fue la razón por la que no había sido capaz de acabar con él: aún quedaba una porción de humanidad en ella, que le impedía convertirse en una vil asesina. Rápidamente, surgió entre ellos algo más que una incomprensible amistad. Surgió un romance.'

El vampiro despertó súbitamente de sus memorias. De nada valía ahora recordar aquello, y menos allí afuera, al aire libre. Ella no había conseguido adaptarse a su nueva forma de vida, pues, al contrario que él, al que ya no le importaban en absoluto los despojos de loq eu una vez fue su familia, ella pretendía llevar una vida, o más bien una existencia, lo más humana posible. No soportó la presión a la que se veía sometida casi incesantemente, y, una noche en la que paseaba sola por entre los árboles, sencillamente decidió dejarse sorprender por el alba. De modo que nada le quedaba ya al joven, de todo aquello. Tan sólo unos breves recuerdos, y una eterna maldición. Observó la criatura de la noche, que, mientras rememoraba su conversión en vampiro y su romance con aquella hermosa vampiresa, había perdido buena parte de su valioso tiempo aquella noche. Enfadado consigo mismo, arremetió bruscamente contra el viejo árbol, que se mantenía a duras penas erguido frente a él. Con un movimiento indescriptiblemente veloz, recorrió los metros que le separaban del sólido vegetal, y le golpeó con la palma de la mano abierta, con una fuerza extraordinaria. Para su asombro, aquel viejo tronco cedió hasta casi troncharse, y finalmente cayó hacia atrás levantando gran cantidad de tierra tras de sí. El vampiro ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, y rápidamente se dio de bruces contra la madera del árbol caído. Aquel era un movimiento que el joven había empleado muchas veces en sus cacerías, pues solía utilizarlo cada vez que la sed, la cercanía de las primeras luces del alba, o la mera imprudencia, le situaban a la vista de su presa. A muchos hombres había derribado así, sin que tuvieran tiempo de saber apenas qué había ocurrido, mas no imaginó el vampiro que pudiera derribar un árbol. Lo cierto era, que en aquel lugar la tierra era extraordinariamente dura, y las raíces del árbol apenas habían sido capaces de internarse en ella. Lentamente, si bien no dolorido, se incorporó la criatura de su aparatosa caída, y observó el resultado de lo que su instante de rabia había provocado. El no muy profundo agujero que las raíces del árbol habían dejado en la tierra, era para él una buena oportunidad para buscar el cuerpo de su hermana, justo debajo de donde había estado el árbol. "Debí haber hecho ésto hace mucho tiempo", pensó, repentinamente consciente de que, décadas atrás, había plantado lo que entonces sólo era un arbusto, no junto a la tumba de su cosanguínea, sino justamente sobre ella. Con la, hasta entonces desconocida sensación de que aquella noche sí que podía encontrar aquel cadáver, se dirigió velozmente a buscar la pala, que descansaba apoyada contra la pared, al lado de la puerta de la vivienda, y se dispuso a cavar. Le preocupaba que el amanecer le sorprendiera aún en el jardín, pero sabía que, de llegar el momento de refugiarse en el interior, no sería capaz de reprimir su deseo de encontrar el cuerpo de su hermana. No ahora que lo sentía tan cerca.

No tuvo que excavar durante mucho tiempo, hasta que la pala chocó contra algo más duro que la tierra. Sintió emoción, una emoción cuya existencia había ya olvidado hacía mucho tiempo, y casi pudo sentir cómo su corazón palpitaba de nuevo, aceleradamente, aunque sabía que éso era del todo imposible. No pudo evitar que el nerviosismo acabara con todo rastro de la elegancia con la que normalmente se movía, y totalmente fuera de sí, desenterró la totalidad de la caja de madera. Aún sin abrirla, sabía que lo había encontrado. En el ambiente, una melodía animada se iba haciendo cada vez más patente. Era el espíritu de su hermana, que, desde el interior de la habitación, había percibido la alegría de su hermano, y ahora interpretaba con su fantasmagórico violín, un allegretto. El joven vampiro sonrió. Aquella melodía resultaba preciosa, pero conocía perfectamente cada partitura, cada nota de las que caóticamente se encontraban dispersas por todo el salón. Sabía bien que, entre ellas, no había ningún allegretto; su hermana estaba improvisando. Se apresuró a sacar de allí la caja, y se dirigió hacia el interior de la vieja casa para destapar su contenido junto al inquieto, mas ahora alegre, espíritu de su hermana. A pesar de cuantas cosas extrañas había visto y vivido, empezando por su propia existencia vampírica y las nocturnas visitas de las que la gata Isis era siempre primera anfitriona, nada podía haberle preparado para aquel momento. Después de tantos años, se había hecho a la idea de que los restos mortales de su hermana serían poco más que un montón de huesos difícilmente identificables. Pero, al abrir la tapa de la caja de madera, lo que encontró fue muy distinto. El cuerpo de su hermana había permanecido durante todos aquellos años, tal cual había sido enterrado. Ni una sola mancha, ni un solo indicio de descomposición, ni una sola señal de que el tiempo hubiera tenido soberanía alguna entre aquellas seis maderas mal claveteadas. El asombrado vampiro la observó, y acarició el rostro del cadáver. Más parecía una pequeña bella durmiente, que un cuerpo sin vida.

