viernes, 6 de marzo de 2009

El valor de un 1

6 voces se alzaron.

Erase una vez (detesto con todas mis ganas esta forma de empezar los cuentos), una rifa en una feria, que se celebraba cuando uno mens lo podía esperar. Daba igual que nevase, tronase o hiciese sol, cuando menos se podía imaginar que iba a llegar la feria, ésta llegaba. Había en ella multitud de números, del 0 al 9, que deseaban participar en la rifa, cuyo premio podía ser muy variado: ser o no ser, querer o no querer, vivir o morir... era la Rifa de la Vida, y cualquier cosa era posible. Para poder presentarse al sorteo, había una serie de reglas, a saber:

-Los números podían participar solos o por parejas, pero nunca en grupos de 3 ó más.
-Si participaban por parejas, podían elegir quién era el mayor y quién el menos, por ejemplo, un 7 y un 2 podían participar como 27, o hacerlo como 72.
-Ningún número solitario ni ninguna pareja podía estar repetida, de modo que no hubiera varios 43, por ejemplo.
-Si estaba en una pareja, el número 0 no podía ser el mayor, tenía que ir siempre detrás de su compañero.
-Y, aunque pareciera injusto, el 0 no podía participar si estaba solo, y la pareja 00 tampoco podía participar, ya que ningún 0 podía ser el primer número de su pareja.

Todo parecía ir bien en aquella rifa, pero lo cierto era que había un par de problemillas. El primero, era que los 2 estaban siempre acostumbrados a participar en parejas. No hacía falta que fuesen siempre 22, podía ser un 2 con cualquier otro número, pero siempre iban en parejas, de modo que estaban todos los números que podían participar, excepto el simple y solitario 2. El otro problema era algo más difícil de solucionar, pues querían participar más 1 de los que lo podían hacer, y ninguno quería quedarse fuera. Y es aquí, en este pequeño gran problema, donde comienza la verdadera historia.

Había, entre esos 1, uno que se sentía muy orgulloso de ser 1, y, a pesar de que en la Rifa de la Vida siempre tenían más posibilidades de ganar los números más altos, él quería probar suerte tal y como era, como un simple 1.

Había otros dos 1, que ni podían participar juntos, ya que la pareja 11 ya se había inscrito en la rifa, ni podían ir solos, porque el 1 orgulloso se les había adelantado. El primero de estos 1, deprimido por las pocas posibilidades que tenía de ganar, se acurrucó en una esquina, solo, sin esperanzas. Cuando llegó la gran y esperada rifa, ni siquiera se acordaron de él: allí acurrucado, el 1 entristecido se había convertido en un 0.

El otro 1, el que quedaba, no se entristeció por sus escasas posibilidades. En lugar de ello, se alegraría si lograba participar siquiera en la rifa. Era mucho más animado y alegre, viviendo cada instante como si fuese el último, y su felicidad se reflejaba en sus actos. Poco antes de la gran rifa, presa de su propia emoción, le dio por hacer el pino. Pero, con sus pequeños bracitos y su cabeza picuda, se quedó torpemente inclinado hacia delante, y hubo de inclinar en el aire su cuerpecillo, hacia atrás, para no caerse y hacerse daño. Y así, cuando comenzó la Rifa de la Vida, aquel alegre y jovial 1 se había convertido en un orgulloso 2, para sorpresa de todos y envidia de aquel orgulloso 1."

Lo reconozco, es una historieta totalmente absurda, improvisada y nada elaborada, pero quería escribir algo al respecto. ¿Por qué? Por todas esas ocasiones en las que la vida nos juega una mala pasada, y pone en nuestra contra todo lo que nos puede ir mal, y más. Cuando tenemos, ¡éso!, sólo un 1% de probabilidad de que las cosas salgan según nuestros intereses, o simplemente de que no se nos complique la vida. ¿Qué es un 1%? ¿Todo? ¿Nada? Un 1%, puede hundirnos en la mayor depresión, especialmente si lo que está en juego es especialmente importante. Podemos pensar que ya no hay salvación, que estamos condenados al fracaso... y lo cierto es que, en tal caso, lo estaremos. Mientras quede un 1, ¡un 0'1!, por ciento de probabilidades de que algo nos salga bien, significa que aún puede salirnos bien, ¿no? ¿por qué aferrarnos a la idea de que 1 es 0, como ese 1 solitario y deprimido, acurrucado en un rincón mientras se compadece de sí mismo y llora su mala fortuna. ¡Sal ahí afuera y vive! Y el mismo ánimo que pede convertir un 1 en un 0, puede convertir, ese mismo 1, en un 2, o incluso un 3.

Y tal vez, sólo tal vez, cuando llegue la Gran Rifa, estés en ese 1, o 2, o 3, cuando lo ideal sería estar en el 99, o 98, o 97 restante. Y sabrás que has vivido cada momento como si fuera el último, que no has desperdiciado un sólo momento, y que, si acaso aún se puede seguir adelante después de la Gran Rifa, éso te dará fuerzas para seguir luchando. pero si eres ese 0, ese número solitario que, por su negatividad, quedó fuera de la rifa... entonces será mucho más difícil que pueda salir adelante.

Y tal vez, sólo tal vez, cuando llegue la Gran Rifa, estés en ese 1, o 2, o 3, cuando lo ideal sería estar, ¡en ese 1, o ese 2, o ese 3! Y entonces habrás obrado un pequeño milagro, de esos que sólo con espíritu positivo se pueden lograr. Y ese 0, consciente de que podría haberse salvado, no ya negando su ánimo y tratando de ser alegre, sino simplemente siemdo un 1 orgulloso y resuelto a luchar hasta el final... ¿qué le queda a ese 0?

No lo digo por decir... lo digo porque ese ánimo, ese maldito 0, ya me robó en una ocasión, el corazón al que más quise. Y ni siquiera se rifaba el salir o no de una enfermedad, pues en esos casos... en esos caso el ánimo puede convertir ese 1, no en un 2 o un 3, sino en un 8, un 9, o tal vez incluso más. Tal es el poder de la mente humana sobre el cuerpo que gobierna. Sólo es una reflexión que se me ha venido a la cabeza... ¿cuál es el valor del 1?

Esta entrada va dedicada a todas esas personas que se encuentran en una situación delicada, especialmente a causa de la enfermedad. Pero, de un modo muy especial, va dedicada a Sandra, a quien no conozco en absoluto y de cuya existencia ni siquiera sabía hasta hace sólo unas horas, pero a quien envío todo mi ánimo desde aquí. Quédatelo, soy un viejo alquimista y sé fabricar más si lo necesitara ;)

6 voces se alzaron.:

sábado, 28 de febrero de 2009

Vampirismo invertido

3 voces se alzaron.

Cual fantasma, cual espectro más antinatural que sobrenatural, cual sueño que se desvanece para no volver jamás, mas dejando tras de sí un rastro que, a veces, no nos abandona jamás. Surgir de entre las tinieblas, o tal vez ser parte de ellas, su maestro y mentor, y su discípulo y lacayo. Una aparición... un acechante oscuro y siniestro que observa siempre cada movimiento a su alrededor, en busca de un objetivo. Mas, en lugar de atacar desde las sombras, escudándose en la oscuridad que le crió, y que él crió, lucha por abrirse un hueco en la mente de los mortales. Busca su confianza, busca su amistad, o ese estúpido sentimiento al que los mortales llaman amistad. ¿Y para qué? Podría sorber hasta la última gota de ese delicioso fluido que les da la vida, pero no, no actúa así. Un vampiro de esta especie no roba la vida a sus víctimas; roba... la muerte. No absorbe cada gota que les da vida, sino cada sentimiento, cada pensamiento, cada emoción, que poco a poco los mata. Se puede arrebatar la vida, mas... ¿cómo se le puede arrebatar la muerte a un ser mortal? ¿Y qué hacen los inmortales con la muerte que roban? Tal vez, se alimentan de pena y dolor, pues pena y dolor es lo que recibieron en vida; tal vez, simplemente roben a los mortales aquello que ellos mismos jamás podrían poseer... la bendita, tal cual maldita, mortalidad. Y después... nada. Nunca han existido, jamás aparecieron en sus vidad, en ningún momento se ha sabido de ellos, o si algo se ha sabido, todo se perdió. Sólo una sensación de vacío inunda unos pulmones y un corazón, antes consumidos por el dolor.

No más dolor, no existe.
No más confianza, no existe.
No más sufrimiento, no existe.
No mas amistad, no existe.
No más pena, no existe.
No más comprensión, no existe.
No más lástima, no existe.
No más vampiros... ¿no más vampiros?

...

"Sólo te dolerá un momento. Mañana todo habrá acabado. Cuando despiertes... todo habrá terminado."

3 voces se alzaron.:

sábado, 21 de febrero de 2009

Reflexión en 12"

4 voces se alzaron.

El conocimiento es poder; el poder corrompe al ser humano; el conocimiento, pues, corrompe al ser humano.

Ignora y sé feliz.

Si no son 12 segundos, lo siento :P


4 voces se alzaron.:

viernes, 13 de febrero de 2009

Reinos de Soledad

4 voces se alzaron.

Ante todo, gracias a todos los que habéis leído mi anterior relato, y gracias también por vuestros comentarios. Aunque a algunos ya os he contestado algo, lo hago ahora de forma general, si me permitís.

Yumi (siempre la primera en leer y casi siempre la última en dar tu opinión ^,,^), sabes más de lo que crees o dices saber. No obstante, si no he desvelado antes qué hay de mí en ese relato, no lo voy a hacer ahora. El cuadro ha evolucionado mucho desde la última vez que me visitaste, parece ser, pues no me he inventado nada en ésto (bueno, éso si no tenemos en cuenta que el autor del cuadro también soy yo xDD) Me alegra que te guste, y que comprendas ciertas cosas. Sobre que las cosas estén vivas... ¿no es ésa la esencia de hacer magia sólo con palabras? De magia no sé mucho, pero de hacer cosas inimaginables estoy curtido, ¿no? ;)

Nuria (Melodía), lo que me dijeras o no, me da igual. Sabes que no te puedo guardar rencor ni negarte el perdón, pues éso son "privilegios" que sólo merece cierto individuo. Puedes hablar de lo que quieras. Si los libros que obligan a leer en el instituto fueran mis obras, crecería la tasa de analfabetismo, whahahahaha.

Princesa Usagi, en primer lugar, ya bastante me lo pensé antes de compartirlo como para encima dudar después. Que se dijera algo que, tal vez, pudiera hacerme daño, era un riesgo que ya había asumido al publicar ésto ^,,^ Aunque lo cierto es que sólo pensé en mí. Si me hubiera dado cuenta de que podría hacerte recordar cosas que no querías recordar, no lo habría publicado. Sabía que este relato te iba a tocar muy de cerca, pero ni siquiera pensé en ello, lo siento U,,U . Sobre lo que haya por descubrir en mí... según Yumi, es más fácil descubrirlo en mis relatos que esperar a que yo suelte algo en mis conversaciones :P

Dream (no te cortes, que el contador de comentarios soporta los números de dos cifras, jajaja) Sabes que si me dejas describir mis relatos, siempre digo "chapuceros"... ¿te vale que escriba más cosas chapuceras como ésta, y me das la Matrícula de Honor? ;) Pues estás de suerte, por lo que diré cuando os haya contestado a todos xD

Naia, me gustas más cuando no intentas ser tan objetiva ^,,^ Gracias por pasarte por aquí (confieso que tenía mis dudas). Si contamos que el 13 obre 10 no vale, y que tus notas siempre están infladísimas, me corresponde un 5'52 ^^ . Si a éso lo llamas ser dura, cuando me muera quiero que mi parcelita en el Averno la diseñes tú, whahahahaha. No sé si Anne Rice pecó de vagancia, pero yo sí y mucho, así que, si hay influencia, por supuesto que será vaga. Gracias por la comparativa, pero prefiero pensar que lo que escribo es cosa mía.

Patty, ¡¡eché de menos tu comentario!! ^,,^ Como ya te he dicho en La Guadaña, prefiero dejar en el aire lo que hay de mí en este relato (a fin de cuentas, saberlo sería conocerme demasiado, y parte del encanto que le encuentras a ésto es que pertenece a un completo desconocido, ¿no? hehehe) Dices que mis personajes están vivos... dos vampiros y un espíritu... ¿cuál está más vivo de todos? hahaha (y no vale decir que Isis!) Descuida, que seguiré escribiendo.

