domingo, 25 de enero de 2009

Alma de escritora

2 voces se alzaron.

La noche caía ya sobre las cabezas de las pocas personas que caminaban por las calles del pequeño pueblo. No era aún muy tarde, mas el invierno había llegado con gran fuerza y el ambiente era gélido y hostil. No había en las calles más que aquellos que, por razones de trabajo, hubieran de estar allí, bajo el intenso frío y la creciente oscuridad. En el único parque decende que había en el pueblo, ya no quedaban niños jugando. Apenas un par de parejas de jóvenes enamorados daban un lento paseo a la luz de las farolas, pues la luna les negaba aquella noche su bendición. Un hombre de avanzada edad daba rienda suelta a su nostalgia en la soledad de su banco. Debajo de éste, deslizada de entre las maderas del banco, una lágrima moría asfixiada por la tierra. Tal vez demasiado duro para el frío; tal vez demasiado duro para el viento; tal vez demasiado duro incluso para la enfermedad; ¿pero quién puede ser más duro que la soledad?

A unos metros de allí, cobijado bajo un árbol más anciano que el más anciano de entre todos los habitantes de aquel pueblo, una joven de unos veintitantos años se revolvía entre una jauría de folios que, cansados de esperar a la inspiración de la chica, jugaban ahora alegremente con el viento. Inútiles eran los esfuerzos de ella por retenerlos a todos, pues cuando ya creía tenerlos todos, bien una nueva ráfaga de viento hacía estéril su trabajo, bien un descuido al intentar coger algo con lo que escribir, liberaba a los folios de la autoridad de la escritora. Finalmente, desistió de alcanzar unos pocos folios a los que el viento había llevado demasiado lejos en su particular baile. Algunos de los prófugos contenían textos escritos anteriormente, pero a la joven ya no le importaba. De todos modos, había escrito en ellos algo más que el fruto de su inspiración. Habían escapado los folios con una porción de su vida misma, con algo, demasiado profundo para ser editado y publicado; algo, demasiado personal como para enseñarlo a los ojos del mundo. Algo, que formaba parte de su propia esencia, de su propia alma.

"Mejor así. Ya no me tendré que preocupar de guardar éso donde vaya a coger polvo", pensó. Los siguió con la mirada, hasta que se perdieron en la oscuridad, y luego volvió a concentrarse en los folios que sí había conseguido atrapar, la mayoría de ellos en blanco. Echó un rápido vistazo al contenido de los pocos en los que había conseguido escribir algo, y entre ellos vio un folio que aún pertenecía a los mismos escritos que se habían fugado, volando. Estuvo tentada de lanzarlo al aire y verlo marchar de allí para nunca volverlo a ver, como los demás. Pero algo en su interior se lo impidió. Incluso a ella misma le pareció absurda esa imposibilidad de arrojarlo al designio de los vientos, "¿qué importa ahora? ¡Sin los demás no tiene ningún valor, tíralo!", se decía a sí misma. Pero había algo en aquel folio que no la dejaba hacerlo, una fuerza que la paralizaba cada vez que intentaba deshacerse de él. Realmente no sabía qué hacer. La joven no creía en las señales ni en el destino, ni en nada de éso, pero aquella vez una sombra de duda atravesó su mente. No comprendía por qué era incapaz de arrojar aquel último fragmento de sus escritos, si, al fin y al cabo, ningún valor tenía ya sin los demás folios. Lentamente, lo dejó sobre el cesped, y sin aún haberlo soltado, se convenció a sí misma de que lo mejor era centrarse en lo que estaba escribiendo en ese momento. Ya habría tiempo al día siguiente, para tirar o conservar aquel fragmento que, por alguna extraña razón, no había sido capaz de tirar. Juró por su musa y su inspiración que, a pesar del viento y el frío, no se movería de allí hasta conseguir escribir algo decente para el grupo editorial. Levantó la mano del folio, y se dispuso a tratar de escribir algo.

La joven no se había dado cuenta, pero, poco después de reemprender su labor y tratar de escribir, aquel folio con ese "algo" especial, ya no estaba junto a ella. Aburrido de estar allí sin hacer nada, hacía ya tiempo que había marchado a bailar con el viento.

...

Las campanas de la cercana iglesia rompieron el silencio de la ya bien entrada noche. Una, dos, tres... El anciano cogió su bastón, que desde hacía horas descansaba junto a él, en un banco cualquiera del parque. Cuatro, cinco, seis... el elaborado bastón estaba ya situado frente al anciano, dispuesto a aguantar la fuerza que éste tendría que hacer para levantarse de su asiento. Siete, ocho, nueve... el viejo solitario abrió los ojos, que había cerrado hacía ya no sabía cuánto tiempo, para evitar que más lágrimas murieran asfixiadas por la tierra. Lentamente, alzó la mirada y se dispuso a levantarse, no sin un considerable esfuerzo y gracias a su bastón. Diez... once... el anciano observó. Frente a él, una decena de folios interpretaba una lúgubre danza alrededor de un árbol, más anciano que el más anciano de entro todos los habitantes de aquel pueblo. Apoyado contra el tronco del árbol, sentado y con las piernas estiradas, yacía el cuerpo inmóvil de una joven. Extrañado, se acercó a ella y le intentó llamar la atención, mas no obtuvo respuesta alguna. Ni una palabra, ni un gesto, ni una mueca. El anciano agitó el bastón delante de ella, por ver si se había quedado dormida. Nuevamente, no hubo respuesta de la joven. Preocupado, el anciano trató de agacharse junto a ella para comprobar si al menos respiraba. Al no sentir su respiración, ni el palpitar de su corazón, el rostro del anciano cambió su expresión. Los folios, que durante quién sabe cuánto tiempo habían bailado junto a ella, comprendieron el semblante serio del anciano y huyeron despavoridos, o tal vez corrían a buscar a aquel compañero que, furtivamente, había escapado de su compañía... aquel último fragmento, del alma de una escritora.

2 voces se alzaron.:

Josemy dijo...

¿Qué decir? ¿Qué hacer?

Tan solo rezar y suplicar para que algún día escriba la mitad de bien que tú, para que algún día, sea capaz de levantar sentimientos...

Sombra, sabes que generalmente te leo en silencio... pero, a veces he querido salir de ese silencio, y no he sabido qué decirte... sólo quitarme el sombrero.

Me ha encantado, triste final, pero, nadie debería dejar escapar su alma con el viento.

Patty dijo...

Es hermoso lo que escribiste.

Yo también debería rezarle a alguien para que me permita expresar mis sentimientos de la misma forma que vos. Al igual que la joven del cuento, creo que en muchos de mis escritos dejo parte de mi alma y no debo mostrarlos.