El joven se asomó a la ventana, buscando una nueva señal que le indicara cuánto tiempo faltaba para la salida del sol. Aún tenía más de una hora de oscuridad. Descubrió de nuevo el precioso ataúd que él había elaborado para ella, esta vez con cuidado para no levantar polvo, y retiró las herramientas y trozos de material que, con las prisas, había dejado antes junto a su obra de artesanía. Con suma delicadeza, recogió el menudo cuerpo de la niña de la tosca caja, y con el mismo cuidado lo depositó en la finamente tallada caja blanca. Con precisión y elegancia en sus movimientos, una medida precisión y elegancia que incluso hacía parecer pesados sus andares habituales, se dirigió hacia el clavicordio. Por un instante dudó de lo que iba a hacer, pues temía interrumpir al ánima de su hermana en su allegretto, que le resultaba realmente cautivador. Jamás en su vida, ni tampoco después de ésta, había escuchado una melodía similar. Con precaución, sin estar totalmente seguro de poder hacerlo, cogió el sencillo y elegante estuche del violín. Se detuvo unos instantes, tal vez temiendo y esperando que la música cesara en aquella habitación. Mas no sucedió tal cosa, y tras unos segundos de incertidumbre, prosiguió conforme a lo que tenía planeado. Llevaba sujeto el estuche, como si la menor vibración en el andar pudiera dañarlo, tal era su diligencia, y lentamente lo metió en el ataúd, junto al cuerpo impecable de su hermana, apoyado sobre su abdomen. Quiso abrirlo, para comprobar, esta vez sí, que el violín estaba realmente donde él creía que estaba. Pero, cuando ya había abierto los dos cierres de la funda, se detuvo. Estaba a tan sólo un gesto de desvelar lo que tantas y tantas veces se había estado preguntando, y lentamente... volvió a dejar los cierres como estaban. "No quebraré esa magia", se susurró a sí mismo. Acto seguido, se adentró en la vivienda por uno de los corredores, perdiéndose en la oscuridad. Súbitamente, Isis apareció detrás de él. Sin que hubiera una explicación racional para ello, la etérea figura de la pequeña ya no le asustaba. Sólo la pequeña minina fue testigo de lo que el vampiro hizo en las demás habitaciones de la casa, pero cuando volvieron al salón por donde habían salido, él llevaba una pequeña flor blanca en la mano. Imposible era saber, cuánto tiempo llevaba allí la flor, o de dónde la había sacado, pero parecía recién cortada de un frondoso jardín. Era un jazmín, la flor preferida de su hermana, y el joven se la puso en el pelo con delicadeza, contrastando con el negro cabello de ella, y haciendo un hermoso conjunto con el vestido, color perla, con el que había sido enterrada, y que permanecía también intacto e impoluto. Se despidió del occiso de su hermana con un beso en la frente, y cerró la tapa.

...