Y a éso iba el verdadero sentido de esta entrada (qué me gusta haceros leer para llegar a la cuestión, whahahahaha). Es posible que, a partir de ahora, este blog se vea un poquito descuidado, aunque intentaré que no sea así. No es una desaparición (creedme, si fuera una desaparición os habría salido un mensaje de error al intentar llegar al blog, sin avisar siquiera), sino un proyecto. La inmensa mayoría de mis escritos, el 99%, son improvisaciones que nunca me tomo en serio (El Murmullo de la Sangre entra dentro de ese 99%, aunque haya terminado con más de 500 páginas), y lo único que me gustó mínimamente fue aquella sucesión de cuentos encadenados que la mayoría de vosotros no conoció -"A la luz de las hadas", "Noches de invierno", "Inexistencia" y "El último crepúsculo" (ése del que Yumi jamás me perdonará lo que hice xDD)-. Ahora quiero hacer algo de verdad, tomarme algo en serio, algo que, tal vez, sí que merezca estar algún día en alguna librería (cosa que dudo). Pero, como quizás alguno ya sepa, es muy difícil, por no decir imposible, que nadie acceda a editarme algo que ya ha sido publicado por otro medio, físico o informático. Llegado el momento, si acaso quisiera optar a que me lo editen, tendría que borrar casi todo el blog, todas las entradas que tengan que ver con este nuevo proyecto. Por éso, en vez de compartirlo con vosotros aquí, lo haré en un nuevo blog, ÉSTE. Así, llegado el momento, me bastará con hacer invisible el blog una vez que quiera enviarlo a alguna editora (algunos sabéis lo invisibles que pueden llegar a ser mis blogs, por la sencilla razón de que éste no será el segundo blog activo en este momento, ¡sino el tercero! xDD). No tendré que borrar nada, no se perderá nada, y vosotros podréis acceder igualmente al blog si conocéis la URL exacta ^^. Así que (a partir de que actualice allá), os espero a quienes queráis en ese nuevo blog (en el que no habrá entradas tan absurdas como ésta, os lo prometo)

4 voces se alzaron.:

sábado, 7 de febrero de 2009

El murmullo del silencio

9 voces se alzaron.
[Hay en este relato, mucho más de mí mismo que tan sólo unos momentos de inspiración, y también mucho más valioso. Como podréis deducir, no se trata de una improvisación como la mayoría de mis escritos, sino que he procurado -para variar- elaborarlo un poco más. Aunque comencé a escribirlo pensando en compartirlo con vosotros, más de una vez he dudado de ello. Por ello os pediré que, antes de nada, valoréis la magnitud de este relato, pues no es algo que pueda ni deba leerse en veinte segundos. Y, sólo si os encontráis con el tiempo, y sobretodo las ganas, de leerlo, lo hagáis. Espero que, a los que lo leáis, os guste; y a los que sabéis de cuánto hay de mí en estas líneas, sepáis comprenderme]

Unos profundos ojos negros observaban la belleza de la escena desde el otro lado del cristal. Una mano, apoyada sobre el desgastado vidrio de la ventana, ansiaba poder sentir el peso de cada gota de la fría lluvia que caía con ira y violencia. Deseaba poder acariciar la niebla, gozar de su etérea suavidad, tal cual aquellos ojos gozaban de su mística traslucidez. Mas no podía ser, sabía bien que no podría sentir la lluvia y la niebla desde ese lado de la ventana, y sus largos dedos recorrían inconscientemente la fría superficie del cristal. Buscaban, tal vez, sentir lo único que del exterior podían sentir. Buscaban, tal vez, las leves vibraciones del vidrio, al suicidarse, la gotas de lluvia, arrojándose contra él. Cuánta vida, cuánta belleza en cada gota de agua, condenadas a un trágico final por una fuerza infinita e invisible. Los labios de aquel rostro se movieron vagamente, sin apenas llegar a separarse. "Hermosamente triste", simularon decir. Pero no salió de ellos ni el más leve sonido, temerosos de quebrar el embrujo de aquel mágico silencio, al que el repiqueteo del cristal parecía, más que interrumpir, acompañar. Realmente deseaba estar allí afuera, entre la lluvia y la niebla. Pero, a pesar de la oscuridad reinante, aún no había caído la noche en el exterior, y el clima era en aquel lugar especialmente caprichoso y traicionero. Si las nubes levantaban el asedio con el que al astro rey atormentaban, mejor sería que él no estuviera ahí fuera. Cruel condena, separado del deseo por apenas la fragilidad de un vidrio... y la inexorable autoridad del tiempo. Y contentarse con observar desde el otro lado del cristal, sin saber si su deseo seguirá aún allí cuando el tiempo se haya al fin marchado. En los días como aquel, maldecía su infausta existencia, maldecía aquello en lo que se había convertido, y maldecía, sobre todas las cosas, todo cuanto había vivido, todo cuanto le había llevado a ser lo que ahora era. "Muriendo mi propia vida, intentando vivir mi propia muerte", solía decir... cuánta razón, aún sin él saberlo, había en aquellas palabras.

Recostado sobre aquel viejo y destartalado diván negro, continuaba observando el paisaje exterior a través de la ventana, saboreando cada detalle, cada matiz de la amplia gama de grises que todo lo inundaba. Contempló con detenimiento el único árbol que aún crecía sano en aquel jardín invadido por las malas hierbas. Él mismo lo había plantado allí, muchísimos años atrás, como un pequeño símbolo a la vida. Por debajo de sus raíces, una caja de madera torpe y apresuradamente elaborada contenía los restos mortales de su hermana menor, cruelmente asesinada cuando era aún una niña. Él sabía que sus restos estaban allí, aunque las numerosas parcelas, alrededor del árbol, en las que la tierra había sido evidentemente removida hacía poco, desvelaban que, en tantas otras ocasiones, había tratado de encontrarlos, infructuosamente. "Mereció una sepultura más digna", pensó. Cerró los ojos, y recordó, una vez más, aquella fatídica mañana de sábado en la que todo ocurrió.

'Ella era aún una niña de apenas doce años de edad. Había sido siempre una chica muy alegre y divertida, y solía hacer enfadar a los mayores con facilidad, con un descarado desdén por las normas. No destacaba precisamente por su inteligencia, y ni siquiera era una niña espabilada. Pero, aún a su corta edad, tenía un indiscutible talento para la música y la pintura. Adoraba pintar, y siempre trataba de replicar cualquier dibujo que viera y le gustara. A menudo pasaba horas delante del ordenador, buscando únicamente algún dibujo interesante que pudiera imitar. Pero su verdadera pasión era la música. Le encantaba tocar la flauta en la escuela, y además era insuperable entre sus compañeros de clase, y además ya apuntaba maneras con un pequeño violín que le había regalado su hermano por su último cumpleaños. Aquella mañana, puesto que era sábado y no tenía que ir a la escuela, decidió aprovechar para practicar un poco con el violín. Como cada sábado, su madre y el mayor de sus hermanos habían salido temprano para hacer unas compras, llevándose con ellos al pequeño Sergio, que contaba entonces siete años. Su otro hermano, también mayor que ella, había hecho de su dormitorio un pequeño santuario, del que jamás se le veía salir, y en el que sólo a su hermana, a quien quería más que a su propia vida, le permitía entrar. De manera que, en cierto modo, padre e hija se quedaban a solas. Pero algo era diferente en el ambiente aquella mañana. El padre de la pequeña, si bien nunca había sido un ejemplo de alegría o buen ánimo, estaba resultando especialmente arisco y desagradable, y no hacía más que protestar por el ruido que, en su opinión, era lo que la niña hacía con el instrumento. Pero ella no cesaba. Ensimismada en su aprendizaje, y encerrada en su cuarto, ni siquiera escuchaba las continuas quejas y groserías de su padre desde la otra habitación. Hasta que, harto, irrumpió violentamente en el dormitorio de ella. La niña se asustó sobremanera al ver aparecer a su padre tan enfurecido con ella, pues no comprendía los motivos; y él tampoco supo comprender que, concentrada en su música y con la puerta cerrada, difícilmente podría ella haberle escuchado. Entró gritándole constantemente que se callara, le arrebató el violón con brusquedad y agresividad, y la golpeó. Confusa y asustada, la pequeña comenzó a chillar y a llorar. Y cuanto más chillaba y lloraba ella, más la golpeaba él, gritándole una y otra vez que se callara. La cogió fuertemente por la cara, haciéndole daño en la boca, y luego la sujetó contra su propio cuerpo e intentó taparle la boca con la mano. Pero la niña, ya histérica y aterrorizada, forcejeaba con su padre intentando liberarse de su incomprensible agresividad. De modo que el varón cogió un colorido cojín que descansaba sobre la cama de su hija, impecablemente hecha, y lo utilizó para taparle la boca con todas sus fuerzas, sin que ella se zafara de él. Sólo cuando la pequeña dejó de forcejear y chillar, pensando su padre que ya se habría relajado, o se habría dado cuenta de que no podía pelear contra él, la soltó. Entonces, como si de un simple muñeco inanimado se tratase, el cuerpecito indefenso de la niña se desplomó contra el suelo, inerte, sin una gota ya de vida. Él, alertado por los angustiosos gritos de su amada hermana, había salido corriendo de la imperturbable soledad de su dormitorio para ver qué ocurría, y llegó a la puerta de la habitación justo a tiempo para ver caer el cuerpo sin vida de su hermana, y a su padre allí, con el vistoso cojín aún en la mano... El horror paralizó todo su cuerpo.'

Con esa misma sensación, con todo su cuerpo paralizado por el dolor de aquel recuerdo, recobró la noción de la realidad en la que existía. Abrió lentamente los ojos, buscando nuevamente aquel retorcido árbol, allá en el exterior. Aquel árbol con el que quiso crear la vida, allá donde su padre había ocultado una muerte. Sin embargo, en lugar de ese árbol, solamente vio un rostro, que le observaba fijamente desde el cristal. No se sobresaltó en absoluto, pues, en el fondo, ya lo esperaba. Mientras él rememoraba el triste episodio de la muerte de su hermana, en el exterior el sol se había rendido al asedio de las nubes, y había abdicado en favor de la luna, que lucía ahora esplendorosa en un cielo estrellado y libre de nubes, si bien la persistente niebla aún la ocultaba. El frío se había apoderado de todo allí afuera, y la diferencia de temperatura con el interior de la vieja casa había teñido de vapor de agua el vidrio. Era él mismo, o su propia visión reflejada en la ventana, la que le observaba desde el cristal. Tenía el rostro alargado, acentuado por la negra perilla que copaba su barbilla, y era de tez clara, probablemente debido a que su fina piel hacía ya tiempo que no sentía la luz y el calor del sol. Tenía el cabello negro y liso, y visiblemente descuidado. Entre pequeños enredos y algo de suciedad, le caía revoltoso, apenas unos centímetros, sobre los hombros, mientras que, en la parte posterior, el cabello le caía, más largo y fuerte, sobre la espalda. Apenas debía de sobrepasar la veintena de años, mas las vagamente definidas ojeras que se dibujaban bajo sus ojos le daban aspecto de tener más edad. Eran esos ojos de un profundo color negro, y brillaban cuales dos centellas en el cielo nocturno. Aunque de un modo a duras penas perceptible incluso para el más observador, uno de sus ojos era algo más pequeño que el otro, y esa ínfima asimetría facial, que él mismo sí era capaz de observar, le recordaba que él mismo, también había sido humano una vez. Su nariz, sin ser menuda, no era tampoco grande, y no presentaba ninguna forma que pudiera hacerla, ni tan siquiera, distintiva. Y sus labios, pálidos y cortados, rara vez dejaban escapar sonido alguno.

