sábado, 27 de diciembre de 2008

El Murmullo de la Sangre (I)

1 voces se alzaron.

Polvo gris. Con cada uno de aquellos pesados pasos, como de plomo. Paso tras paso, cual
autómata, sin ritmo, sin ganas. Casi sin vida. Caminaba sin levantar los pies del suelo, sólo
arrastrándolos, y parecía arrastrarlos más por inercia que por voluntad propia. Un pie,
después el otro, y a cada paso, una polvareda de cenizas se alzaba desde el suelo y
avanzaba con el transeunte, bailando al son de los movimientos de éste incluso con más
gracia y alegría. Polvo gris. En cada bocanada de aire, aquel hombre aspiraba ceniza el
lugar de oxígeno, entrecortando su respiración y obligándole a toser sin cesar. Mas,
incluso su forzada tos, sonaba sumisa, sin fuerzas. Anteriormente se había tapado la nariz
y la boca con el pañuelo que usualmente llevaba a la cabeza, cubriéndole el pelo. Mas
finalmente el polvo había acabado por incrustarse en cada poro de la tela, y el pañuelo
yacía ahora, tal vez totalmente cubierto de la gris sustancia, varios cientos de metros más
atrás. O, tal vez, estaba a tan solo unos pasos, el hombre no era ya capaz de averiguar
cuánto había andado. Ni siquiera podría decir si lo que tenía ante sus ojos era un palmo
de tierra baldía, pues la ceniza impedía ver más allá, o si realmente aquel paisaje era el
mismo de varios días más de camino. Miraba al suelo, y no veía más que suelo duro,
grisáceo y polvoriento, al igual que sus antes marrones botas, ahora completamente
teñidas. Miraba a su alrededor, y densos jirones de polvo jugueteaban con sus torpes y
pesados movimientos. A menudo parecían formar extrañas figuras, que burlonamente
escapaban siempre a los intentos del joven por hacerlas desvanecer. Miraba al cielo, y no
hallaba en él rastro alguno de que allí arriba pudiera haber un sol. Sólo un denso manto de
nubes, de las que no se sabía bien si estaban formadas por vapor de agua o por más
ceniza.

La desolación era total. Solo, en aquel desierto enfermizo, nada le indicaba que hubiera
habido, alguna vez, vida alguna en aquel lugar. Había caminado durante horas en línea
recta, en lo que él creía que había sido una línea recta. Y en todo el trayecto no había visto
nada ni a nadie, ni había cesado de toser. Estaba exhausto, al límite de sus fuerzas, sin
poder tomar una sola bocanada de aire que no le asfixiase, ¡y ni siquiera era del todo
consciente de cómo había llegado hasta allí! Sintiéndose derrotado, se dejó caer de
espaldas en la dura tierra, levantando una gran polvareda de cenizas que al instante le hizo
incorporarse y toser violentamente. Sin dejar aún de toser, trató de dispersar con los
brazos toda aquella polvareda que él mismo había levantado. Una vez pudo dejar de toser
y la polvareda se hubo asentado de nuevo, con una fuerza que no reflejaba en su andar ni
en sus movimientos, gritó al cielo.

-¡Odio este lugar!¡Lo odio! -lo que el joven no esperaba es que, desde algún lugar que no
supo identificar, una poderosa voz le respondiera.

-¿Tan pronto, y ya te vas a rendir? ¿Es así como pretendes alcanzar tus sueños?

-¿De qué estás hablando?¡Jamás he soñado algo así! Mi imaginación ni siquiera podría
haber creado algo tan inmundo. -el solitario transeunte estaba confuso, pero en su voz no
había miedo alguno.

-¿Ah, no? ¿Acaso no has soñado con ella? Noche tras noche, sueño tras sueño, luna tras
luna... ¿no soñaste acaso con llegar hasta lo más profundo de su corazón? ¡Ésto no es más
que la primera etapa de tu viaje! Tal vez, y sólo tal vez, yo pueda indicarte el camino; mas,
sin duda, eres tú el que ha de caminar.

...¿Continuará?...

1 voces se alzaron.:

Alquimista de sueños dijo...

Ya os adelanto yo que sí, continuará, si bien es cierto que todo lo que llevo escrito a día de hoy es susceptible de cambiar ligera o radicalmente (cuando suelo improvisar es por algo, éso de reescribir lo ya escrito, ufff!!).