Faltaba ya poco tiempo para el amanecer, pero al joven vampiro parecía no importarle en absoluto. Tal y como él mismo había presentido, no sería capaz de esperar todo un día más, para completar aquello por lo que había existido, aquellas últimas noches. Aunque el trayecto había sido largo, y no había podido desplazarse con la celeridad deseada con un ataúd a cuestas, al fin había llegado. Un último recuerdo asomó a su mente, al volver, con su hermana, a aquel claro en el bosque, donde solían parar a merendar. Pero no había tiempo para recuerdos, no si quería cumplir su cometido y volver a tiempo a la segura oscuridad de la vivienda. Cavó rápidamente un hoyo en la tierra, más blanda y fértil que la del jardín. Mas, aunque el tiempo apremiaba, se tomó el tiempo preciso en el pequeño y solitario funeral, en honor a su amada hermana, tantísimos años después. Eran todos sus gestos, todos sus susurros, perfectamente medidos y cuidados; la ocasión lo merecía: estaba dando a su hermana, esa digna sepultura que mereció, esa digna sepultura que jamás recibió. Con la última palada después de haberla enterrado, y tras disimular la tumba con forraje, se sintió visiblemente aliviado. Allí parado, a los pies de la tumba que descansaba, un par de metros bajo tierra, cerró los ojos una vez más. No vió a nadie, no sintió ninguna presencia allí, más que él mismo. No obstante, tras unos segundos, un imperceptible susurro, veladamente difuminado con el leve silbar del viento, llegó hasta sus oídos. "Gracias, hermano".

El vampiro abrió los ojos, satisfecho. Miró al cielo, esperando esa eterna señal que le indicara si le quedaba tiempo suficiente como para volver a la vivienda. La luna, aunque ya baja, aún le concedería tiempo para éso y para más. Dio el joven la espalda al lugar donde había inhumado el cadáver de su hermana, y, sin moverse de allí, sonrió al cielo. "No, esta vez no". Se sentó allí mismo, junto al cuerpo de la persona a la que, sin duda alguna, más había querido en todo su existir. Se hizo un ovillo, aun sin dejar de mirar al cielo... y se dejó sorprender por las primeras luces del alba.

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domingo, 1 de febrero de 2009

Deseo concedido

7 voces se alzaron.

Entre la fina lluvia primaveral que caía aquella noche, los árboles agradecían con escaso cobijo aquella inesperada visita. Aunque la temperatura era agradable, el aire era siempre hosco en aquel lugar. Muchas eran las historias que, durante décadas, se habían divulgado sobre el inmenso parque, y el viento y la madre tierra habían terminado por adueñarse de él, ante el evidente abandono al que los hombres lo habían condenado.

Hablaban esas historias, de misteriosas apariciones. Una de las más populares, que contaban los más ancianos del lugar, trataba de las apariciones de una extraña criatura que merodeaba por la zona. Se decía que siempre aparecía cuando la niebla estaba más baja, que nunca se dejaba ver con claridad, y que, las pocas personas que habían contemplado al animal, habían llevado la desgracia a sus familias y allegados poco tiempo después. Hablaban también esas historias, de personas que se habían internado en la parte más arbolada del parque, y jamás habían vuelto a ser vistas con vida. Algunos afirmaban incluso haber visto deambular entre los árboles, a las fantasmagóricas figuras de quienes se hubieron internado en el parque, a veces, incluso quince años atrás. Decían haberlos visto exactamente igual que el día que desaparecieron, como si en aquel lugar el tiempo y el espacio cobrasen una nueva dimensión. Algunos consideraban que aquellas no eran más que absurdas historietas que los abuelos contaban a sus nietos para asustarles; y algunos de ellos, pasaban a protagonizar otra de aquellas historias, al internarse imprudentemente en el parque con el fin de demostrar que allí no ocurría nada extraño. Por todo ello, tan sólo los más valientes, o los más necios, se atrevían a pensar siquiera en entrar en el parque.