Lentamente, como si meditara con detenimiento cada gesto antes de efectuarlo, apartó la mirada del cristal y se levantó del desgastado diván, dejando que sus pies descalzos tocasen el frío suelo de madera. Caminó despacio, fijándose cuidadosamente en el desastre en el que había convertido el salón. Presidían el centro de la habitación, una inmensa alfombra, a la que el polvo y la oscuridad había robado hasta la última gota de su pasado esplendor, y, sobre ella, un magnífico clavicordio aguardaba, perfectamente conservado en contraposición con la alfombra, que las manos que antes lo acariciaban volvieran a hacerlo. Apoyado encima del instrumento, descansaba el artículo más valioso de la sala, o, al menos, el que mayor valor poseía para el joven. Dentro de un sencillo y elegante estuche, un pequeño violín añoraba los días en que aquellas menudas y hábiles manos bendecían su sonido con la magia que habita en el corazón de cada niña. Aquel ser se detuvo completamente cuando sus ojos se posaron en aquel estuche, absolutamente perdido en ninguna parte concreta de su pensamiento. Sin que él lo percibiese, una pequeña forma oscura, una hermosa gata negra, irrumpió en la sala desde uno de los corredores. Parecía nerviosa, como si huyera de algo. Corrió hacia el centro de la sala y, de un salto, se colocó sobre el clavicordio arrancándole una desgarradora nota que sacó al hombre, si es que aquello tenía aún algo de hombre, de su absurda ensoñación. "Isis". Aunque apenas había sido poco más que un susurro, el sepulcral silencio que inundaba el salón intensificó su grave voz. Él mismo se percató de que su llamada, más había parecido un reproche hacia el animal, de modo que, mirando al atento félido, agachó la cabeza en signo de disculpa. Permaneció varios segundos en esa postura, como si realmente esperase que la minina aceptase sus disculpas. Y ésta debió de entender, pues rauda s apeó del clavicordio, emitió un breve maullido, y prosiguió su camino, momento en el que el joven irguió su cabeza de nuevo. El vínculo existente entre el vampiro y el felino iba mucho más allá de lo que la mayoría de los mortales podría comprender. En algunas culturas ancestrales, como la egipcia, los gatos eran los guardianes del inframundo, y, obviamente, allí era a donde él pertenecía. Sabía muy bien que la actitud nerviosa de Isis era el preámbulo de una nueva visita, una noche más. Una súbita corriente de aire frío, surgida de las profundidades de los corredores, recorrió cada rincón de la amplia habitación, dispersando aún más los ya de por sí revueltos papeles que se encontraban esparcidos por toda la sala, y bruscamente acabó con la vida de docenas de danzarinas llamas que, alegremente, cada una en su vela, interpretaban una caótica e improvisada danza. Ninguna utilidad tenían en realidad para el vampiro, pues era su visión en la oscuridad más aguda que lo que cualquier criatura mortal podría ver incluso a plena luz; pero la tenue luz de las velas convertía aquel lugar en poco menos que acogedor. La inmortal criatura cerró los ojos para sentir, hasta casi palpar, la ahora total oscuridad. Más, aun a oscuras y con los ojos cerrados, vio con claridad a una figura blanquecina entrando en la sala por la misma puerta por la que había aparecido antes la gata. Desde la distancia resultaba difícil decir qué era exactamente aquella presencia, pues su forma y su figura, perfectamente definidas en unos instantes, era poco más que un pálido torbellino blanquecino en otros. Cuando más perfecta era su forma, tenía la apariencia de una niña, de tez increíblemente pálida. A duras penas llegaba a medir un metro y medio de estatura, si bien el aura de luz que irradiaba la hacía parecer, a veces más alta, a veces más baja. Parecía llevar un camisón blanco, ajado y desastroso, con pequeñas manchas, aquí y allá, de lo que parecía ser sangre seca. Lo único que en aquella escalofriante aparición no era de perlada palidez, era el cabello de la niña, tan negro, liso y cuidado, que sólo el fantasmagórico resplandor que toda ella emitía, permitía distinguirlo de la simple y cruda oscuridad. Sin abrir los ojos, la vio caminar por encima de los repartidos papeles. Parecía no pisar siquiera el suelo bajo sus descalzos piecitos, sino deslizarse suavemente sobre él, aunque, cuando su figura era bien definida, la veía claramente dar pequeños pasos. Avanzó silenciosamente hasta un rincón, donde un gran cuadro, aún sobre el caballete en el que presumiblemente había sido pintado, escondía sus vergüenzas con una sucia sábana blanca. La niña retiró la tela con delicadeza, y permaneció unos instantes observando el lienzo. Se veía a sí misma, llorando amargamente, con un arco en una mano y un violín en la otra. Su rostro reflejaba verdadero terror. Tras ella, una figura de mayor tamaño, vagamente humana, parecía estar constituida por pura oscuridad. Uno de los desproporcionados brazos de la criatura abrazaba a la pequeña por la cintura; el otro, terminado en una horrible garra negra, más grande que todo el cuerpo de la niña, trataba en vano de espantar a una miríada de pequeños y molestos demonios que intentaban hacer daño y asustar a la pequeña.

Se apartó la niña de aquel lienzo, y empezó a recorrer cada palmo de la habitación. Había esparcidos por todas partes docenas de folios con diverso contenido. Había pequeños relatos, y también alguna obra larga, que el joven había escrito hacía tiempo; había multitud de dibujos que su hermana había elaborado cuando aún estaba con vida, algunos de los cuales eran pequeñas obras de arte sobre el papel; y había también un sinfín de partituras, algunas de las cuales incluso habían nacido como fruto del amor entre el vampiro y el clavicordio, gestadas por horas y horas de anodina eternidad. La espectral figura de la infanta caminaba de lado a lado de la habitación, se agachaba junto a uno de aquellos papeles y, cuando parecía que iba a cogerlo y revisar su contenido, permanecía quieta unos segundos, se incorporaba de nuevo, dejando allí la hoja, y reemprendía sus idas y venidas en busca de alguna otra partitura. Finalmente, tras no pocos viajes de aquí para allá, recogió de una de las esquinas de la alfombra una de las hojas y, lentamente, se dirigió hacia el centro de la sala presidido por el clavicordio. El joven señor de la noche abrió entonces los ojos, y dirigió su mirada hacia allí... mas nada podía ver, eternamente condenados a permanecer allí inmóviles. Buscó en el rincón de la sala, aquel gran lienzo, ahora desnudo e indefenso ante inquisitivas miradas. Pero sus ojos toparon con aquella mugrienta sábana cubriendo el óleo cual fiel custodio, a pesar de que él mismo había visto cómo aquella lívida figura etérea retiraba la sábana y la dejaba caer en el suelo. Suavemente, como una nota apenas perceptible que, lentamente, ganaba en tono e intensidad, una dulce y armoniosa melodía iba inundando progresivamente toda la estancia. Se trataba del sonido de un violín, y el oscuro ser se giró hacia el clavicordio tan pronto sus sensibles oídos percibieron la música. Allí, sobre el aparatoso instrumento, descansaba, como siempre, el estuche del pequeño violín que había pertenecido a su hermana cuando aún vivía. Sólo un profundo temor a quebrar aquel frágil velo de magia, le ayudó, una luna más, a superar la tentación de abrirlo y comprobar si, tal como sospechaba, el violín aún gozaba del cobijo y la confortabilidad del interior. "¿Estás ahí?" Quiso haber susurrado, pero de nuevo el silencio y las reverberaciones de aquel lugar amplificaron su voz. Se concentró tanto como pudo en el silencio reinante, haciendo oídos sordos incluso a la melodía del violín, en búsqueda de una respuesta afirmativa. Mas, en los segundos que permaneció así, ninguna respuesta obtuvo. Instantes después, un susurro, casi imperceptible incluso para sus agudizados sentidos, e incluso a pesar del silencio y de la acústica del salón, le respondió con una preciosa y dulce voz femenina. "Sí, hermano".

No pudo aquella criatura de la noche evitar que una leve sonrisa se dibujara en su rostro. Murmuró unas palabras incomprensibles, y se encaminó, con su paso siempre lento y elegante, hacia una inmensa mesa de cedro que había en un lateral. Sobre ella, cubierta con otra sábana casi más polvorienta que la que escondía el óleo, parecía haber una caja de considerable tamaño. Retiró la tela con un rápido gesto, levantando una polvareda y haciendo caer la sábana, hecha un ovillo como si le hubiera asustado la brusquedad del vampiro, varios metros detrás de él. Frente a él, tan pronto se dispersó la polvareda que había levantado, apareció el fruto de todos sus esfuerzos de las últimas noches. La razón de que ya no escribiera más de aquellos maravillosamente tristes relatos, el motivo por el que hacía varias noches que el clavicordio suspiraba por unas manos que acariciasen sus teclas, el causante de la horrible sensación de vacío que mermaba las fuerzas del vampiro, pues no se alimentaba desde hacía ya varios ciclos lunares, estaba allí. Un impecablemente elaborado ataúd blanco, con magistrales relieves y adornos en oro, esperaba apenas unos últimos retoques para estar finalmente acabado. El joven llevaba noches enteras trabajando en él, preparando con el mayor de los esmeros aquel presente para su fallecida hermana, aquel reflejo de la digna sepultura que jamás recibió y que ahora le estaba preparando, con sumo cuidado, su hermano que tanto la quiso. Ahora no le faltaba más que terminar de colocar el acolchado interior, tan blanco y pulcro como el propio ataúd, y atornillar la tapa. Se volvió fugazmente hacia la ventana, hacia aquel viejo y retorcido árbol junto al que se encontraban los restos mortales de su hermana. Por un instante, la dulce melodía del violín cesó, aunque el vampiro no lo percibió. Estaba demasiado ocupado culpándose a sí mismo por no haber encontrado aún su cadáver. Cerró los ojos intentando reprimir una inexistente lágrima, y allí, con los ojos nuevamente cerrados, pudo ver de nuevo a aquella aparición, ahora junto a él, a apenas un paso. "No te preocupes", le dijo de nuevo aquel hermoso susurro infantil, antes de callar para reemprender su melodía.

Intentó el hombre, o lo que quedaba de hombre en aquel cuerpo inmortal, vaciar su mente de esos pensamientos y centrarse en su labor, y en poco tiempo ya se encontraba totalmente volcado en preparar los últimos detalles del ataúd para su hermana. Aquella misma noche debía de estar todo terminado, para sí poder centrarse después en encontrar aquella tosca caja de madera enterrada. Al igual que cada noche, elaboraba cada pieza él mismo, en la más absoluta oscuridad; y, al igual que cada noche, las melodías provenientes de aquel pequeño violín eran toda su compañía. De vez en cuando, cuando encontraba algún problema en sus quehaceres y necesitaba pensar en una solución, cerraba los ojos. Y entonces podía ver claramente cómo el espíritu intranquilo de su hermana rasgaba dulces notas de un traslúcido violín. Entonces el espectro siempre le preguntaba "¿Te gusta, hermano?", y él siempre le respondía con una sonrisa. Más, aquella noche, su trabajo estaba prácticamente acabado, y cuando quiso darse cuenta lo había terminado por completo, antes de que se le pudiera presentar problema alguno. Sin vacilar un instante, recogió la sábana del suelo y cubrió de nuevo el ataúd para que no cogiera polvo, y raudo se dirigió hacia aquel patio infestado de malas hierbas. Tan pronto cerró la puerta y echó una rápida mirada al anciano árbol, todo su ánimo y determinación se esfumaron. Tantas veces había buscado la improvisada tumba de su hermana, y tantas veces había fallado, que en ocasiones dudaba incluso de que pudiera llegar a encontrarla algún día. Buscó en el cielo alguna señal que le indicara cuánto tiempo restaba para que el sol recuperase su trono, allá arriba en el cielo. Y, aunque aún faltaban varias horas para el amanecer, maldijo una vez más su existencia vampírica, consciente de que, de no serlo, podría seguir buscando pasado el alba. Con la mirada perdida en algún punto indeterminado de la bóveda celeste, volvió a perder la noción de la realidad, en un nuevo recuerdo.

'Fue poco después del triste acontecimiento, poco después de que el núcleo familiar, si es que aquella familia había tenido alguna vez un núcleo sólido, empezara a desmoronarse. Era una noche especialmente fría, y él había decidido pasarla paseando plácidamente por el pequeño bosque, a las afueras de la ciudad. Tanto a él como a su hermana les encantaba la naturaleza, y a menudo habían ido allí a pasar la tarde. Mas, ahora que ella ya no estaba, él prefería las noches para desplazarse hasta allí, y rememorar aquellos momentos que pasó con su querida hermana en aquel lugar. Así podía asegurarse de que nadie le molestaría. Sin embargo, aquella noche no estaba completamente a solas en medio de la vegetación. Algo, o alguien, le estaba observando. Acostumbrado como estaba el joven, a la más absoluta soledad, podía percibir en el ambiente, que no estaba sólo, de modo que agudizó tanto como pudo la vista y el oído... y la desubrió. Era una mujer joven, más joven que él, la que desde la oscuridad y la vegetación más densa, llevaba ya largo rato acechándole. Era de mediana estatura, con un largo cabello pelirrojo que a la luz de la luna parecía cobrizo, y su semblante era realmente hermoso. Tan sorprendida estaba ella de haber sido descubierta, como él de haberla descubierto, de modo que la joven quiso acercarse a él y entablar una amistosa conversación, para relajarse después del pequeño susto. En ningún momento pensó el varón, que lo que ella estaba haciendo era parecer afable para que él bajase la guardia... Lo siguiente que podía recordar, era que, cuando despertó, la luna vestía distinta, como si hubieran pasado varias noches desde la última vez que contempló una luna. Seguía aún en el bosque, y ella seguía a su lado. Pasaron toda la noche charlando; ella, lamentándose y disculpándose por lo que le había hecho, y explicándole su verdadera naturaleza, su existencia vampírica; él, intentando asimilar todo lo que ella le contaba sin llegar a desmayarse. Por alguna extraña razón, a pesar de que la joven le había utilizado para saciar su sed, no había sido capaz de acabar con su vida, y ahora él también compartía su misma maldición. Ella le enseñó, de uno u otro modo, cómo podía sobrevivir como vampiro, pero lo cierto es que ella no era mucho más experimentada que él. Probablemente, esa fue la razón por la que no había sido capaz de acabar con él: aún quedaba una porción de humanidad en ella, que le impedía convertirse en una vil asesina. Rápidamente, surgió entre ellos algo más que una incomprensible amistad. Surgió un romance.'

