lunes, 29 de diciembre de 2008

El Murmullo de la Sangre (II)

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Pesadamente, Rafael se revolvió en la cama. Aún soñoliento, intentó girarse hacia el reloj despertador, pero su cuerpo no se lo permitiría así como así. Había dormido, y sin embargo se sentía mucho más agotado que antes de acostarse, y le dolían músculos que ni siquiera sabía que existían. No sin hacer un considerable esfuerzo, consiguió al fin incorporarse en la cama y mirar el reloj despertador. Marcaba las 5:42. Aún faltaba poco más de una hora para que sonase la hora de levantarse, pero Rafael supo desde el primer instante que no conseguiría dormir más, aunque lo intentase. Se levantó y se fue directo al baño, como hacía sistemáticamente cada día, cual autómata carente de voluntad. En un primer momento aquella espaciosa habitación se le estaba quedando pequeña por segundos y empezó a dar vueltas, pero el joven no tardó en reponerse del mareo. Frente al espejo se encontró frente a frente con alguien a quien recordaba haber visto alguna vez, pero en aquel instante no supo reconocer de quién se trataba. "Eres tú el que ha de caminar", le decía. Era un hombre joven, de unos 24 ó 25 años, no llegaba al metro 70 de estatura y era delgado. A decir verdad, era demasiado delgado. Tenía una profunda mirada oscura, y el pelo largo y suelto, enmarañado en aquella ocasión, también moreno. Aquel reflejo de sí mismo le miraba fijamente con expresión de dolor. "¡Eres tú el que ha de caminar!" Esta vez el joven lo escuchó dentro de su cabeza tan fuerte que instintivamente se tapó los oídos, aunque allí no había nadie más que él. Cuando volvió a fijar la mirada en el espejo, ya no vio a aquel extraño, sino sólo a sí mismo, como había sido siempre. ¿Lo habría imaginado todo? Sin darse cuenta se le había pasado la mayor parte del tiempo en el baño, y ahora tenía incluso que correr si no quería llegar tarde a la pequeña inmobiliaria. Se aseó rápidamente como pudo, tomó un fugaz café destemplado y salió del piso a todo correr.

El día se presentaba gris y húmedo, aún a pesar de que apenas estaba amaneciendo y era difícil predecir si ese día saldría el sol. "Al menos no llueve", pensó Rafael mientras se encaminaba a la estación de metro. La inmobiliaria en la que trabajaba quedaba bastante lejos, demasiado para ir a pie, y el joven no tenía vehículo propio, de modo que cada día tenía que cojer el metro para ir a trabajar. Normalmente aprovechaba ese trayecto para echar una última cabezadita, pero aquella inusual mañana de otoño no era capaz de hacerlo. Aún le dolían las piernas, y no conseguía quitarse de la cabeza aquella frase. ¿Realmente la habría imaginado, antes en el baño? ¿Y qué significaba exactamente? En esas estaba cuando llegó a su estación, y por poco se la salta, absorto en sus propios pensamientos. Una señora a la que conocía de verla a diario en el metro, le avisó de que era su parada en el último momento. Apenas hubo salido de la bocana del metro, un escalofrío recorrió todo el cuerpo del joven. No sabía exactamente de qué se trataba, pero enseguida tuvo la sensación de que algo iba mal.

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