Mas, aquella lluviosa noche, los árboles habían recibido una nueva visita, y el enfurecido viento soplaba con más fuerza de lo habitual, pues en nada le gustaba la presencia humana en aquel lugar. Las frágiles ramas de los cercis, los árboles de Judea, luchaban por no quebrarse ante la insistente fuerza del aire, a la par que intentaban dar un poco de cobijo a su nueva visitante. Era ella una preciosa joven de veintipocos años, quizás incluso menos. Tenía unos profundos ojos negros, capaces de hipnotizar a hombre y bestia por igual. Tal era su encanto. Sus largos cabellos negros bailaban al son del viento, burlándose de su furia con alegría, sin importarles en absoluto el saber que, de seguir así, no tardarían mucho en acabar enredados entre sí. La delgada y no muy alta figura de la mujer se deslizaba delicadamente por entre ramas caídas, raíces prominentes, musgo y orquídeas. Poco quedaba ya de los empedrados caminos que antaño recorrían el parque de lado a lado. No eran ya más que desperdigadas piedras aquí y allá, desterradas de su lugar por el tiempo y el incontrolable crecimiento de algunos de aquellos árboles que, dejados de la mano de los hombres, creaban un bello y salvaje emplazamiento, en medio de la gris e intoxicada civilización de la ciudad. Mas la joven de desenvolvía entre todos ellos con inusitada gracia. Allá donde cualquier otro hombre o animal habría tenido serios problemas para avanzar, ella lo hacía con una soltura y una facilidad inigualables, y sus desnudos pies parecían a menudo avanzar sin siquiera tocar la hierba, sino delizarse apenas unos milímetros por encima de ella. Tan sólo llevaba un hermoso vestido negro, que acompañaba los movimientos del cuerpo al que vestían con igual gracia y elegancia, a pesar de estar empapado en agua. Ni la lluvia ni las plantas ni flores dejaban en él mancha o color alguno, no más que leves caricias que la joven disfrutaba como si las sintiera en su propia piel. Caminaba sin prisa, pero con decisión, conservando cada sensación; la hierba mojada bajo sus pies; la fina lluvia en su rostro; el enfurecido viento, rendido a los bailes y juegos de su cabello; las caricias con las que recibía la compañía de cada árbol, recorriendo, con suma delicadeza, cada surco de los troncos a los que se acercaba, con las yemas de los dedos. Bajo uno de aquellos cercis, cogió con cuidado una de sus curiosas flores de forma acorazonada, y se la puso en el pelo. Aún en la oscuridad de la noche, la rosácea flor lucía maravillosa en el pelo de la chica. Mas el viento no quiso que alguien que no pertenecía a aquel lugar, recogiese nada de él, y con un simple arrebato, le robó la flor del pelo. Con un rápido mas delicado gesto, ella consiguió atrapar al vuelo su pequeño tesoro. Se la acercó al pecho, abrió el puño con el que la había atrapado, y sin prestar demasiada atención a lo que hacía la colocó en su vestido. Una curiosa flor negra, apenas vagamente rosada en el extremo de cada pétalo, lucía ahora en el pecho de su vestido.

Sin darse cuenta, o tal vez sin querer darse cuenta, la joven se internaba cada vez más en el parque. La vegetación se hacía cada vez más densa, más fascinante para ella, y la niebla comenzaba ya a cerrarse a su alrededor. No tardó mucho la joven en verse envuelta en una maravillosa coreografía aérea, de centenares de mariposas nocturnas, de finas alas blanquecinas. Sin hacer más esfuerzo que dejar que su mano sintiese las pocas gotas de lluvia que atravesaban la espesa copa de los árboles de aquel lugar, una de esas mariposas fue a posarse en su mano, y la joven cerró el puño a su alrededor, con cuidado de atraparla sin hacerle el menor daño. De pronto, una voz detrás de ella la sobresaltó, y sin querer abrió la mano. Cuando se dio la vuelta para ver quién le hablaba, una bellísima mariposa de alas azules y negras reemprendió el vuelo, liberada ya de su breve cautiverio. De entre la niebla surgió de nuevo la misma voz, una voz serena, y no era en realidad mucho más que un susurro

-Tal vez podríais ayudarme a comprender qué mueve a una princesa de la noche a profanar cuan hermoso lugar, joven. -la voz del inesperado asaltante sonaba tranquila y conciliadora, perfectamente cortés, como si no quisiera causar en ella el menor temor a pesar de la brusquedad de su aparición. Y, tal vez, lo consiguió, pues la joven respondió sin vacilar un instante, y sin un ápice de temor en su voz.

-Tal vez podríais ayudarme a comprender qué mueve a un príncipe de la luna a interrumpir cuan hermoso paseo. Podéis descubriros, no os tengo miedo. Sois aquel al que los ancianos y los crédulos llaman Portador de la Desgracia, ¿verdad? -aunque se había girado en la dirección de la que provenía la voz, seguía sin ver a nadie entre la niebla.

-Tal vez, mas no sois vos una anciana. ¿Sois, pues, una mente crédula e inocente?