El vampiro despertó súbitamente de sus memorias. De nada valía ahora recordar aquello, y menos allí afuera, al aire libre. Ella no había conseguido adaptarse a su nueva forma de vida, pues, al contrario que él, al que ya no le importaban en absoluto los despojos de loq eu una vez fue su familia, ella pretendía llevar una vida, o más bien una existencia, lo más humana posible. No soportó la presión a la que se veía sometida casi incesantemente, y, una noche en la que paseaba sola por entre los árboles, sencillamente decidió dejarse sorprender por el alba. De modo que nada le quedaba ya al joven, de todo aquello. Tan sólo unos breves recuerdos, y una eterna maldición. Observó la criatura de la noche, que, mientras rememoraba su conversión en vampiro y su romance con aquella hermosa vampiresa, había perdido buena parte de su valioso tiempo aquella noche. Enfadado consigo mismo, arremetió bruscamente contra el viejo árbol, que se mantenía a duras penas erguido frente a él. Con un movimiento indescriptiblemente veloz, recorrió los metros que le separaban del sólido vegetal, y le golpeó con la palma de la mano abierta, con una fuerza extraordinaria. Para su asombro, aquel viejo tronco cedió hasta casi troncharse, y finalmente cayó hacia atrás levantando gran cantidad de tierra tras de sí. El vampiro ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, y rápidamente se dio de bruces contra la madera del árbol caído. Aquel era un movimiento que el joven había empleado muchas veces en sus cacerías, pues solía utilizarlo cada vez que la sed, la cercanía de las primeras luces del alba, o la mera imprudencia, le situaban a la vista de su presa. A muchos hombres había derribado así, sin que tuvieran tiempo de saber apenas qué había ocurrido, mas no imaginó el vampiro que pudiera derribar un árbol. Lo cierto era, que en aquel lugar la tierra era extraordinariamente dura, y las raíces del árbol apenas habían sido capaces de internarse en ella. Lentamente, si bien no dolorido, se incorporó la criatura de su aparatosa caída, y observó el resultado de lo que su instante de rabia había provocado. El no muy profundo agujero que las raíces del árbol habían dejado en la tierra, era para él una buena oportunidad para buscar el cuerpo de su hermana, justo debajo de donde había estado el árbol. "Debí haber hecho ésto hace mucho tiempo", pensó, repentinamente consciente de que, décadas atrás, había plantado lo que entonces sólo era un arbusto, no junto a la tumba de su cosanguínea, sino justamente sobre ella. Con la, hasta entonces desconocida sensación de que aquella noche sí que podía encontrar aquel cadáver, se dirigió velozmente a buscar la pala, que descansaba apoyada contra la pared, al lado de la puerta de la vivienda, y se dispuso a cavar. Le preocupaba que el amanecer le sorprendiera aún en el jardín, pero sabía que, de llegar el momento de refugiarse en el interior, no sería capaz de reprimir su deseo de encontrar el cuerpo de su hermana. No ahora que lo sentía tan cerca.

No tuvo que excavar durante mucho tiempo, hasta que la pala chocó contra algo más duro que la tierra. Sintió emoción, una emoción cuya existencia había ya olvidado hacía mucho tiempo, y casi pudo sentir cómo su corazón palpitaba de nuevo, aceleradamente, aunque sabía que éso era del todo imposible. No pudo evitar que el nerviosismo acabara con todo rastro de la elegancia con la que normalmente se movía, y totalmente fuera de sí, desenterró la totalidad de la caja de madera. Aún sin abrirla, sabía que lo había encontrado. En el ambiente, una melodía animada se iba haciendo cada vez más patente. Era el espíritu de su hermana, que, desde el interior de la habitación, había percibido la alegría de su hermano, y ahora interpretaba con su fantasmagórico violín, un allegretto. El joven vampiro sonrió. Aquella melodía resultaba preciosa, pero conocía perfectamente cada partitura, cada nota de las que caóticamente se encontraban dispersas por todo el salón. Sabía bien que, entre ellas, no había ningún allegretto; su hermana estaba improvisando. Se apresuró a sacar de allí la caja, y se dirigió hacia el interior de la vieja casa para destapar su contenido junto al inquieto, mas ahora alegre, espíritu de su hermana. A pesar de cuantas cosas extrañas había visto y vivido, empezando por su propia existencia vampírica y las nocturnas visitas de las que la gata Isis era siempre primera anfitriona, nada podía haberle preparado para aquel momento. Después de tantos años, se había hecho a la idea de que los restos mortales de su hermana serían poco más que un montón de huesos difícilmente identificables. Pero, al abrir la tapa de la caja de madera, lo que encontró fue muy distinto. El cuerpo de su hermana había permanecido durante todos aquellos años, tal cual había sido enterrado. Ni una sola mancha, ni un solo indicio de descomposición, ni una sola señal de que el tiempo hubiera tenido soberanía alguna entre aquellas seis maderas mal claveteadas. El asombrado vampiro la observó, y acarició el rostro del cadáver. Más parecía una pequeña bella durmiente, que un cuerpo sin vida.

El joven se asomó a la ventana, buscando una nueva señal que le indicara cuánto tiempo faltaba para la salida del sol. Aún tenía más de una hora de oscuridad. Descubrió de nuevo el precioso ataúd que él había elaborado para ella, esta vez con cuidado para no levantar polvo, y retiró las herramientas y trozos de material que, con las prisas, había dejado antes junto a su obra de artesanía. Con suma delicadeza, recogió el menudo cuerpo de la niña de la tosca caja, y con el mismo cuidado lo depositó en la finamente tallada caja blanca. Con precisión y elegancia en sus movimientos, una medida precisión y elegancia que incluso hacía parecer pesados sus andares habituales, se dirigió hacia el clavicordio. Por un instante dudó de lo que iba a hacer, pues temía interrumpir al ánima de su hermana en su allegretto, que le resultaba realmente cautivador. Jamás en su vida, ni tampoco después de ésta, había escuchado una melodía similar. Con precaución, sin estar totalmente seguro de poder hacerlo, cogió el sencillo y elegante estuche del violín. Se detuvo unos instantes, tal vez temiendo y esperando que la música cesara en aquella habitación. Mas no sucedió tal cosa, y tras unos segundos de incertidumbre, prosiguió conforme a lo que tenía planeado. Llevaba sujeto el estuche, como si la menor vibración en el andar pudiera dañarlo, tal era su diligencia, y lentamente lo metió en el ataúd, junto al cuerpo impecable de su hermana, apoyado sobre su abdomen. Quiso abrirlo, para comprobar, esta vez sí, que el violín estaba realmente donde él creía que estaba. Pero, cuando ya había abierto los dos cierres de la funda, se detuvo. Estaba a tan sólo un gesto de desvelar lo que tantas y tantas veces se había estado preguntando, y lentamente... volvió a dejar los cierres como estaban. "No quebraré esa magia", se susurró a sí mismo. Acto seguido, se adentró en la vivienda por uno de los corredores, perdiéndose en la oscuridad. Súbitamente, Isis apareció detrás de él. Sin que hubiera una explicación racional para ello, la etérea figura de la pequeña ya no le asustaba. Sólo la pequeña minina fue testigo de lo que el vampiro hizo en las demás habitaciones de la casa, pero cuando volvieron al salón por donde habían salido, él llevaba una pequeña flor blanca en la mano. Imposible era saber, cuánto tiempo llevaba allí la flor, o de dónde la había sacado, pero parecía recién cortada de un frondoso jardín. Era un jazmín, la flor preferida de su hermana, y el joven se la puso en el pelo con delicadeza, contrastando con el negro cabello de ella, y haciendo un hermoso conjunto con el vestido, color perla, con el que había sido enterrada, y que permanecía también intacto e impoluto. Se despidió del occiso de su hermana con un beso en la frente, y cerró la tapa.

...

Faltaba ya poco tiempo para el amanecer, pero al joven vampiro parecía no importarle en absoluto. Tal y como él mismo había presentido, no sería capaz de esperar todo un día más, para completar aquello por lo que había existido, aquellas últimas noches. Aunque el trayecto había sido largo, y no había podido desplazarse con la celeridad deseada con un ataúd a cuestas, al fin había llegado. Un último recuerdo asomó a su mente, al volver, con su hermana, a aquel claro en el bosque, donde solían parar a merendar. Pero no había tiempo para recuerdos, no si quería cumplir su cometido y volver a tiempo a la segura oscuridad de la vivienda. Cavó rápidamente un hoyo en la tierra, más blanda y fértil que la del jardín. Mas, aunque el tiempo apremiaba, se tomó el tiempo preciso en el pequeño y solitario funeral, en honor a su amada hermana, tantísimos años después. Eran todos sus gestos, todos sus susurros, perfectamente medidos y cuidados; la ocasión lo merecía: estaba dando a su hermana, esa digna sepultura que mereció, esa digna sepultura que jamás recibió. Con la última palada después de haberla enterrado, y tras disimular la tumba con forraje, se sintió visiblemente aliviado. Allí parado, a los pies de la tumba que descansaba, un par de metros bajo tierra, cerró los ojos una vez más. No vió a nadie, no sintió ninguna presencia allí, más que él mismo. No obstante, tras unos segundos, un imperceptible susurro, veladamente difuminado con el leve silbar del viento, llegó hasta sus oídos. "Gracias, hermano".

El vampiro abrió los ojos, satisfecho. Miró al cielo, esperando esa eterna señal que le indicara si le quedaba tiempo suficiente como para volver a la vivienda. La luna, aunque ya baja, aún le concedería tiempo para éso y para más. Dio el joven la espalda al lugar donde había inhumado el cadáver de su hermana, y, sin moverse de allí, sonrió al cielo. "No, esta vez no". Se sentó allí mismo, junto al cuerpo de la persona a la que, sin duda alguna, más había querido en todo su existir. Se hizo un ovillo, aun sin dejar de mirar al cielo... y se dejó sorprender por las primeras luces del alba.

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domingo, 1 de febrero de 2009

Deseo concedido

7 voces se alzaron.

Entre la fina lluvia primaveral que caía aquella noche, los árboles agradecían con escaso cobijo aquella inesperada visita. Aunque la temperatura era agradable, el aire era siempre hosco en aquel lugar. Muchas eran las historias que, durante décadas, se habían divulgado sobre el inmenso parque, y el viento y la madre tierra habían terminado por adueñarse de él, ante el evidente abandono al que los hombres lo habían condenado.

Hablaban esas historias, de misteriosas apariciones. Una de las más populares, que contaban los más ancianos del lugar, trataba de las apariciones de una extraña criatura que merodeaba por la zona. Se decía que siempre aparecía cuando la niebla estaba más baja, que nunca se dejaba ver con claridad, y que, las pocas personas que habían contemplado al animal, habían llevado la desgracia a sus familias y allegados poco tiempo después. Hablaban también esas historias, de personas que se habían internado en la parte más arbolada del parque, y jamás habían vuelto a ser vistas con vida. Algunos afirmaban incluso haber visto deambular entre los árboles, a las fantasmagóricas figuras de quienes se hubieron internado en el parque, a veces, incluso quince años atrás. Decían haberlos visto exactamente igual que el día que desaparecieron, como si en aquel lugar el tiempo y el espacio cobrasen una nueva dimensión. Algunos consideraban que aquellas no eran más que absurdas historietas que los abuelos contaban a sus nietos para asustarles; y algunos de ellos, pasaban a protagonizar otra de aquellas historias, al internarse imprudentemente en el parque con el fin de demostrar que allí no ocurría nada extraño. Por todo ello, tan sólo los más valientes, o los más necios, se atrevían a pensar siquiera en entrar en el parque.

Mas, aquella lluviosa noche, los árboles habían recibido una nueva visita, y el enfurecido viento soplaba con más fuerza de lo habitual, pues en nada le gustaba la presencia humana en aquel lugar. Las frágiles ramas de los cercis, los árboles de Judea, luchaban por no quebrarse ante la insistente fuerza del aire, a la par que intentaban dar un poco de cobijo a su nueva visitante. Era ella una preciosa joven de veintipocos años, quizás incluso menos. Tenía unos profundos ojos negros, capaces de hipnotizar a hombre y bestia por igual. Tal era su encanto. Sus largos cabellos negros bailaban al son del viento, burlándose de su furia con alegría, sin importarles en absoluto el saber que, de seguir así, no tardarían mucho en acabar enredados entre sí. La delgada y no muy alta figura de la mujer se deslizaba delicadamente por entre ramas caídas, raíces prominentes, musgo y orquídeas. Poco quedaba ya de los empedrados caminos que antaño recorrían el parque de lado a lado. No eran ya más que desperdigadas piedras aquí y allá, desterradas de su lugar por el tiempo y el incontrolable crecimiento de algunos de aquellos árboles que, dejados de la mano de los hombres, creaban un bello y salvaje emplazamiento, en medio de la gris e intoxicada civilización de la ciudad. Mas la joven de desenvolvía entre todos ellos con inusitada gracia. Allá donde cualquier otro hombre o animal habría tenido serios problemas para avanzar, ella lo hacía con una soltura y una facilidad inigualables, y sus desnudos pies parecían a menudo avanzar sin siquiera tocar la hierba, sino delizarse apenas unos milímetros por encima de ella. Tan sólo llevaba un hermoso vestido negro, que acompañaba los movimientos del cuerpo al que vestían con igual gracia y elegancia, a pesar de estar empapado en agua. Ni la lluvia ni las plantas ni flores dejaban en él mancha o color alguno, no más que leves caricias que la joven disfrutaba como si las sintiera en su propia piel. Caminaba sin prisa, pero con decisión, conservando cada sensación; la hierba mojada bajo sus pies; la fina lluvia en su rostro; el enfurecido viento, rendido a los bailes y juegos de su cabello; las caricias con las que recibía la compañía de cada árbol, recorriendo, con suma delicadeza, cada surco de los troncos a los que se acercaba, con las yemas de los dedos. Bajo uno de aquellos cercis, cogió con cuidado una de sus curiosas flores de forma acorazonada, y se la puso en el pelo. Aún en la oscuridad de la noche, la rosácea flor lucía maravillosa en el pelo de la chica. Mas el viento no quiso que alguien que no pertenecía a aquel lugar, recogiese nada de él, y con un simple arrebato, le robó la flor del pelo. Con un rápido mas delicado gesto, ella consiguió atrapar al vuelo su pequeño tesoro. Se la acercó al pecho, abrió el puño con el que la había atrapado, y sin prestar demasiada atención a lo que hacía la colocó en su vestido. Una curiosa flor negra, apenas vagamente rosada en el extremo de cada pétalo, lucía ahora en el pecho de su vestido.

Sin darse cuenta, o tal vez sin querer darse cuenta, la joven se internaba cada vez más en el parque. La vegetación se hacía cada vez más densa, más fascinante para ella, y la niebla comenzaba ya a cerrarse a su alrededor. No tardó mucho la joven en verse envuelta en una maravillosa coreografía aérea, de centenares de mariposas nocturnas, de finas alas blanquecinas. Sin hacer más esfuerzo que dejar que su mano sintiese las pocas gotas de lluvia que atravesaban la espesa copa de los árboles de aquel lugar, una de esas mariposas fue a posarse en su mano, y la joven cerró el puño a su alrededor, con cuidado de atraparla sin hacerle el menor daño. De pronto, una voz detrás de ella la sobresaltó, y sin querer abrió la mano. Cuando se dio la vuelta para ver quién le hablaba, una bellísima mariposa de alas azules y negras reemprendió el vuelo, liberada ya de su breve cautiverio. De entre la niebla surgió de nuevo la misma voz, una voz serena, y no era en realidad mucho más que un susurro

-Tal vez podríais ayudarme a comprender qué mueve a una princesa de la noche a profanar cuan hermoso lugar, joven. -la voz del inesperado asaltante sonaba tranquila y conciliadora, perfectamente cortés, como si no quisiera causar en ella el menor temor a pesar de la brusquedad de su aparición. Y, tal vez, lo consiguió, pues la joven respondió sin vacilar un instante, y sin un ápice de temor en su voz.

-Tal vez podríais ayudarme a comprender qué mueve a un príncipe de la luna a interrumpir cuan hermoso paseo. Podéis descubriros, no os tengo miedo. Sois aquel al que los ancianos y los crédulos llaman Portador de la Desgracia, ¿verdad? -aunque se había girado en la dirección de la que provenía la voz, seguía sin ver a nadie entre la niebla.

-Tal vez, mas no sois vos una anciana. ¿Sois, pues, una mente crédula e inocente?

-¡No juguéis conmigo! -la joven respondió con una sonrisa al juego de aquella voz, que nuevamente la había sorprendido a sus espaldas, en dirección justamente contraria a donde había aparecido por vez primera - Ni anciana, ni crédula. Tan sólo, tan inocente como pueda la luna ser inocente de los conjuros de la noche. Creo que sabéis bien a qué me refiero.

Las blanquecinas mariposas comenzaron a revolotear nerviosamente alrededor de la chica, que sin embargo no perdió ni una gota de su calma y elegancia. Formaban improvisados dibujos en el aire entre torbellinos de energía y color, y un tenue haz de luz reflejada de la luna fue a colarse por entre el espeso ramaje para bendecir aquel baile con un brillo sobrenatural. Finalmente, aquella coreografía formó una amplia espiral alrededor de la joven que, maravillada ante aquella visión, se quedó sin saber qué hacer o decir. Súbitamente, la blanquecina cortina que la envolvía desapareció sin más, como si nunca hubiera ocurrido tal cosa, y frente a ella apareció la figura de un hombre joven en apariencia, aunque la escasa luz no la dejó ver bien su rostro, cuanto menos aún sus ropas. Poco más que un rostro blanquecino se distinguía entre la noche, pues de la vestimenta del extraño no se veían más que fugaces destellos cuando atravesaba el haz de luz de luna que, fugitivo de las copas de los árboles, se posaba en él. Suavemente, estiró el brazo en dirección a la joven, con los dedos extendidos. Algo pasó rozando el negro pelo de la mujer, y no fue hasta que se posó en la palma de la mano de aquella misteriosa figura, que ella pudo ver de qué se trataba.

-No pareceis asustada -le dijo el hombre.

Ante los ojos de ambos, la hechizada mariposa de alas azules y negras parecía retorcerse de dolor en la mano que lo sostenía, para luego crecer y mutar grotescamente hasta adoptar una forma completamente diferente a la original. Horrorizada, ella apartó la vista. No soportaba ver sufrir a ningún ser vivo, ya fuera un árbol, un hombre o una simple mariposa. Sin embargo, trató de sobreponerse al horror que había encogido su corazón, y volvió la vista hacia la mano de su misterioso acompañante. Ahora, una bella rosa descansaba en la palma de la mano; una rosa de un intenso color azul, y el tallo y las hojas de color negro. Aliviada, se llevó la mano al pecho, justo sobre la flor negra con forma de corazón, que antes había sido rosácea.

-Aún no me habeis respondido... - el joven parecía ahora impaciente. Su irrupción en el paseo de la joven respondía a un propósito muy bien definido, no solía tener contacto con los seres humanos, y ella no era desde luego una humana como las demás.

-¿Por qué habría de tener miedo? Prefiero la compañía de la noche y la naturaleza a la del día y las personas. Poseen esa magia y ese encanto que la humanidad perdió antes siquiera de empezar a conocer. Ya lo he dicho, no os temo.

La joven notó en su mano el palpitar de su corazón, tomó consciencia de su respiración, y se relajó. "Lo siento, no quería ser descortés", pensó. Mas no tuvo tiempo de decirlo.

-Habláis de la humanidad en tercera persona... ¿qué queréis decir? -En la mirada de él había un brillo que escondía una gran astucia, pero no quiso preocupar a la joven, mucho menos inquietarla e incomodarla.

-Nada en realidad... a veces... a veces desearía no formar parte de la raza humana. A veces desearía no tener que soportar las condenas que desde el principio de los tiempos la humanidad se forjó.

-¿Os referís a los sentimientos? ¿Sentimientos... como amor y amistad?

-Me refiero a la ignorancia, la envidia, la avaricia, el odio... a veces desearía no ser humana.

-Mas no lo sois. He visto lo que hicísteis con la flor de cercis, y con la mariposa. -ahora el joven estaba encauzando la conversación justo en la dirección en la que él quería, y procuraba sonar más místico y sobrenatural de lo que a ella le parecía.

-Tal vez haya aprendido a ver la vida de otro modo. Tal vez haya aprendido a comprender parte de los secretos que la noche y el silencio nos ocultan, y que los humanos ignoran. Tal vez sólo por éso no os tengo miedo. Mas, no por ello son mi mente y mi corazón menos humanos que los de ellos.

La joven bajó la mirada hasta el suelo, hasta que sus ojos se toparon con sus pies desnudos que, allí parados, estaban empezando a sentir algo más que la hierba fresca. Poco a poco, el frío se estaba apoderando de ella. Su mirada era ahora triste, ya no reflejaba la alegría que la había llevado a adentrarse tanto en el parque. La extraña figura surgida de la niebla, apenas visible entre la oscuridad, percibió ese brote de tristeza en ella. Tal vez conmovido, o tal vez sólo aprovechando la oportunidad que las circunstancias le habían otorgado, acercó a sus labios la rosa que aún tenía en la mano extendida, la besó, y se la ofreció a la preciosa joven.

-Y ahora... ¿ahora, qué desearíais? -le dijo, mientras ella cogía la rosa con la mano que no tenía en el pecho. Ambos esbozaron una leve sonrisa al mismo tiempo. La chica bajó de nuevo la mirada, esta vez para observar la rosa. "Ahora desearía no ser humana", pensó. Mas no dijo nada.

Un fugaz pinchazo en el dedo la hizo despertar de aquel pensamiento. Se había pinchado con una espina de la rosa e, involuntariamente, la dejó caer. Antes de que la rosa tocase el suelo, se descompuso en el aire, dando vida a un centenar de hermosas mariposas, de alas azules y negras. Las mariposas remontaron el vuelo al unísono, formando una breve cortina entre los dos. La joven comenzó a asustarse entonces. Notó que le faltaba el aire, como si no pudiera respirar. Intentaba tragar aire, intentaba respirar hondo, pero no podía. Sentía que se asfixiaba, y se estaba poniendo nerviosa por momentos. Se llevó al pecho la mano que no tenía ya allí, al tiempo que una solitaria gota de su sangre brotaba de la herida para precipitarse al vacío. Frente a ella, las mariposas seguían revoloteando, y en un instante comprendió, que su acompañante ya no estaba allí. Pensó que la había hechizado. La había engañado, y ahora la estaba matando. Con ambas manos en el pecho, notó que su corazón latía cada vez con menos fuerza y con menos frecuencia. ¡Se estaba muriendo! Cerró los ojos con fuerza, e intentó concentrarse en el latir de su corazón. Era inútil. Intentó mantener viva su respiración, hacerse de nuevo consciente de ella. Mas todo esfuerzo era estéril. Aún con los ojos cerrados, sintió cómo la pequeña jauría de mariposas revoloteaba ahora junto a ella, regalándole una suave caricia en la cara. No fue consciente siquiera del momento en que todo terminó. Simplemente su respiración murió, simplemente su corazón decidió guardar silencio por toda la eternidad. Cayó súbitamente de espaldas, amortiguada la caída por la hierba, que crecía densa en aquella parte del parque.

No supo cuánto tiempo estuvo allí en aquella situación. Realmente se creyó morir. Mas, en realidad, nunca dejó de sentir el viento, ni el frescor de la hierba, ni sus propios movimientos. Tan sólo dejó de sentirlos cuando, creyéndose morir, dejó de hacer todo esfuerzo por moverse.

Una caricia y una voz la invitaron a abrir los ojos. "Despertad. Despertad, no podeis morir ahora, pues no deseasteis morir." La joven abrió lentamente los ojos, y vio encima de ella, muy cerca, el rostro de su misterioso acompañante. El cielo parecía ahora más claro, todo parecía ahora mucho más vivo. La joven podía sentir el viento y la hierba de un modo en que nunca antes los había sentido. Lejos de la muerte, sentía estar más viva que nunca. Aún tenía las manos en el pecho. Intentó concentrarse en el palpitar de su corazón, mas su corazón no palpitaba ya; intentó tomar consciencia de su respiración, mas sólo pudo ser consciente de que ya no respiraba. El rostro que se mantenía a tan sólo unos centímetros del suyo, le dedicó una amplia sonrisa, y después se deshizo en una miríada de aquellas nocturnas mariposas, azules y negras, del mismo modo en que lo había hecho la rosa poco antes. La joven se incorporó donde estaba, apoyando ambas manos en la hierba. El aire, que súbitamente había guardado sus hostilidades para otra ocasión, regaló a los oídos de la joven un breve susurro.