-¡No juguéis conmigo! -la joven respondió con una sonrisa al juego de aquella voz, que nuevamente la había sorprendido a sus espaldas, en dirección justamente contraria a donde había aparecido por vez primera - Ni anciana, ni crédula. Tan sólo, tan inocente como pueda la luna ser inocente de los conjuros de la noche. Creo que sabéis bien a qué me refiero.

Las blanquecinas mariposas comenzaron a revolotear nerviosamente alrededor de la chica, que sin embargo no perdió ni una gota de su calma y elegancia. Formaban improvisados dibujos en el aire entre torbellinos de energía y color, y un tenue haz de luz reflejada de la luna fue a colarse por entre el espeso ramaje para bendecir aquel baile con un brillo sobrenatural. Finalmente, aquella coreografía formó una amplia espiral alrededor de la joven que, maravillada ante aquella visión, se quedó sin saber qué hacer o decir. Súbitamente, la blanquecina cortina que la envolvía desapareció sin más, como si nunca hubiera ocurrido tal cosa, y frente a ella apareció la figura de un hombre joven en apariencia, aunque la escasa luz no la dejó ver bien su rostro, cuanto menos aún sus ropas. Poco más que un rostro blanquecino se distinguía entre la noche, pues de la vestimenta del extraño no se veían más que fugaces destellos cuando atravesaba el haz de luz de luna que, fugitivo de las copas de los árboles, se posaba en él. Suavemente, estiró el brazo en dirección a la joven, con los dedos extendidos. Algo pasó rozando el negro pelo de la mujer, y no fue hasta que se posó en la palma de la mano de aquella misteriosa figura, que ella pudo ver de qué se trataba.

-No pareceis asustada -le dijo el hombre.

Ante los ojos de ambos, la hechizada mariposa de alas azules y negras parecía retorcerse de dolor en la mano que lo sostenía, para luego crecer y mutar grotescamente hasta adoptar una forma completamente diferente a la original. Horrorizada, ella apartó la vista. No soportaba ver sufrir a ningún ser vivo, ya fuera un árbol, un hombre o una simple mariposa. Sin embargo, trató de sobreponerse al horror que había encogido su corazón, y volvió la vista hacia la mano de su misterioso acompañante. Ahora, una bella rosa descansaba en la palma de la mano; una rosa de un intenso color azul, y el tallo y las hojas de color negro. Aliviada, se llevó la mano al pecho, justo sobre la flor negra con forma de corazón, que antes había sido rosácea.

-Aún no me habeis respondido... - el joven parecía ahora impaciente. Su irrupción en el paseo de la joven respondía a un propósito muy bien definido, no solía tener contacto con los seres humanos, y ella no era desde luego una humana como las demás.

-¿Por qué habría de tener miedo? Prefiero la compañía de la noche y la naturaleza a la del día y las personas. Poseen esa magia y ese encanto que la humanidad perdió antes siquiera de empezar a conocer. Ya lo he dicho, no os temo.

La joven notó en su mano el palpitar de su corazón, tomó consciencia de su respiración, y se relajó. "Lo siento, no quería ser descortés", pensó. Mas no tuvo tiempo de decirlo.

-Habláis de la humanidad en tercera persona... ¿qué queréis decir? -En la mirada de él había un brillo que escondía una gran astucia, pero no quiso preocupar a la joven, mucho menos inquietarla e incomodarla.

-Nada en realidad... a veces... a veces desearía no formar parte de la raza humana. A veces desearía no tener que soportar las condenas que desde el principio de los tiempos la humanidad se forjó.

-¿Os referís a los sentimientos? ¿Sentimientos... como amor y amistad?

-Me refiero a la ignorancia, la envidia, la avaricia, el odio... a veces desearía no ser humana.

-Mas no lo sois. He visto lo que hicísteis con la flor de cercis, y con la mariposa. -ahora el joven estaba encauzando la conversación justo en la dirección en la que él quería, y procuraba sonar más místico y sobrenatural de lo que a ella le parecía.

-Tal vez haya aprendido a ver la vida de otro modo. Tal vez haya aprendido a comprender parte de los secretos que la noche y el silencio nos ocultan, y que los humanos ignoran. Tal vez sólo por éso no os tengo miedo. Mas, no por ello son mi mente y mi corazón menos humanos que los de ellos.