"Deseo concedido"

7 voces se alzaron.:

viernes, 30 de enero de 2009

Al alba

4 voces se alzaron.

Apenas había comenzado a amanecer, pero él ya llevaba allí de pie un largo rato. Tal vez, ni siquiera había dejado de estarlo. Caminaba lentamente, como si tuviera sumo cuidado con lo que sus pies pisaban, como si tuviera miedo de herir lo que había debajo. Sus negros zapatos no se ensuciaban con el mal cuidado cesped, ni con el polvo de la tierra de los pequeños caminos que surgían aquí y allá. Parecía estar disfrutando del murmurar de las hojas de los árboles, al cantar a coro con el viento; el mismo viento que hacía ondear su largo cabello negro al compás de sus espasmódicos movimientos; el mismo viento que... aquella temprana mañana no soplaba en absoluto. Ni la más leve corriente recorría el camposanto, aunque los cabellos de aquella figura ondeaban tal cual soplara con considerable fuerza. Parecía un hombre joven, de poco más de veinte años. Vestía completamente de negro: unos zapatos de piel que parecían no haberse estrenado siquiera, un pantalón largo de pana, una camisa de manga corta con los puños vueltos, y unos largos guantes que, aunque dejaban al aire los largos dedos del chico, le cubrían hasta por debajo del codo. En su conjunto, todo él parecía una mera sombra de nada en absoluto, pues el sol estaba aún demasiado bajo.

Caminaba con una pose y una elegancia sobrenaturales, cuidando cada movimiento como si fuera el último. Su lento caminar entre retorcidos cipreses y aquellas marmóleas prisiones semienterradas era inquebrantable. No muy lejos de allí, aún a aquella temprana hora, una familia daba sagrada sepultura a uno de los suyos, rota de dolor. Pero ni siquiera las lágrimas y el continuo goteo de gente llegando perturbaba la calma de aquel joven. Cada vez que pasaba junto a una lápida, la recorría finamente con las yemas de sus dedos, mas nunca se apoyaba en ellas, ni las miraba fijamente. O bien no sentía la menos curiosidad por saber a quién pertenecían los restos allí enterrados, o bien conocía aquel cementerio mejor que la palma de su propia mano. Lo suficiente como para conocer al dueño de cada lápida sin siquiera mirarlas, tan sólo, quizás, por cuánto había tenido que caminar hasta llegar a ellas. Ni siquiera su mirada, indicaba el camino a seguir por sus pies, pues parecía caminar completamente absorto en sus propios pensamientos, con la mirada perdida en algún punto confuso del suelo.

En su lento caminar, se acercó, tal vez demasiado, a aquel grupo de gente que daba entierro a un familiar. En un principio, ninguno de los presentes se percató de su presencia, de modo que la negra figura se apartó del camino que seguía para apoyarse en el tronco de un ciprés, y observar, ahora sí con detenimiento y atención, aquella escena. No había demasiada gente, apenas lo que él supuso que sería la familia más cercana, reunida en torno a un pequeño ataud blanco. Un niño... Vio lágrimas, muchas lágrimas, y el llanto desconsolado de una madre que había perdido a su pequeño. Abrazos, algunos más por compromiso que por verdadero ánimo de darlos. Y, en medio de aquella atmósfera, una niña que parecía no saber muy bien qué hacía allí. Al joven le pareció extraño ver a aquella niña tan tranquila, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, y centró su atención en ella. Y ella debío de sentirse observada en aquel instante, pues inmediatamente miró hacia el lugar donde estaba él apoyado. Como si hubiera visto algo fuera de lo común en aquel ciprés, se quedó plantada donde estaba, mirando fijamente en dirección a la oscura figura del joven. Él se sorprendió... se suponía que ella no podía sentir su presencia en aquel lugar. Una mujer de avanzada edad se fijó en la niña, y miró hacia donde ella miraba, mas ninguna importancia le dio a un simple ciprés, y volvió a reunirse con los suyos.

La niña tenía el pelo oscuro, y vestía totalmente de negro, seguramente obligada por sus padres. No debía de tener más de trece o catorce años. Lentamente, como si se viese atraída inexorablemente hacia allí, la pequeña se acercó al ciprés donde él estaba apoyado. Pero él se había concentrado en ella hasta tal punto, que ni siquiera se percató de que se estaba acercando directamente hacia él. Tan sólo el sonido de una voz infantil le despertó bruscamente de su concentración. Visiblemente sorprendido, miró hacia el origen de la voz, y vio a la ñiña, a apenas unos pocos pasos de él.

-¿Le conocías? -le preguntó ella. Sin duda alguna, le había visto, y se había extrañado al advertir su presencia allí de pie, observando el entierro desde la distancia.
-Lo haré. No le conocía, pero lo haré.

El joven, aunque no comprendía bien por qué aquella niña podía verle y oírle, no denotó temor o duda alguna al hablar. La niña no comprendió bien sus palabras, pero tampoco le dio especial importancia.

-Si no le conocías, ¿qué haces aquí?
-Éso, en todo caso, debería preguntarlo yo. Yo existo aquí, éste es mi hogar. -el pelo del joven había dejado de ondear súbitamente, y ahora él miraba fijamente hacia el horizonte. La luz del sol pronto se alzaría sobre los muros del camposanto.
-Querrás decir que vives aquí, ¿no? -la pequeña no estaba segura de haber comprendido aquel "existo", pero tampoco a éso le dio mucha importancia, y siguió hablando-. Nadie vive aquí, aquí sólo tienen su hogar los muertos.

La figura de negro se incorporó levemente del tronco del ciprés, y extendió el brazo en un ademán de acariciar el rostro de la niña. Mas se detuvo a apenas unos milímetros de su cara, hizo el gesto de acariciarla sin apenas rozar su piel, y volvió a apoyarse contra el retorcido árbol. Por el gesto de ella, dedujo que, a pesar de que no la había tocado, la niña había sentido igualmente la caricia. El chico sonrió.

-Sólo los muertos encuentran aquí su hogar... -hizo un largo silencio, y luego prosiguió- sí, supongo que éso es cierto.

Súbitamente, una voz interrumpió aquel encuentro. Era la mujer que había mirado hacia allí poco antes, hacia la aún penumbra bajo el ciprés. Llamando a la niña por su nombre -Carla-, se acercó hasta ellos.

-¿Qué haces aquí plantada? ¿Con quién hablas? Tenemos que irnos.

La niña se volvió para ver quién la llamaba, y recibió en respuesta el destello del sol en los ojos, que se erigía ya por encima de los muros del cementerio. Se cubrió la cara con una mano, y al ver a su abuela, la llamó para que se acercara. Quería presentarle a su nuevo "amigo". Mas, cuando se volvió de nuevo hacia él, sólo pudo ver un tronco vacío, vagamente iluminado por un haz de loz matinal. Buscó alrededor del tronco y en los alrededores de la zona, pero no consiguió ver lo que buscaba. Aquella figura se había esfumado.

4 voces se alzaron.:

martes, 27 de enero de 2009

¿Preguntas?

2 voces se alzaron.

No se es menos sabio por hacer más preguntas, o al menos éso creo yo. Es más, sabe menos el que, por creer saberlo todo, no pregunta, que el que, consciente de los lindes de su ignorancia, pregunta. ¿Y a qué viene todo ésto? A nada y a mucho en realidad. A quienes, interesados en algo, no intentan informarse por no parecer incultos; o, más en concreto, a quienes, por miedo a decir algo que pueda hacernos daño, no nos pregunta cómo estamos o cómo nos hemos sentido después de alguna mala noticia en la familia (o allegados, que en algunos casos, como el mío, no tienen por qué coincidir). No es malo preocuparse por no hacer daño a alguien que nos importa, por lo que podamos hacer o decir. Pero tampoco es malo darse cuenta de que, a menudo, esa pregunta es lo que nos hace sentirnos un poco mejor. A veces, alguien va con mucho tiento, y antes de decir nada pregunta: "¿Te puedo preguntar una cosa?" Hmpf, como si uno de antemano supiera lo que le van a preguntar... o como si uno fuera alguien para decidir lo que los demás pueden o no pueden decir :P (aunque en ésto último siempre hay quien se cree que puede hacerlo >.<)

Anoche (bueno, más bien esta mañana, según se mire) alguien me ha dicho: "Oye... ¿te molesta si te pregunto una cosa?" El primer pensamiento fue "ya me has preguntado una cosa, ¿no deberías haber preguntado si me molesta que me preguntes dos?" (dejadlo, paranoias mías de cuando tengo la mente despierta), pero mi respuesta fue: "Tan libre eres para preguntarme como pueda serlo yo para no responderte". Es curioso, porque se fue sin preguntar, cuando a lo que yo me refiero es, a que no pregunte si puede preguntar, ¡simplemente pregunta! Si la pregunta me molesta, ya seré yo el encargado de zanjar el asunto con un silencio, ¿no? En fin...

[Ésto de haber perdido la inspiración es un rollo, pido disculpas por este plomazo de entrada]

2 voces se alzaron.:

domingo, 25 de enero de 2009

Alma de escritora

2 voces se alzaron.

La noche caía ya sobre las cabezas de las pocas personas que caminaban por las calles del pequeño pueblo. No era aún muy tarde, mas el invierno había llegado con gran fuerza y el ambiente era gélido y hostil. No había en las calles más que aquellos que, por razones de trabajo, hubieran de estar allí, bajo el intenso frío y la creciente oscuridad. En el único parque decende que había en el pueblo, ya no quedaban niños jugando. Apenas un par de parejas de jóvenes enamorados daban un lento paseo a la luz de las farolas, pues la luna les negaba aquella noche su bendición. Un hombre de avanzada edad daba rienda suelta a su nostalgia en la soledad de su banco. Debajo de éste, deslizada de entre las maderas del banco, una lágrima moría asfixiada por la tierra. Tal vez demasiado duro para el frío; tal vez demasiado duro para el viento; tal vez demasiado duro incluso para la enfermedad; ¿pero quién puede ser más duro que la soledad?

A unos metros de allí, cobijado bajo un árbol más anciano que el más anciano de entre todos los habitantes de aquel pueblo, una joven de unos veintitantos años se revolvía entre una jauría de folios que, cansados de esperar a la inspiración de la chica, jugaban ahora alegremente con el viento. Inútiles eran los esfuerzos de ella por retenerlos a todos, pues cuando ya creía tenerlos todos, bien una nueva ráfaga de viento hacía estéril su trabajo, bien un descuido al intentar coger algo con lo que escribir, liberaba a los folios de la autoridad de la escritora. Finalmente, desistió de alcanzar unos pocos folios a los que el viento había llevado demasiado lejos en su particular baile. Algunos de los prófugos contenían textos escritos anteriormente, pero a la joven ya no le importaba. De todos modos, había escrito en ellos algo más que el fruto de su inspiración. Habían escapado los folios con una porción de su vida misma, con algo, demasiado profundo para ser editado y publicado; algo, demasiado personal como para enseñarlo a los ojos del mundo. Algo, que formaba parte de su propia esencia, de su propia alma.

"Mejor así. Ya no me tendré que preocupar de guardar éso donde vaya a coger polvo", pensó. Los siguió con la mirada, hasta que se perdieron en la oscuridad, y luego volvió a concentrarse en los folios que sí había conseguido atrapar, la mayoría de ellos en blanco. Echó un rápido vistazo al contenido de los pocos en los que había conseguido escribir algo, y entre ellos vio un folio que aún pertenecía a los mismos escritos que se habían fugado, volando. Estuvo tentada de lanzarlo al aire y verlo marchar de allí para nunca volverlo a ver, como los demás. Pero algo en su interior se lo impidió. Incluso a ella misma le pareció absurda esa imposibilidad de arrojarlo al designio de los vientos, "¿qué importa ahora? ¡Sin los demás no tiene ningún valor, tíralo!", se decía a sí misma. Pero había algo en aquel folio que no la dejaba hacerlo, una fuerza que la paralizaba cada vez que intentaba deshacerse de él. Realmente no sabía qué hacer. La joven no creía en las señales ni en el destino, ni en nada de éso, pero aquella vez una sombra de duda atravesó su mente. No comprendía por qué era incapaz de arrojar aquel último fragmento de sus escritos, si, al fin y al cabo, ningún valor tenía ya sin los demás folios. Lentamente, lo dejó sobre el cesped, y sin aún haberlo soltado, se convenció a sí misma de que lo mejor era centrarse en lo que estaba escribiendo en ese momento. Ya habría tiempo al día siguiente, para tirar o conservar aquel fragmento que, por alguna extraña razón, no había sido capaz de tirar. Juró por su musa y su inspiración que, a pesar del viento y el frío, no se movería de allí hasta conseguir escribir algo decente para el grupo editorial. Levantó la mano del folio, y se dispuso a tratar de escribir algo.

La joven no se había dado cuenta, pero, poco después de reemprender su labor y tratar de escribir, aquel folio con ese "algo" especial, ya no estaba junto a ella. Aburrido de estar allí sin hacer nada, hacía ya tiempo que había marchado a bailar con el viento.

...

Las campanas de la cercana iglesia rompieron el silencio de la ya bien entrada noche. Una, dos, tres... El anciano cogió su bastón, que desde hacía horas descansaba junto a él, en un banco cualquiera del parque. Cuatro, cinco, seis... el elaborado bastón estaba ya situado frente al anciano, dispuesto a aguantar la fuerza que éste tendría que hacer para levantarse de su asiento. Siete, ocho, nueve... el viejo solitario abrió los ojos, que había cerrado hacía ya no sabía cuánto tiempo, para evitar que más lágrimas murieran asfixiadas por la tierra. Lentamente, alzó la mirada y se dispuso a levantarse, no sin un considerable esfuerzo y gracias a su bastón. Diez... once... el anciano observó. Frente a él, una decena de folios interpretaba una lúgubre danza alrededor de un árbol, más anciano que el más anciano de entro todos los habitantes de aquel pueblo. Apoyado contra el tronco del árbol, sentado y con las piernas estiradas, yacía el cuerpo inmóvil de una joven. Extrañado, se acercó a ella y le intentó llamar la atención, mas no obtuvo respuesta alguna. Ni una palabra, ni un gesto, ni una mueca. El anciano agitó el bastón delante de ella, por ver si se había quedado dormida. Nuevamente, no hubo respuesta de la joven. Preocupado, el anciano trató de agacharse junto a ella para comprobar si al menos respiraba. Al no sentir su respiración, ni el palpitar de su corazón, el rostro del anciano cambió su expresión. Los folios, que durante quién sabe cuánto tiempo habían bailado junto a ella, comprendieron el semblante serio del anciano y huyeron despavoridos, o tal vez corrían a buscar a aquel compañero que, furtivamente, había escapado de su compañía... aquel último fragmento, del alma de una escritora.

2 voces se alzaron.:

miércoles, 21 de enero de 2009

Piensa con los pies

3 voces se alzaron.

Curioso ver cómo, a lo largo de nuestras vidas, en las decisiones que de verdad nos importan siempre solemos equivocarnos. Curioso ver cómo, en las decisiones que de verdad nos importan nunca percibimos nuestros errores; sólo vemos su consecuencia futura, cuando rectificar dejó de ser una opción. ¿Cuántas veces hemos sentido impulsos de hacer las cosas a nuestro aire, sin pensar demasiado? Pero luego cambiamos, hacemos caso a ese estúpido consejo mal regalado con el que suelen torturarnos durante toda la adolescencia: "Piensa antes de actuar". Reparamos en todo, lo planteamos todo bien, y al final actuamos negando absolutamente nuestros instintos. Y luego pasa lo que pasa: ¿cuántas veces recordamos esos impulsos, con el sentimiento de culpa de haberlo descartado antes de tiempo? Y es que, las cosas que de verdad nos importan en la vida, no guardan su importancia en nuestra mente, sino en nuestro corazón, y resulta absurdo tratar de resolver con el pensamiento lo que debe resolverse con el sentimiento. La vida es un largo camino a ciegas; y quienes vivimos en la oscuridad sabemos que es tanto más fácil tropezar, cuanto más precaución tomamos en dónde ponemos los pies. Así que camina, que es el único modo de vivir, de vivir de verdad. Y si en algún momento, una herida en el corazón te obliga a pensar en lugar de sentir...

PIENSA CON LOS PIES.

La vida es todo cuanto nos acontece desde que nacemos hasta que morimos; la muerte es tan sólo un instante, y es a la vez toda una eternidad. Pues, si tienes toda una eternidad para pensar, y sólo una vida por vivir... ¡¿Qué diablos haces ahí pensando en mis desvaríos?! Sal ahí afuera, ¡¡Y VIVE!!

3 voces se alzaron.:

sábado, 17 de enero de 2009

El Murmullo de la Sangre (IV)

1 voces se alzaron.

Aquellos corrillos, murmullos y cuchicheos, incesantes durante toda la jornada, fueron aún más intensos a la hora de salir. En un momento dado, todos se agruparon en un pequeño corro, e incluso Mateos le indicó que se acercara. Pero él rehusó la invitación y marchó directamente a la bocana del metro, de vuelta a casa. Rafael no estaba de humor para indagar en las conversaciones de los demás, sólo quería que aquel extraño día acabase cuanto antes. Ni siquiera vio que sus compañeros se miraban extrañados al verse marchar así. Ni tampoco se dio cuenta de que todos, incluso los que habitualmente le acompañaban hasta la bocana del metro, marcharon ese día en otra dirección.

Rafael iba absorto en sus propios pensamientos, ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. No podía dejar de pensar en las razones por las que María no habría ido a trabajar ese día. Ella era la única que a Rafael le caía bien, y aquel había sido una dura y triste jornada. Echaba de menos su alegría, su risa, su simpatía... la echaba mucho de menos. Sólo hacía un día que no la veía, pero Rafael ya sentía que le faltaba ella. Gran parte de su camino de vuelta a casa lo hizo entre estos pensamientos, pero al salir del metro, por alguna razón, reaccionó. No quería estar así. Lo que quisiera que fuera lo que hubiera ocurrido, seguro que se arreglaría, y él volvería a disfrutar de la compañía de su amiga en el trabajo. De modo que salió, recibió la luz del sol con fuerzas renovadas, y paró en la primera estafeta de prensa a comprar un periódico, dispuesto a distraer a esos malos pensamientos.

Y durante buena parte del día, no volvió a tener esas absurdas ideas. "Lo más probable es que haya tenido cualquier urgencia, y mañana mismo estará conmigo en la inmobliaria", trataba de convencerse a sí mismo, en la soledad de su minúsculo piso. El resto del día fue prácticamente normal. Tan monótono como siempre, tan aburrido como de costumbre, tan triste y gris como cualquier otro día. Ésa era su vida, era como él estaba acostumbrado a vivir: trabajar por la mañana y no hacer nada en absoluto por la tarde. Era Rafael un joven sin iniciativa, sin anhelos, sin deseos... nada tenía que perseguir, o, si algo tenía que perseguir, hacía ya tiempo que lo había dejado por imposible. Sus únicos hobbies eran escuchar música y provocar el cabreo de sus convecinos por la eterna disputa por el volumen de la música. No le gustaban las congregaciones sociales, era bastante solitario, y solía pasar por alto las pocas invitaciones que recibía a unirse a alguna fiesta o alguna salida nocturna.

De modo que, al igual que cualquier otra noche, Rafael se acostó temprano aquel día. Tanto pensar y tanto nerviosismo habían hecho mella en sus ánimos, y sólo quería descansar un poco. Pero aquella noche algo le impedía dormir. Estaba intranquilo, nervioso, preocupado. A pesar de llevar toda la tarde convenciéndose a sí mismo de que no había razón para alarmarse, en la oscuridad de la noche se quedó a solas con sus pensamientos más sinceros... y ya no podía engañarse a sí mismo: estaba francamente preocupado. Varias veces se levantó de la cama, buscando desde su ventana ver la luna reflejada en el mar. Era una visión que siempre le relajaba. Mas aquella noche la naturaleza conspiraba contra él, y apenas se asomaba a la ventana, veía cómo un negro girón de nubes se deslizaba descaradamente sobre la luna, celoso de que ojos anónimos la observaran. Dejó la ventana abierta, pensando que, tal vez, el aire frío de la noche le despejaría un poco. Rafael pensó en poner música para relajarse, pero era ya muy tarde, y no sería buena idea. Así que pasó el tiempo leyendo y releyendo el periódico que había comprado a la salida del metro, esquivando, como siempre, la página de contactos y las necrológicas. Hasta que se quedó dormido.

Fue el viento gélido que entraba por la ventana el que, por azares de la vida, o tal vez no, empezó a juguetear con el periódico, páginas adelante, páginas atrás. Poco a poco el aire se fue calmando, y el periódico quedó, al fin quieto, abierto por la página de las necrológicas.

1 voces se alzaron.:

Bla bla bla bla bla blablabla

2 voces se alzaron.

Escucho un leve murmullo más allá de la muralla que, hace tiempo, alguien erigió a mi alrededor. A lo mejor mañana cambio de parecer, pero justamente hoy, no estoy tan seguro de haber sido yo el que la edificó frente a mí. A decir verdad, hoy ni siquiera estoy seguro de que esa muralla sirva de algo, pues hoy las heridas vienen desde dentro, pero ésa es otra historia. Hoy me aterra lo que hay a este lado de la oscuridad, así que me refugio en el otro lado... y sólo oigo murmullos. Ignorancia, gente que habla por hablar, sin conocimiento de causa, palabras necias y oídos sordos, pues es común de quien mucho habla y nada sabe, el no saber tampoco escuchar. Chorradas y más chorradas. ¿Por qué quien no ve en la oscuridad habla de lo que "ha visto" al otro lado, y se atreve a opinar sobre ello? ¿Por qué quienes aún no han aprendido a escuchar el murmullo del silencio, del mar, del viento, de la noche, de la lluvia... habla como si lo hubiera visto y oído todo en este mundo? No hay más sabio del que es consciente de su propia ignorancia, y yo ya estoy harto de escuchar las habladurías de pseudo-entendidos. Hoy ya no me afectarán. Hoy no. Lo dice el título de la entrada, lo dice el título de la canción, y lo digo yo.

Sólo oigo:
BLA BLA BLA BLA BLA BLABLABLA

2 voces se alzaron.:

viernes, 16 de enero de 2009

Contranatura

3 voces se alzaron.

Dicen, o al menos yo lo he escuchado muchas veces, que la oscuridad no existe, que sólo es la ausencia de luz; lo mismo que dicen del silencio, que sólo es la ausencia de sonido, o incluso del color negro, que sólo es la ausencia de color. Y, si lo pensamos bien, tienen razón, pues en la naturaleza que nosotros vemos día a día estamos acostumbrados a la luz y el sonido, y a la diversidad de colores. Incluso en la más oscura noche, vemos algo de luz, y multitud de matices entre la oscuridad; incluso en el silencio más sepulcral, es posible escuchar leves ruídos si prestamos atención (los murmullos del silencio, entre otras cosas). Han llegado a decirme incluso, que el Mal no existe, que sólo es la ausencia de Bien. Y, bueno... en esta sociedad en la que la mentira, el engaño, la traición (especialmente de quienes llamamos "amigos"), y un largo etcétera de actos, cuanto menos, deleznables, parecen no tener importancia -o, al menos, están ampliamente aceptados en nuestra sociedad, salvo por unos pocos a los que sistemáticamente nos rechazan-, parece que así es.

Pero, ¿es la oscuridad, simplemente, la ausencia de luz? ¿Es el silencio la ausencia de sonido? Que alguien me diga un solo lugar donde la luz y el sonido estén presentes sin que nada ni nadie la ponga allí. En la naturaleza que vemos día a día hay luz, sí... pero traída desde el sol. Pensad en el espacio, donde realmente encontramos a la naturaleza más allá de que algo o alguien traiiga la luz o el sonido. Sólo hay oscuridad. Sólo hay silencio. Sólo hay frío. Sólo hay negrura. No, no es que la oscuridad no exista, ni que sólo sea la ausencia de luz; la luz no existe, no es más que la ausencia de la oscuridad. No es el silencio el que no existe; el sonido, no es más que la ausencia de silencio. ¿Existe el frío, o sólo es la ausencia de calor? No, el calor es simplemente la ausencia de frío.

Pero, si miramos en la naturaleza (y aquí sí que podemos mirar en cualquier aspecto de la naturaleza, pues en nada se distinguen unos de otros), ¿dónde está ese bien? Todas las especies animales matan para sobrevivir. Muchas matan a sus propias crías cuando les auguran una vida de agonía. Matar o morir. Luchas entre machos dominantes, luchas por cortejar a una hembra, luchas por todo; todo se soluciona con violencia. Desigualdad en el mundo, provocada por el clima. Desastres naturales que azotan donde más daño puede hacer. La naturaleza es la madre de todas las injusticias... ¿y no existe el mal, sólo es la ausencia de bien? Yo en la naturaleza veo mal por todas partes, y no veo el bien por ningún lado.