La joven bajó la mirada hasta el suelo, hasta que sus ojos se toparon con sus pies desnudos que, allí parados, estaban empezando a sentir algo más que la hierba fresca. Poco a poco, el frío se estaba apoderando de ella. Su mirada era ahora triste, ya no reflejaba la alegría que la había llevado a adentrarse tanto en el parque. La extraña figura surgida de la niebla, apenas visible entre la oscuridad, percibió ese brote de tristeza en ella. Tal vez conmovido, o tal vez sólo aprovechando la oportunidad que las circunstancias le habían otorgado, acercó a sus labios la rosa que aún tenía en la mano extendida, la besó, y se la ofreció a la preciosa joven.

-Y ahora... ¿ahora, qué desearíais? -le dijo, mientras ella cogía la rosa con la mano que no tenía en el pecho. Ambos esbozaron una leve sonrisa al mismo tiempo. La chica bajó de nuevo la mirada, esta vez para observar la rosa. "Ahora desearía no ser humana", pensó. Mas no dijo nada.

Un fugaz pinchazo en el dedo la hizo despertar de aquel pensamiento. Se había pinchado con una espina de la rosa e, involuntariamente, la dejó caer. Antes de que la rosa tocase el suelo, se descompuso en el aire, dando vida a un centenar de hermosas mariposas, de alas azules y negras. Las mariposas remontaron el vuelo al unísono, formando una breve cortina entre los dos. La joven comenzó a asustarse entonces. Notó que le faltaba el aire, como si no pudiera respirar. Intentaba tragar aire, intentaba respirar hondo, pero no podía. Sentía que se asfixiaba, y se estaba poniendo nerviosa por momentos. Se llevó al pecho la mano que no tenía ya allí, al tiempo que una solitaria gota de su sangre brotaba de la herida para precipitarse al vacío. Frente a ella, las mariposas seguían revoloteando, y en un instante comprendió, que su acompañante ya no estaba allí. Pensó que la había hechizado. La había engañado, y ahora la estaba matando. Con ambas manos en el pecho, notó que su corazón latía cada vez con menos fuerza y con menos frecuencia. ¡Se estaba muriendo! Cerró los ojos con fuerza, e intentó concentrarse en el latir de su corazón. Era inútil. Intentó mantener viva su respiración, hacerse de nuevo consciente de ella. Mas todo esfuerzo era estéril. Aún con los ojos cerrados, sintió cómo la pequeña jauría de mariposas revoloteaba ahora junto a ella, regalándole una suave caricia en la cara. No fue consciente siquiera del momento en que todo terminó. Simplemente su respiración murió, simplemente su corazón decidió guardar silencio por toda la eternidad. Cayó súbitamente de espaldas, amortiguada la caída por la hierba, que crecía densa en aquella parte del parque.

No supo cuánto tiempo estuvo allí en aquella situación. Realmente se creyó morir. Mas, en realidad, nunca dejó de sentir el viento, ni el frescor de la hierba, ni sus propios movimientos. Tan sólo dejó de sentirlos cuando, creyéndose morir, dejó de hacer todo esfuerzo por moverse.

Una caricia y una voz la invitaron a abrir los ojos. "Despertad. Despertad, no podeis morir ahora, pues no deseasteis morir." La joven abrió lentamente los ojos, y vio encima de ella, muy cerca, el rostro de su misterioso acompañante. El cielo parecía ahora más claro, todo parecía ahora mucho más vivo. La joven podía sentir el viento y la hierba de un modo en que nunca antes los había sentido. Lejos de la muerte, sentía estar más viva que nunca. Aún tenía las manos en el pecho. Intentó concentrarse en el palpitar de su corazón, mas su corazón no palpitaba ya; intentó tomar consciencia de su respiración, mas sólo pudo ser consciente de que ya no respiraba. El rostro que se mantenía a tan sólo unos centímetros del suyo, le dedicó una amplia sonrisa, y después se deshizo en una miríada de aquellas nocturnas mariposas, azules y negras, del mismo modo en que lo había hecho la rosa poco antes. La joven se incorporó donde estaba, apoyando ambas manos en la hierba. El aire, que súbitamente había guardado sus hostilidades para otra ocasión, regaló a los oídos de la joven un breve susurro.

"Deseo concedido"

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