Ahora bien, ¿por qué sólo eres malo cuando haces cosas malas? ¿Por qué no hace falta hacer grandes obras para que alguien se refiera a ti como "un buen chico"? Pues porque, para ser "bueno", es suficiente con no hacer cosas malas. Puedes ser la persona más egoísta sobre la faz de la tierra (si primero me superas a mí), pero si no haces cosas realmente malas -o las que haces no salen a la luz-, automáticamente te colocan en el cajón de las "buenas personas". Dicho de otro modo:

EL BIEN NO EXISTE, SÓLO ES LA AUSENCIA DE MAL.

A los pocos que hemos elegido el silencio, la oscuridad y el frío en nuestros corazones, y a los que deliberadamente hayan elegido el Mal como forma de vida... enhorabuena, le pese a quien le pese, el mundo es nuestro.

3 voces se alzaron.:

domingo, 11 de enero de 2009

Miedo

4 voces se alzaron.

La noche especialmente oscura, pues las nubes ocultaban la luz de la luna, a ojos de os hombres, vampiros, espíritus y demás habitantes de la noche. Fina lluvia caía sobre los coches, bancos y árboles, y sobre los escasos transeúntes que aún a aquellas horas circulaban por las aceras. Comparada con la intensa tormenta caída durante el día, el suave canto de las gotas de lluvia al chocar eran una dulce melodía para los oídos de los noctámbulos. Era sábado noche, tiempo para ir de copas por el centro de la ciudad, y tiempo para las parejas jóvenes para buscar un lugar íntimo, apartado del gentío. En aquel lugar, una de esas parejas vagaba por las calles, cobijados bajo un paraguas ridículamente pequeño, en busca de un local que habían abierto recientemente, y que no alcanzaban a encontrar. Alguien los observaba...


Iban de un lado hacia otro, buscando a cualquiera a quien pudieran preguntar por el local. Pero hacía frío y era difícil encontrar a alguien. Los pocos que aún estaban en la calle, o no sabían indicarles el camino, o estaban demasiado bebidos como para hacerlo. Mas, en su vagar, se cruzaron con dos extraños personajes, que parecían saber exactamente dónde estaban, y desde luego no habían bebido. Iban los dos cogidos de la mano, con paso lento y tranquilo, sin decir ni una sola palabra. Él era alto, y de tez ligeramente pálida. Tenía el pelo largo y bastante enmarañado, negro. Llevaba una camisa negra de manga corta, con una calavera blanca dibujada en el pecho; unos guantes largos, negros y con hebillas le cubrían casi la totalidad de los brazos, pero no las manos, que llevaba al aire. En una de las muñecas llevaba una pulsera que más parecía una cadena de espinas. De cintura para abajo, llevaba un kilt que por poco arrastraba por el suelo encharcado, de polipiel negra, y unas botas de aspecto militar. Ella era un poco más baja que él, de tez cetrina. Tenía el pelo largo y negro como él, pero mucho más liso y cuidado, y resplandecía a causa de la lluvia. A pesar de que la noche era verdaderamente fría, sólo llevaba un vestido negro de corte antiguo, con una larga falda de gasa negra, y las mangas -separadas del torso del vestido- degradadas en punta. Se cubría los hombros con una fina capa de tela de araña negra, que le daba aún más elegancia. Ella era realmente hermosa, y el negro de la noche, el vestido y los labios pintados resaltaba aún más su profunda mirada turquesa.

Aquella extraña pareja, que bien podría haber sido sacada de una macabra parodia de "La bella y la bestia", se cruzó con los dos jóvenes extraviados sin decir ni una palabra. Él pasó de largo como si ni siquiera se hubiera percatado de su presencia; ella clavó su mirada en los ojos del joven, y ambos se mantuvieron las miradas hasta que ella pasó de largo. Ni el joven extraviado ni su acompañante reaccionaron, y ni siquiera intentaron preguntarles sobre el local que andaban buscando. Tan sólo el joven se giró al verles pasar de largo, buscando la mirada de aquella chica. No la encontró, pues ella ya se había dado la vuelta. En la camisa de aquel chico, por la parte de atrás, vio la imagen de un ángel caído con una guadaña, y un mensaje:

"Podrías ser el próximo. CARPE DIEM"

Pasaron los minutos, y los jóvenes sólo habían conseguido perderse más y tener más frío. Al doblar una esquina, que ya habían doblado por lo menos media docena de veces, se encontraron de nuevo con la extraña pareja, que venía, allá a lo lejos, de frente hacia ellos. Sin dudarlo siquiera, ni importarle salir del escaso cobijo que el paraguas le proporcionaba, la joven cogió a su acompañante del brazo, y le arrastró hasta la acera de enfrente. Definitivamente, no le gustaban en absoluto aquellos dos personajes. Sin embargo, el joven se había quedado mirando a la hermosa vampiresa. Ella se dio cuenta, y le dedicó una profunda mirada y una leve sonrisa. Era realmente preciosa y seductora... y ella lo sabía.

Aún hubieron de encontrarse ambas parejas una vez más, apenas unos minutos más tarde. Esta vez no se cruzaron de frente, sino que los jóvenes extraviados se los encontraron al salir de una bocacalle. La hermosa joven se dio cuenta, y volvió a dedicar la misma sonrisa y la misma mirada al chico, pero esta vez, además, le saludó con la mano que le quedaba libre. El joven, con un paraguas en una mano y a su chica colgada del otro brazo, no pudo hacer más que saludarla con un leve gesto de cabeza. No obstante, fue suficiente para que su acompañante se diera cuenta, y le pidió salir de allí y volver a casa. Estaba asustada, no le gustaba aquel lugar, no le gustaba aquella pareja y, sobre todo, no le gustaba aquella chica misteriosa. Estaba empezando a ponerse muy nerviosa, así que, tras unos minutos de discusión, el joven accedió a llevarla de vuelta a casa.

Iban ya camino del parking para salir de allí, cuando alguien les increpó desde detrás suya. Era un hombre alto, con un largo abrigo verde y la capucha puesta. El joven le miró extrañado, pues habría jurado que, dos pasos atrás, aquel extraño no estaba allí. Y ahora estaba, apoyado tranquilamente sobre la pared como si llevara allí un buen rato. "Lo que buscan está dos manzanas más abajo. Girad a la izquierda, y allí a mano izquierda queda un recoveco. Está mal iluminado, no os lo salteis u os volveréis a perder". El joven se quedó sin saber que decir, pero ella, que lo único que quería era salir de allí, estuvo rápida a preguntar, "¿cómo sabes a dónde vamos?" El extraño se incorporó de la pared y, dirigiéndose hacia una bocacalle oscura, contestó. "La noche esconde muchos secretos que la mente humana no puede comprender. Id con cuidado". Y se perdió en la oscuridad.

Los jovenes se miraron extrañados. ¿Quién era aquel hombre, y cómo había averiguado a dónde querían ir? Daba igual. Si iban a encontrar el camino sin perderse, a la joven no le importaba volver a intentarlo. Así que se dieron la vuelta, camino de las indicaciones que el hombre les había dado... y allí estaba ella, a menos de un metro de la pareja. Los jóvenes retrocedieron sobresaltados, pero se sobrepusieron enseguida. Allí de frente, quieta delante de él, el joven se maravilló con la majestuosa presencia de la chica, y en su vestido negro se apreciaban ahora infinidad de pequeños detalles bordados, que lo hacían incluso más bello. Esta vez, la mística mujer dirigió sólo una fugaz mirada al joven, para fijar después sus inquietantes ojos azules en los de su fémina acompañante. "Yo os guiaré", dijo.

Ya había elegido a su presa.

4 voces se alzaron.:

sábado, 10 de enero de 2009

El baile

4 voces se alzaron.

Desde los jardines de la fastuosa mansión, engalanados para el acontecimiento a pesar del intenso frío de la noche, ya se dejaba sentir el buen ambiente de la fiesta que tenía lugar en su interior. Aquel joven había recibido la invitación, días antes, para un baile de máscaras en aquel lugar. Así que ahhí estaba él, vestido con sus mejores galas, y con una elegante -si bien no demasiado discreta- máscara de estilo veneciano, de pie frente a la puerta. Iba solo, pues su acompañante era nada menos que la hija de los anfitriones y, obviamente, ya se encontraba dentro. Sin él esperarlo en absoluto, la puerta frente a él se abrió, y de detrás de ella apareció el mayordomo, que cortésmente le invitó a pasar y le retiró la chaqueta. El joven no recordaba haber visto a aquel hombre antes, y por un instante se le escapó una sonrisa al imaginar que, aquel personaje vestido de pingüino, probablemente necesitaría de una escalera para alcanzar los percheros. Pero, en lugar de éso, el bajito mayordomo colocó la chaqueta en una percha con sumo cuidado, y la colgó en su lugar con ayuda de una vara metálica. "Tampoco me sorprende, aquí es todo muy aburrido", pensó el chico. "Aunque me habría gustado verlo".

La sorpresa se la llevó cuando el mayordomo le condujo al salón, donde se celebraba el baile. Allí estaban reunidos gran parte de los amigos y conocidos de la familia, más los que habrían de ir llegando. Había médicos, abogados, arquitectos, escritores, deportistas, empresarios de toda clase y condición... demasiada gente que podría fácilmente mirarle por encima del hombro. Sin embargo, el ambiente parecía bueno, lo que cualquiera de los presentes habría definido como "una velada agradable". Había gente yendo de aquí para allá, saludando a diestro y siniestro y comenzando conversaciones que luego dejaban a medias para irse a saludar a otra persona. Había grandes grupos, supuestamente amigos, manteniendo animadas charlas. Había pequeños grupitos, más discretos, hablando de sus propias cosas. Y había gente murmurando y mascullando prejuicios entre dientes, contra personas que, en casi todos los casos, estaban presentes en la misma sala. "Prefiero una de miedo y unas palomitas", se dijo a sí mismo el joven. Desde la puerta del inmenso salón, pudo distinguir entre el gentío a su acompañante, distraída con unos invitados que, a juzgar por los gestos de la joven, resultaban un tanto molestos. Ya se disponía a acercarse a ella, esquivando copas de licor y cava, cuando se percató de algo: ¿Y las máscaras? ¡Ninguno de los presentes llevaba máscara, era una fiesta de esmoquin, sin más! Abochornado, se quitó apresuradamente la máscara veneciana, ahora mal disimulada tras la espalda, con la esperanza de que nadie la hubiera visto.

Cuando la chica le vio al fin acercarse, educadamente se despidió de sus invitados -no sin sacarle la lengua a uno de ellos una vez se dieron la vuelta- y se encaminó hacia él. Las manos de la joven rápidamente buscaron las del recién llegado, mas sólo encontraron una; la otra seguía detrás de la espalda. En un deliberado gesto por romper las distancias, le rodeó con los brazos, aprovechando para acercarse a él todo lo posible sin llamar demasiado la atención, y le arrebató la máscara escondida. El rostro del joven enrojeció al instante, pero ella no le dio importancia. Sin dudarlo, deslizó la mmáscara dentro del bolsillo del primer camarero con el que se cruzó, con una destreza propia del más taimado carterista. La máscara sobresalía notoriamente del bolsillo, pero al menos nadie sabría de quién era. El chico a punto estuvo de decir algo, pero ella se lo impidió poniéndole el dedo en los labios en señal de silencio. Una extraña sensación recorrió todo su cuerpo en aquel momento, y rápida retiró la mano y cerró los ojos. Aún no habían presentado al joven en sociedad como su novio, y ese tipo de conductas acarameladas en una fiesta tan elitista como aquella, podría resultar, cuanto menos, indecoroso.

"En la invitación decías que sería un baile de máscaras", le increpó el chico al oído. Ella, aparentemente ajena a lo que le estaban diciendo, comenzó a mirar a su alrededor, buscando algo, o tal vez a alguien. Sus ojos no tardaron en tropezar con un señor, bajito, grueso y de aspecto afable, que iba de un lado a otro de la sala, saludando efusivamente a todo el mundo y tratándolos como viejos conocidos. Lo cierto es que a la mayoría de ellos no los había visto en su vida. Discretamente, la hija de los anfitriones le señaló al viejo con un leve gesto de cabeza, y sonrió. Cuando se volvió para mirar de frente a su acompañante, sus miradas se cruzaron. La mirada embelesada y sincera de él, y la mirada pícara de ella, cientos de veces ensayada en la soledad de su dormitorio; traviesa, sensual, casi lasciva... "Un baile de máscaras... ¿y no lo es?" le contestó la hermosa joven, dedicándole una amplia sonrisa. Él apartó la mirada, sabía que no podía soportar esa mirada por mucho tiempo, y no pudo evitar sonreír... la sonrisilla estúpida del que sabe que ha mordido el anzuelo. Efectivamente, nadie allí era quien decía ser. Sorprendido, a la par que encantado, por el ingenio de la chica, sólo acertó a decir una palabra. "Touché".

4 voces se alzaron.: